El artista Jorge de la Vega (Buenos Aires, 1930-1971) murió repentinamente a los 41 años. Ícono de su tiempo, gozaba de un gran reconocimiento y se hallaba en la cima de su talento como artista y como cantautor. Autodidacta y estudiante de arquitectura, a los 20 años había realizado su primera exposición individual.
Desde la restauración democrática en Argentina en 1983, la obra y presencia de De la Vega ha sido cada vez más difundida a través de muestras históricas locales e internacionales, junto con la de los otros integrantes de la Nueva Figuración: Ernesto Deira (1928-1986), Luis Felipe Noé (n.1931) y Rómulo Macció (n.1931). El mítico grupo —que se reunió entre 1961 y 1965 y debatió en torno al quiebre de la pintura, compartió talleres, discusiones y viajes— fue una suma de individualidades con sello propio que practicaron una suerte de expresionismo atormentado e irónico.

La presentación de la notable muestra Jorge de la Vega. Obras 1961-1971, en el Museo de Arte Latinoamericano, Malba -Colección Costantini, ofreció la oportunidad al público actual de apreciar el conjunto de los 10 años centrales de la producción del inquietante artista.
Una selección de más de cien piezas ilustran lo que la curadora Mercedes Casanegra designa como “dos momentos de su creación”. Una abarca los años 1961 a 1966 e incluye la participación de De la Vega en la Nueva Figuración, la realización de Formas liberadas y la serie Los monstruos. La otra etapa se completa con los años 1966 a 1971 e inserta los trabajos de Nueva York y Buenos Aires, “entre la psicodelia, el pop, los blancos y negros y la canción”. Las pinturas, collages y obras sobre papel, junto a aspectos de su actividad como cantautor, dibujante de historietas y diseñador gráfico, exhibidas dan cuenta del brillante artista, que ganó premios y participó en el Instituto Di Tella.
“Quiero que mi pintura sea natural, sin limitaciones ni fórmulas, improvisada como es la vida que crece por todos lados, que yo no quiero y hace lo que le da la gana. Otras veces es dócil. Quiero que mi obra choque con el espectador con la misma intensidad con que chocan todas sus partes entre sí, por pequeñas que sean. Una ficha de nácar sobre una mancha. El número junto a una piedra. Una bestia de oropel. Una quimera de humo. Seres midiéndose con el vacío y un espejo para que se miren”, decía el artista en conversación con el crítico Hugo Parpagnoli en 1963.
Fiel a sus deseos, los trabajos provocan colisiones, ocupan el espacio y atrapan al espectador. Es preciso tiempo y concentración para ingresar al perturbador y rico universo propuesto por de De la Vega. Al visitante le aguarda la posibilidad de salir enriquecido de esta aventura de la sensibilidad.
El recorrido de la muestra se inicia con algunas revulsivas pinturas neo-figurativas —en donde se disparan y se deshacen los colores, perfiles y figuras— presentadas en 1961, en la muestra inaugural del grupo Nueva Figuración en la Galería Peuser de Buenos Aires. Luego, se aprecian las obras del instante cuando —durante unos meses en París— la pintura se va del cuadro al objeto; saltando a la pared en informes Formas liberadas con bastidores y telas desgarradas. Quizá porque, tal como dijo Parpagnoli: “Jorge de la Vega, de chico, hubiese roto un piano para hacer un violín. Ahora rompe la pintura para contar la realidad. No importan las roturas sino el canto, que es una nueva construcción y una nueva realidad”. La muestra continúa con la etapa que se clausura en 1966, durante su permanencia de dos años en los Estados Unidos, que incluye su serie de Conflictos anamórficos, con su falsa perspectiva, y los complejos y abigarrados collages de gran tamaño de Los monstruos. En el Malba se exhibieron 20 piezas de ese bestiario imaginario, con algunas formas y animales —cargados de elementos de desecho— que se repiten y remiten a cierta realidad ¿también monstruosa?
En consonancia con el florecimiento de los medios masivos de comunicación —cuando aún no se había despedido del todo de “los monstruos”— durante sus años norteamericanos De la Vega incorpora a su obra otras formas de comunicación cultural como la publicidad, la música, revistas ilustradas, historietas, imágenes de televisión.
Así, en el segundo “momento” de su creación se verifica una profunda modificación de su obra. Sus bestias quedan atrás. Con las herramientas del pop, el artista crea una nueva iconografía protagonizada mayormente por sus coetáneos. Las obras de este período reflejan a jóvenes y lindos hombres y mujeres que parecen estar cómodos, divirtiéndose. Sus trabajos —en papel y grandes piezas de acrílico sobre tela— se mueven entre los juegos visuales pasados por lo psicodélico, con vibrantes colores, o los más provocadores en blanco y negro. La ironía y las imágenes alteradas del pop se regodean en la distorsión de la figura, que fragmentada y/o multiplicada suele ocupar toda la tela. En ese sentido, una de las obras más impresionantes de la muestra es Rompecabezas, un trabajo psicodélico en blanco y negro, formado por 24 piezas (conocidas) movibles de 100 x 100 cm; la mayor parte perteneciente a la Colección Costantini. Cuando mostró Rompecabezas en 1970, realizó un espectáculo (que repetía tres veces por semana) cantando sus propias canciones. A esa altura De la Vega era un consumado cantautor y protagonista de la llamada “Nueva Canción de Buenos Aires”. El diseño de la muestra incluyó una sección dedicada a su trabajo con la música, con sonido incluido y un catálogo en castellano e inglés.
VICTORIA VERLICHAK
