Exposición Individualjul 2004 - sept 2004· Por Santiago Espinosa de los Monteros

Jan Hendrix y Miguel Ángel Blanco

Museo Nacional de la Estampa (MUNAE)

Desde hace ya más de tres lustros, el MUNAE (Museo Nacional de la Estampa), enclavado en el corazón cultural de la ciudad de México, ha sido uno de los pocos espacios en los que la obra gráfica puede encontrar un sitio conveniente para ser apreciada por un público variopinto que lo mismo recorre la vasta metrópoli para revisar lo ahí expuesto que accidentalmente pasa delante y se le antoja entrar un domingo de familia. Sea cual fuere la razón de la asistencia de los visitantes, lo cierto es que se trata de uno de los museos más concurridos de la ciudad de México y cuya oferta, debido a la propia vocación del recinto, presenta con frecuencia obra que difícilmente puede encontrarse en otros espacios.

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Jan Hendrix y Miguel Ángel Blanco. En la selva Lacandona. Foto: Javier Hinijosa.

Éste es el caso de la muestra Botánica conformada por los trabajos de Jan Hendrix y Miguel Ángel Blanco, quizá dos de los más representativos creadores en lo que se refiere a la gráfica contemporánea. En ambos casos nos topamos con una investigación de largo aliento no sólo en tipos de papel y sus empalmes de pulpa, tintas de diferentes densidades y combinaciones infinitas de materiales, sino que la propuesta llega mucho más lejos que un alarde técnico de evidente y dilatada investigación.

La reflexión central recae en una obra creada a partir de las formas primigenias de la naturaleza; más que evocándola, más que haciendo un simple eco de sus ya en sí mismas prodigiosas formas, lleva esas maneras de existir hasta espacios nuevos en los que ahora se ha identificado, con nombres del sitio de origen de aquello que se evoca, a piezas que vienen a convertirse en una nueva manera de acercarnos a lo visto en la naturaleza.

Los objetos que habitan la muestra Botánica en el MUNAE y que han pasado por las manos de Hendrix y Blanco cuentan cada uno con una suerte de reseña precisa que nos informa de todo aquello que existe detrás de lo que miramos. Las extensas cédulas de sala que nos explican cada pieza, sobre todo en el caso de Blanco, se convierten en una suerte de diario de hallazgos que, una vez que han pasado por las manos de estos creadores, se transmutan en obras plásticas de indudable personalidad.

Tenemos por caso el Libro 841. Zarzillos lacandones luminosos (2002), 4 páginas de papel de pochote e ixtle con estampaciones digitales de fotolitos serigráficos. Caja con zarcillos de la selva lacandona, hongo, cristales de goma laca y óxido verde. Esta precisa y detallada descripción nos remite también a las andanzas de Miguel Ángel Blanco, quien dando incluso datos tan exactos como la fecha de manufacturación de la pieza, parecería que escribe el largo discurrir de sus días. Parte de este trayecto como creador es el que se refiere a la Biblioteca del Bosque, "mi proyecto escultórico y vital escribe Blanco en una parte del texto de presentación de Botánica, es una obra abierta a la amplitud de la naturaleza realizada con la lentitud y constancia con la que crece el árbol, simbiosis entre el ángulo recto y la forma biológica". El proyecto al que se refiere inició en 1986 y está formado por series realizadas con técnicas muy diversas, cercanas las más de ellas a una multidisciplinariedad que caracteriza el libro caja o libro objeto.

Jan Hendrix por su parte reafirma con su obra una de las trayectorias más sólidas de la creación y experimentación gráfica contemporánea. En un breve texto escribió que "Las hojas minuciosamente vistas, recorridas y viajadas son casualmente los mapas utópicos de la persona. Son un reflejo puntual de todos los esquemas de conocimiento previos al momento en que son devueltos con la técnica, la escala y el material más preciso. A su vez, representan una mitología personal de un orden secreto donde, además de la botánica y la técnica, tiene cabida, por suerte, la poesía".

Las piezas de Hendrix presentes en Botánica abarcan un espectro de más de diez años de creación gráfica. Aunque su trayectoria es sustancialmente mayor, la pieza más antigua presente en esta muestra data de 1991 y concuerda de manera precisa con una investigación sólida que emprendió hace ya más de tres décadas cuando comenzó a mirar el paisaje como el espacio posible para una planta, un árbol o los discretamente luminosos espacios que existen entre una rama y otra.

Destacar la colaboración de ambos es fundamental para el entendimiento de esta muestra. Blanco y Hendrix han mirado de manera separada el paisaje pero se han enfrentado a él de maneras muy similares. Sin haber sido pensadas para convivir, estas obras encuentran una cómoda manera de ubicarse unas junto a las otras sin importar las diferentes fuentes de las que abrevaron sus autores. La lectura del entorno, en este caso la naturaleza vista desde la más enorme amplitud hasta aquella revisada en sus más pequeños detalles, brinda un panorama más que completo de aquello no sólo visto, sino asimilado por dos de los más importantes representantes de la calcografía.

SANTIAGO ESPINOSA DE LOS MONTEROS

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