En la reciente exposición de Ismael Mundaray es posible apreciar una continuidad en cuanto al giro, temático y formal, que asumiera el artista en los últimos cuatro años. Bajo el título de Horizontes este pintor desarrolla una propuesta que tiene sus orígenes en la serie Travesías, la cual forma parte del Proyecto Del Orinoco al Sena. A raíz de sus viajes por Europa surge este proyecto que se relaciona con su modo de vida actual, pues refleja sus vivencias entre Francia y Venezuela, como la intersección de dos culturas entre las cuales desarrolla su obra plástica. Según el artista, esta serie “es una transición y una traslación de una casa a otra. De la zona indígena a la urbana. En esa relación, el objeto se transforma en otra cosa...”.

La pintura de Mundaray ha pasado por diversas etapas, pero su obra mantiene un discurso imbuido de variadas connotaciones simbólicas. Desde el comienzo de su carrera, a principios de la década de 1980, experimentó con diversas técnicas, las cuales ha ido depurando hasta obtener un lenguaje que alude a formas ancestrales y ceremoniales, particularmente expresado en muestras como Vestigios étnicos, 1987, Les animaux, 1988, y Ritual, 1989. Su interés por lograr una expresión primitiva, lo motiva a realizar una pintura vinculada con las culturas autóctonas de raigambres indigenistas. Es así como en la década de los noventa sintetiza el discurso, esquematiza las formas, estructura el espacio, el dibujo se torna lineal, los colores se atenúan y aparecen las formas seriales. En esta etapa su pintura adquiere rasgos primigenios, pues lo mítico prevalece sobre lo pictórico y lo elemental sobre lo visual. Este universo de formas se hace elocuente en la serie de exposiciones Shabonos, 1992, Casas con corriente de aire, 1993, Maloca, 1994, Orinoco, 1996, y Proyecto Orinoco, 1997. La ingravidez del espacio que muestran estas composiciones se complementa con la sensación de un tiempo suspendido. Tales características se mantienen vigentes en su creación actual, pero trasladadas ahora a otros escenarios. De lo mítico, lo ritual y ancestral, Mundaray pasa a lo cotidiano, lo familiar y lo trascendente. El artista ha sustituido la visión cosmogónica del hombre aborigen por la visión contemplativa del ciudadano contemporáneo. La superposición de veladuras, obtenida por el hábil manejo del acrílico, ofrece sugestivos efectos visuales. Capas sobre capas, estas veladuras opacan los límites del espacio y transforman el ambiente en un clima de densas saturaciones que inundan todo el formato, simulando una suerte de sfumato cromático que matiza los tonos y disminuye los contrastes. En este paisaje enrarecido y ambiguo, lo espacial sucumbe a lo atmosférico y lo figurativo a lo ilusorio. Aquí la profundidad de campo se obtiene por la disposición de varias franjas horizontales y por la colocación de imágenes que se sitúan en un primer, segundo y tercer plano; insinuando una perspectiva que se oculta tras los tonos vaporosos y etéreos, tal como se puede apreciar en la serie Travesía-Horizonte, 2003, Sequeral I, 2003, Campo seco, 2003, Buscando el horizonte, 2003, y El silencio, 2002, entre otras composiciones. Estos paisajes misteriosos y enigmáticos nos remiten al sentimiento, escenario donde aparecen, a manera de recuerdos involuntarios, objetos aislados y descontextualizados. Muebles, bolsos, vasijas, tijeras, zapatos y maniquíes carecen, en apariencia, de todo contenido ético y moral. Sin embargo, representan el tránsito efímero de la vida y la vanidad de lo puramente material. Desde esta perspectiva, el pintor nos brinda una nueva versión del tradicional género del bodegón inserto dentro de otro género pictórico, el paisaje; la fusión de ambos le otorga un sentido metafísico al conjunto. En sus términos, Mundaray ha creado lo que intentamos imaginar cómo el limbo de la memoria, una instancia sin tiempo ni lugar definidos, sólo el objeto con su corruptible materialidad constituye el lindero que nos conecta con la realidad. Objetos inanimados que testimonian lo animado, presencias que develan ausencias, focos que propician una secreta tensión entre la figura y el fondo, y entre lo concreto y lo difuso.
La pintura de Mundaray es una pintura nostálgica, parte de una realidad exterior para llevarnos a una realidad interior. Si bien estas composiciones evidencian contrastes respecto a su trabajo anterior, tal propuesta no es ajena a los cambios que experimenta todo creador a lo largo de su trayectoria cuando intenta ahondar en otras búsquedas que le son afines. A propósito de esto, en el catálogo de la exposición Proyecto Orinoco, 1997, editado por la Galería Uno, el crítico de arte Víctor Guédez señaló lo siguiente: “Con estos contrastes el artista parece recordarnos que en la realidad aborigen, como en el mundo civilizado, las dicotomías son simples apariencias derivadas de nuestros prejuicios. En el mundo no existen alternativas irreductibles u opciones dilemáticas: más que esto o aquello, lo que existe es esto y aquello, y más aún, con Chuangsé podríamos decir que esto es aquello.
GLADYS YUNES
