Eleomar Fuente forma parte de esos artistas cubanos tan bien preparados por la enseñanza , que, dominando los cánones académicos y la historia del arte occidental, podrían pintar como clásicos, y aplican esa habilidad a una figuración crítica y postmodernista. Siendo uno de los pilares de la Galería Lyle O. Reitzel, él ha mantenido la elaboración obsesiva de su tratamiento pictórico desde que, por primera vez, hace doce años, expuso individualmente en Santo Domingo.
Este creador joven se ha beneficiado de una acogida excepcional en un país donde suelen buscar sólo a los dominicanos, con excepción de los protagonistas de las grandes subastas. Eleomar Puente periódicamente seduce a un público ávido, que aprecia su estilo contemporáneo diferente, entre nuevo realismo y surrealismo fantástico.

Esos rasgos siguen vigentes en la muestra Contra el poder… o el fin del placer. Los actores principales de un drama hipnótico y espeluznante continúan adscritos al retrato semi-imaginario del extraño déspota, híbrido de hombre y bestia, que premió la II Bienal del Caribe. Ahora bien, el asombro de la revelación se volvió espera de cada nueva modalidad de apocalipsis que propone Eleomar Puente...
La crueldad no cede. Los abusos, el avasallamiento y el maltrato se intensifican hasta la destrucción física. Concordamos con Laura Gil, cuando asocia en las pulsiones de un mundo dantesco, la tríada de Eros, Kratos y Thanatos, señalando, en esta pasión de pintar, una “tensión tanto de orden social como humano”.
Hoy el ingrediente del humor ha desaparecido en las imágenes bárbaras del aniquilamiento, y el aspecto lúdico no subsiste más que en la virtuosidad formal que juega con los retos de la academia. La iconografía ya no quiere usar la ironía ni divertir a primera vista, sino concientizar, casi directamente, acerca del horror de la destrucción y el genocidio. Al encarnizamiento del mando responde la furia del arte.
Las dos estructuras verticales de Acero y piel, atroces en ese amontonamiento de cuerpos humanos y metálicos, casi idénticos, no dejan de evocar las torres del 11 de septiembre. La diferencia entre las denuncias de muchos artistas y la de Eleomar proviene de su inteligencia y sutileza, también de su ambigüedad, que suscita más de una interpretación, o tal vez la solicita de un lector participante.
Sin embargo, el fin se acerca. Si bien los esclavos conservan los emblemáticos picos y bozales amarrados, accesorios ineludibles del pandemónium ideológico-pictural, la perorata de la mentira y el engaño culmina en asfixia del propio orador, caricaturesco, monstruoso, patético en su fealdad. Los micrófonos y metáforas de serpientes, aglutinados e implacables, van a estrangular al tribuno en la obra Discurso, uno de los cuadros más fuertes de la serie.
Eleomar Puente siempre presenta escenarios urbanos, y lo que consideramos un revival de la “ciudad gótica” con su bosque de rascacielos (Complicidades), exalta hoy visiones fantásticas, que precipitan la mirada hacia fondos y plataformas. La gente ya no comunica. Las cometas no escapan de la locura propagandística. Hasta el mar y el cielo se han contaminado. El artista se convierte en diseñador y arquitecto de perspectivas cerradas. Aquí está el juego del virtuoso…
La aparición de añejos automóviles de lujo amplía el repertorio de símbolos del poder primitivo, que cree en el signo exterior para fomentar la opresión y el desconcierto. Recordamos, en la memoria política dominicana, al escritor Juan Bosch, que denunciaba a los carros de “pescuezo largo”. Un colorido siniestro, predominantemente rojo, negro y cenizo, refiere inconteniblemente a la sangre y al plomo, a los exterminados y a los asesinos. La mecánica del poder ha sustituido a la naturaleza, y la paleta del pintor, que debe cuidarse del estereotipo, contribuye a la expresión psicológica y social de la obra.
Curiosamente, el frío y el calor coinciden en una lectura abierta de bloques de hielo o de cera derretida (Coolness y Cold communication, in English casualmente…), con igual mensaje de apresamiento y soledad, mutilación y destrucción. No hay escapatoria.
El dibujo se caracteriza por la perfección, susceptible de alcanzar el ilusionismo, con tanta precisión y sofisticación en el realismo como en los sujetos contorsionados y grotescos. A través de una factura meticulosa, el aspecto cromático, el pintor consigue luminosidad, viva, insinuante o sigilosa, hasta en los ambientes noctunos y crepusculares, en los grises, el negro y el blanco ”roto”. El claroscuro no tiene secretos para Eleomar Puente.
Esta contundente exposición se inscribe en los lineamientos de Lyle O. Reitzel Arte Contemporáneo, cuyos principales artistas exclusivos se han comprometido con una figuración singular, rigurosa en sus componentes formales, aguda en su crítica de una humanidad en peligro, inexorablemente hostigada por nuevos demonios… ¿Vislumbraremos en una próxima exposición de Eleomar Puente la hora de la salvación?.
MARIANNE DE TOLENTINO
