Un día un amigo le dijo a Eduardo Ponjuán: “Chico, tú eres minimalista”. Él respondió: “Yo soy hombre, no minimalista”. Y con esa frase tituló una instalación en el Museo Nacional de Bellas Artes, donde exhibe por primera vez. Allí armó cinco torres con tanques de petróleo pintados, y en lo alto de cada torre, muy por encima del espectador, situó un gallo de pelea disecado, símbolo del machismo, de la virilidad, y para algunos también de cubanía. Detrás de esa pieza ubicó otros nueve tanques oxidados, colgados horizontalmente en la pared bajo el título Todo lo sólido se desvanece en el aire, frase tomada del Manifiesto comunista.
La exposición recibe el título de la obra Lo tengo en la punta de la lengua. Ésta es una frase del lenguaje común, que uno dice cuando está tratando de recordar algo y no acaba de venir a la memoria. El cuadro posee una presencia colosal: mide 200 x 450 cm y pesa 300 libras, como el resto de los mostrados. Fue confeccionado con papel de techo, elemento con que históricamente las personas humildes protegen sus casas de las goteras. Este material deslumbró a Ponjuán cuando vio a un amigo usarlo, y lo utilizó por primera vez en una instalación que denominó Sueño con goteras.

Al final, cada cuadro es un gran plano negro. En Lo tengo en la punta de la lengua, la mitad inferior del cuadro está cubierta con nombres de artistas que, de una u otra manera, han tenido algo que ver con él, incluido el rotulista que le dio las primeras nociones en su pueblo. En Conmigo no hay casualidad, el cuadro está lleno de letras puestas al azar, hasta que uno descubre la frase que le da título, que tiene que ver con el ambiente callejero, de los tipos “duros”. Lo que parece el trazo de un grueso pincel, no es más que la huella de una letra de hierro, plasmada con candela en el cuadro, de forma próxima a como se marca el ganado. Otros dos cuadros son Un roce anula el tiempo, título que es un verso de Ángel Escobar, también impreso por el mismo procedimiento. Y el titulado Una pulgada y algo más, fragmento de un haiku, donde realizó una composición con esponjas negras, en homenaje a Ives Klein.
En resumen, la exposición, que tiene que ver con la poética minimalista, es a la vez una ironía (él dice que ahora en Cuba todo el mundo quiere ser minimalista). Es también su forma de desacralizar el aura del Museo Nacional, la más alta institución del arte en Cuba. Cuando le comenté de la pobreza de los materiales, me dijo: “serán comunes, pero cada uno me costó bien caro, y ahora seguiré con goteras en el taller porque el papel una vez calentado es irrecuperable. Pero no me pude resistir al negro mate, cálido como una piel”.
Después de separarse de René Francisco Rodríguez, con quien trabajó a dúo por ocho años, Ponjuán ha hecho diversas exposiciones individuales. Acabó con su biblioteca personal haciendo libros-objeto (autorretratos), dibujos, un diario sobre los libros de cuentas de un notario público, etc. Considera esta última exposición como una liquidación de sus deudas con la Historia del Arte, sobre todo con los artistas de la Escuela de Nueva York.
Si bien antes le interesaba hacer obras más mentales, conceptuales, ahora dice atraerle más presentar que representar. Quiere hacer obras para ser tocadas, olidas, pero, sobre todo, que le agoten físicamente. En Koan, un jardín zen que hizo para la última Bienal de La Habana, enchapó las cuatro paredes con el mismo papel y recubrió el piso de gravilla con asfalto negro, para lo cual tuvo que subir 2.080 veces con un cubo por una escalera. A la manera zen, simplemente quería cansarse para quedar con la cabeza vacía.
ERENA HERNÁNDEZ
