Exposición Individualjul 2004 - sept 2004· Por Andrés Isaac Santana

Carlos Capelán

Galería Fúcares

“No me interesa particularmente descubrir un lugar. Tal vez pueda hablar de mí como un situacionista, como alguien que está más interesado en hablar “en” y “desde” una o varias situaciones concretas…”. Ésta, sin remilgos ni ambages fue la respuesta de Carlos Capelán frente a la pregunta esbozada por la antropóloga Annika Köhler respecto al perenne estatus nómada en la vida de este artista. Una condición impenitente de la que se tiene absoluta certeza al corroborar sus múltiples y antojadizos itinerarios. Nacido en Uruguay, Capelán ha vivido en muchos mundos y paisajes simbólicos ante los cuales practica una rara estrategia de canibalismo de absorción que, sin lugar a dudas, va a tener un correlato en su producción como artista, una propuesta que está marcada por las yuxtaposiciones híbridas al estilo de Néstor García. Canclini, el mestizaje de los signos, los desplazamientos furtivos, el exilio ocasional, la transculturación globalizada y el lenguaje multiculturalista.

Exposición Individual: Carlos Capelán — imagen 1
Carlos Capelán. Sólo tú, 2002. Autorretrato. Pared: Sin título, 2004. Instalación.

Una aproximación a su más reciente muestra en la Galería Fúcares en Almagro, España, no deja espacio al equívoco en torno a unas constantes, ya no sólo ideoestéticas, sino también morfológicas, que hacen pensar en Carlos Capelán no como artista en el sentido más pobre y moderno del término, sino, y en cualquier caso, como elocuente intérprete de la contemporaneidad cultural de la que es protagonista, papel que sin asombro alguno ensancha los rígidos márgenes de los que sólo habitan en el reino estéril de la más lerda representación, en el modus operandis de un periodismo de turno, acaso incapaz de relatar un hecho. Esta exposición, en particular, y su obra toda suponen para el logos racionalista de la crítica siempre dispuesta a etiquetarlo todo, el escollo de un conflicto nominativo de orden. Ya es un lugar común en el debate y la reflexión sobre las prácticas contemporáneas, hacer notar la crisis por la que atraviesan ciertas nociones o aparatos categoriales en su uso eventual de cara al discernimiento de aquellos sentidos o motivaciones que permanecen ocultos en los diferentes campos y registros textuales de las obras. Ello se hace aún más complejo si en la misma intención confesa del artista está la idea de construir apartados simbólicos que actúen, si fuera esto posible, como actos performativos en los que se tatúan pasajes de la memoria. Especie de escenarios abiertos que descentralizan la tiranía de lo literal-lineal, a favor de un cambio de acercamiento hermenéutico que potencie la cocreación por parte de los espectadores.

La mirada avisada hacia la obra de Capelán, en el relato museográfico que propone esta muestra, corrobora la sospecha de estar ante un hacedor polifacético que, como el personaje Fausto, no descansa en la angustiosa carrera de alcanzar respuestas, por más engañosas que éstas pudieran ser. De este modo, cunde la duda de estar frente un artista en virtud del canon tradicional, de un antropólogo compulsivo que concibe el arte como una de las tantas objetivaciones de la cultura, o de un cartógrafo que traza mapas hipertextuales imposibles de identificar con un espacio específico. Las bifurcaciones y las yuxtaposiciones de lo objetual, lo pictórico y el ornamento cargado de sentido desvelan el propósito de ceder terreno para la configuración de un archivo visual y textual, sólo equiparable a la rareza de un libro cuya escritura disfruta disolver el hegemónico patrón de la autoría. El conjunto de dibujos, pinturas e instalaciones sobre los que se soporta el espesor del andamiaje conceptual de esta muestra sugiere la abstracta presencia de un texto iluminado. En él cada una de sus páginas resume y condensa historias ajenas y propias, relatos quizás fosilizados en el frente amnésico de nuestras culturas periféricas.

En este sentido se me antoja de lo más elocuente y audaz la metáfora de la telaraña, que algunos críticos han empleado en sus aproximaciones lectivas a la obra de Capelán, pues, sin miedo al error al que induce toda exégesis escritural en torno al arte, la actual exposición del artista es justamente un entramado de hilos en barroca disposición, entre los que ha de moverse con sumo celo quien decida acceder a un imaginario desligado de autoritarismos y perspectivas dogmáticas. Al igual que los ideólogos posmodernos, el discurso de Capelán sanciona las retóricas de la centralidad, para esgrafiar una superficie plurívoca que acepta desde sí la experiencia de todo tipo de otredades. El centro y la instancia autoral, como únicas zonas de poder capaces de proponer significados, son aquí desplazadas para fijar sitio a una estructura discursiva neutral, que permita el diálogo, la búsqueda afanosa de nuevos sentidos y la posibilidad de una participación que, por otra parte, demanda el concurso de no pocas herramientas gnoseológicas. Ante el espejo de las nuevas prácticas artísticas, en el que con demasiada frecuencia triunfan las simplificaciones, las rancias fórmulas y los recursos de la pose, el artista coloca una visualidad que no por liberadora e inclusiva, engendra facilismos interpretativos. La suya es una obra de relieve que ha de ser leída de acuerdo con unas máximas conceptuales, en modo alguno carente de agudeza y astucia. Como sucede con muchos artistas contemporáneos, su obra reclama del análisis particular deseoso de advertir las claves subsumidas en la cosmética de la apariencia, en la urdimbre simuladora de lo visible.

Como el hipertexto mediático, los ensayos cartográficos de Capelán que hayan sitio en esta exposición personal, generan mapas en continua y obstinada sucesión, en los que se combinan lo real y lo ficticio, el pasado y el presente, en un prolongado juego de enlaces, llegadas y partidas. En ellos abunda un espíritu de contaminación, no en la variante profiláctica del vocablo, que no es ajena al perfil fragmentario y mestizo de la cultura contemporánea. Éstos permiten las oscilaciones y los recorridos más antojadizos, alterando el paradigma progresivo y lineal de los enunciados excluyentes y trascendentalistas. De ahí el carácter francamente perdurable de su poética y más…

ANDRÉS ISAAC SANTANA

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