La obra de Carlos Amorales hasta la fecha es una interesante convergencia de tropos y estrategias conceptuales y formales. Amorales, quien trabaja con finura y aplomo en numerosos géneros que incluyen performance, video, escultura, fotografía y obras sobre papel, es uno de los artistas mexicanos más interesantes de la generación posterior Gabriel Orozco. Y, lo más importante, se ha liberado de la estética de la matriz de Orozco. El surgimiento de Amorales fue impulsado inicialmente por una serie de obras que giraban en torno a la lucha libre. Esta serie culminó con la famosa Amorales vs. Amorales de 2003, en la que el artista tomó las máscaras de lucha que representaban su rostro y que originalmente concibió como recurso artístico, e hizo que las usaran en la arena luchadores que compitieron uno contra otro. Llena de humor, Amorales vs. Amorales está imbuida de significado filosófico, psicológico y cultural. Desde luego que uno puede detectar cosas tales como un combate entre mente/cuerpo, consciente/inconsciente, interno/externo, y una gran cantidad de otras dicotomías que convergen en un locus vernáculo de masculinidad.
Aunque las raíces de Amorales vs. Amorales se remontan a 1996, es convincente la forma en que el artista ha ofrecido un modelo diferente del personaje artístico. Como personalidad artística de “baja cultura”, el artista como luchador de Amorales reside en la trayectoria de otros que desarrollaron el papel del artista en formas totalmente únicas e interesantes: Joseph Beuys y su papel como activista político o chamán; la transformación de Lygia Clark de artista a terapista; y Andy Warhol como artista/celebridad. Pero Amorales ha ido más allá de los parámetros del luchador en una miríada de direcciones formales y conceptuales, y la exposición individual en Nueva York en la que hizo su debut es testimonio de ello.
Titulada The Bad Sleep Well, la exposición consistió en una instalación, obra en video, una proyección de diapositivas en forma de tríptico acompañada de audio, copias digitales y cinco trajes hechos a la medida, con textos bordados. La obra más grande era la instalación Everything Louder than Everyone Else (2003), consistente en cuervos que colgaban del techo en un móvil al estilo Calder, rodeados de lo que parecía ser sangre sobre las paredes, que aparentemente goteaba hacia arriba. La instalación, el video y la proyección de diapositivas tenían un aire apocalíptico que quizás fue engendrado por acontecimientos mundiales tales como el 11 de septiembre, fenómenos más localizados, como asesinatos en serie, y un exagerado existencialismo de un mundo que se ha vuelto loco; o una profunda meditación sobre la muerte y la renovación. Desde Edgar Allan Poe pasando por Edward Cayce, las tres obras fueron hechas también en colaboración con el físico Frank Edwards, aunque no quedó muy claro cuál fue su relación con la exposición. Las fotografías consistían en imágenes de mujeres en fábricas, y como tales, tenían una serie de posibilidades narrativas. Sin embargo, dentro del contexto de la exposición, podrían muy bien referirse a los asesinatos de más de 300 mujeres en la norteña Ciudad Juárez, de México, algunos de los cuales han sido atribuidos a un asesino en serie. El diabólico hilo de la obra y la exposición podría interpretarse como gratuito, pero sería miope no darle a Amorales el beneficio de la duda. No obstante, la pieza más impactante era una obra que también era el título de la exposición.

La obra tenía formato de tríptico y consistía en una proyección de diapositivas en tres canales de imágenes semejantes a gráficas en blanco, rojo y negro, que se desvanecían una entre otra. Algunos de los leitmotivs eran cuervos de la instalación anterior, cráneos que también formaban parte de la pieza de video, aviones, híbridos tipo arácnidos y oscuras siluetas. Como la obra constaba de 480 diapositivas, las imágenes parecían no repetirse, aunque había una relación entre ellas que simulaba la sensación de reconocimiento, de un esquema que, sin embargo, era hipnótico. Los elementos visuales de la pieza eran realzados por la pista de sonidos casi atonales que recordaba ligeramente música house ralentizada, refiriéndose en realidad a un primo de este género musical llamado trance. Y fue esta sensación de trance, hipnosis y otras alusiones más siniestras lo que hizo fascinante esta obra, y la exposición, lo más destacado de la temporada neoyorquina.
RAÚL ZAMUDIO
