Entre el barullo natural de una feria de las dimensiones de ARCO era posible escuchar, al pasar cerca de las puertas de entrada en donde este año fueron colocadas las galerías incluidas en el programa Futuribles, el sonido cadencioso y casi sordo de lo que parecía una copa de cristal al ser golpeada, que salía del stand de la galería brasileña Nara Roesler. Se trataba en realidad de una composición musical tocada en un piano de juguete y compuesta por el grupo O Giro para acompañar el magistral video Nanofania de Cao Guimarães. En él, una cámara de 16 mm había registrado el instante justo en el que una mosca echa a volar o los microsegundos que tarda una pompa de jabón en estallar y desvanecerse. De un modo sublime y conmovedor Guimarães capta el instante preciso en el que las cosas están a punto de desaparecer, proponiendo a su vez una reflexión bellísima sobre aquello que es pasajero, sobre la fragilidad y lo efímero.

De alguna manera el video de Guimarães plantea un paralelismo con ese fugaz momento de atención hacia el arte contemporáneo que ARCO representa en el panorama artístico español. Efectivamente, la feria se ha convertido en un hito temporal que nos permite constatar edición tras edición las direcciones que va tomando la escena artística en España y, sólo de forma sesgada, lo que pasa fuera de aquí. Y lo hace concentrando intensamente toda una serie de instituciones, prácticas y actores que año tras año se reencuentran en Madrid. Este paréntesis en la temporada cultural local se ha hecho tanto más notorio en la misma medida en que los principales museos y centros de arte de Madrid han ido decayendo en sus propuestas expositivas. Quizá lo que ha faltado analizar es el vacío que sobreviene cuando la burbuja se pincha.

Con todo, y dado el ambiente político y económico que se respiraba entonces, ARCO se llenó, previsiblemente, de objetos coleccionables, dándole a la feria un giro más bien convencional, eso sí, con un nivel de calidad nada despreciable. A ello contribuyó sin duda el descarado desembarco de una serie de galerías europeas, sobre todo alemanas, que si bien no han participado habitualmente en la feria este año, hicieron el periplo hacia el sur en busca de coleccionistas más entusiastas. Y no se fueron defraudados. Las ventas este año parece que se dispararon y las caras de satisfacción reinaban en los pasillos. De la obra presentada en las nada menos que 30 galerías alemanas presentes este año, destacaban los vídeos animados y dibujos de Hans Hemmert en la Galería Carlier | Gebauer que además presentó un Project Room interesantísimo con la videoinstalación The Enigmatic Visitor a cargo de Roberto Arlt y Los Lanzallamas. También del norte de Europa asistió la galería holandesa Annet Gelink con el Project Room un tanto desdibujado y en exceso complicado titulado Origami Bomb, del mexicano Carlos Amorales, quien sin embargo tenía unas piezas magníficas de la serie Turbulencias en la galería mexicana Enrique Guerrero. Otro Project Room excelente era el de la belga Koraalberg Art Gallery a cargo de Pieter Vermeersch, quien elaboró una instalación en torno a una intervención en la naturaleza, en la que una larguísima línea de pintura color amarillo fluorescente cortaba un paisaje.

No faltaron las galerías clásicas de ARCO, como Lisson, cuyos stands, de indiscutible calidad se hacen un poco repetitivos. Entre tanto déjà vu destacaba la Ongoing Projection de Ceal Floyer. También la portuguesa Quadrado Azul repitió con una magnífica escultura de José Pedro Croft además de unas llamativas pinturas abstractas de un artista tan consolidado como lo es Angelo de Souza. Por su parte, la galería francesa Valérie Cueto presentó el Project Room con la instalación No Comment de Wang Du. Se trataba de un conjunto de enormes papeleras llenas de papel reciclado en forma de esculturas monumentales, entre las que se distinguían algunas imágenes reproducidas en periódicos y revistas. A esto se le sumaban computadores y pantallas de televisión retransmitiendo en directo las principales cadenas de noticias internacionales, haciendo un irónico comentario sobre el reciclaje y la obsolescencia a los que está condenado el flujo de información. Un año más Christopher Grimes presentó un fragmento del trabajo en proceso de Allan Sekula, en esta ocasión la serie Black Tide referida a la catástrofe del Prestige en las costas gallegas. Otra galería portuguesa de primer nivel, Cristina Guerra, contaba con la pieza de Rui Toscano Whistle in the Dark: tres bloques escultóricos, cada uno de un color primario, sobre los que había colocado un enorme reproductor de cintas desde cuyos altavoces salía el silbido de una melodía. Otras propuestas portuguesas interesantes eran las de la Galería Filomena Soares con las construcciones de tela y madera de la artista Angela Ferreira y la instalación-ambulancia Accident Motion Pictures de Miguel Palma en la Galería Graça Brandao.

Entre las galerías españolas llamó la atención el trabajo en video de Sergio Prego en la Galería Soledad Lorenzo, adquirido por el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, además del video Chador y las fotografías Parlamento de Juan Carlos Robles en la Galería Oliva Arauna. En ambas, las imágenes de diversas personas discutiendo son deformadas hasta convertirse en abstracciones cromáticas de una belleza inusitada.

Por su parte, la presencia latinoamericana ha sufrido una transformación por lo menos extraña: cada vez son más las galerías españolas que trabajan con artistas de origen americano. Aunque esto en principio debería recibirse como una buena noticia, es imposible ignorar que dado el contexto excesivamente local de ARCO, lo que ha sucedido en realidad es que las galerías latinoamericanas se han convertido en proveedores de artistas, en detrimento del trabajo y esfuerzo continuados que han venido haciendo en esta feria durante años. Este año no fue excepción y la suma de propuestas de las galerías que repiten con las de aquellas que se han presentado en ARCO por primera vez daba un resultado ejemplar. Se destacaron especialmente la Galería Jorge Mara-La Ruche, con obras impecables de César Paternosto y de Carlos Arnáiz, y la Galería Dan, con piezas excelentes como los dibujos y acuarelas de Lygia Clark o las excavaciones en montones de hojas de papel de Marco Maggi. La ya mencionada Nara Roesler presentó, además del trabajo de Guimarães, las colección de bancos utilizados por trabajadores y gente de la calle que reunió Marcos Chaves. Fortes Vilaça acertó una vez más con los discretos trabajos de Rivane Neuenschwander y con la más llamativa Biblioteca de Rosângela Rennó, aunque por momentos parece caer en la misma repetición que se advierte en Lisson Gallery. La Galería Ruth Benzacar sigue apostando y con razón por Jorge Macchi, que junto a sus mapas calados presentó también un proyecto editorial de reciente edición en el que el argentino, en un guiño a Duchamp, convierte un cristal roto en el indicador de una serie de rutas por Buenos Aires, que esconden una interesante variedad de imágenes, textos y evocaciones. Aquí también se destacaron los collages de Miguel Rothschild hechos con base en imágenes tomadas de diversos comics que reunidas evocan, sorprendentemente, el expresionismo abstracto. Luisa Strina contó con piezas excelentes de Cildo Meireles y de Marepe, siempre fino en su sentido del humor.

Entre los grandes cuadros presentados en Ramis Barquet destacaban las pequeñas pinturas de Rubén Méndez emulando las ilustraciones publicitarias de los años cuarenta. Hizo falta la presencia de la Galería Brito Cimino, pero para compensar se estrenó en ARCO la interesantísima galería colombiana Alcuadrado, con trabajos excelentes de Óscar Muñoz. Otro centro que aparecía por primera vez en ARCO a pesar de su larguísima y encomiable trayectoria era la Sala Mendoza de Venezuela, que alcanzó a dar una muestra de los interesantes artistas que han estado cercanos al proyecto, como Alexander Apóstol y Javier Téllez. Hasta cuatro galerías cubanas tuvieron presencia en ARCO, destacándose entre ellas la pieza Magia de Wilfredo Prieto en la Galería Habana, formada por dos bicicletas unidas por sus ruedas delanteras. La galería peruana Lucía de la Puente mostró una serie de pinturas autobiográficas de Sylvia Fernández, y la puertorriqueña M+M Proyectos insistió con sus interesantísimas propuestas de bajo costo y alta significación algo muy necesario por estas latitudes al presentar el proyecto Concierto de subterráneos de Jesús Cruz. Se trataba simplemente de invitar a diversos músicos del metro de Madrid a tocar dentro de la feria para generar ingresos en este contexto alternativo. Una idea interesante por sus implicaciones además de amable para los visitantes a la feria. La galería mexicana Nina Menocal, que regresó por fin a ARCO, presentó trabajos del Atelier Morales (Teresa Ayuso y Juan Luis Morales Menocal) y de José Bedia. Kurimanzutto hizo un interesante despliegue de trabajos de Jonathan Hernández además de presentar uno de los mejores Project Rooms de la feria, realizado por Fernando Ortega: con una ironía delicadísima nos muestra en el video La medida de la distancia a una araña mientras acecha a una hormiga, todo ello con un acompañamiento musical original excelente. En la OMR pudo apreciarse, entre otros, el trabajo de Fernanda Brunet y Yishai Jusidman, y se destacaron especialmente las propuestas tecnológicas de Rafael Lozano-Hemmer.
Otras presencias latinoamericanas interesantes fueron las de Carlos Garaicoa en Elba Benítez, con sus hermosísimas arquitecturas utópicas hechas de hilo de oro como proyecciones de maquetas; las fotografías de Tatiana Parcero en la Galería Visor, y las cajas de luz de Carmen Mariscal en Llucià Homs. Cabe resaltar especialmente los relojes hechos de mármol con incrustaciones de piedras de Pablo Vargas Lugo en la Galería Massimo Audiello.

El éxito económico de la feria parece innegable y normalmente funcionaría como el indicador principal del éxito de una feria comercial; sin embargo, la apuesta de ARCO por el mentado modelo “cultural” hace que la exigencia sea mayor y los resultados más cuestionables. Un año más los espacios de descanso fueron motivo de debate y malestar, pues además de estorbar visualmente promueven las prolongadas visitas del numerosísimo público no profesional que acude a la feria. Mucho se ha mitificado el papel educativo de ARCO, pero lo cierto es que una feria comercial no es el lugar idóneo para la pedagogía, y el aumento exponencial en la cantidad de visitantes se ha convertido en una creciente incomodidad para profesionales, galeristas y coleccionistas.
Una vez más, las mesas de debate contaron con innumerables invitados (¡más de cien!), y por si fuera poco, se llevó a cabo simultáneamente el interesantísimo I Congreso Internacional de Estudios Visuales, imposible de seguir si es que se pretendía además asistir a alguna mesa de debate o por lo menos visitar la feria. A estas actividades se sumaron los eventos paralelos organizados por el país invitado, en este caso Grecia , que este año fueron bastante flojos y desdibujados. Los múltiples programas comisariados Futuribles, Project Rooms, Open Spaces, Fragmentos de África, Nuevo Arte Asiático también perdieron definición y, sobre todo, credibilidad, al duplicar la presencia de algunas galerías, en lugar de servir para abrir el abanico de la oferta. La sensación general es que ARCO es hoy una feria desbordada que tiene que replantearse seriamente su razón de ser, sus límites y su ámbito de influencia. No parece sin embargo que el año próximo sea el momento para hacerlo. En la Galería OMR podía verse una obra de Guy Limone hecha a base de pequeñísimas figuritas de las que se usan en las maquetas y cuyo título parecía más un presagio: En el año 2004 dieciséis seres humanos de cada mil son mexicanos. Con México como país invitado en ARCO 2005 nos vemos expuestos, una vez más, a todo tipo de excesos.
ISSA M. BENÍTEZ DUEÑAS
Historiadora de arte, especialista en Arte Contemporáneo y teoría del arte. Actualmente cursa el doctorado en la Universidad Carlos III de Madrid

