En un primer momento, las Impresiones de Roney Fundora recientemente presentadas en la Galería Schwarcstein pueden asumirse como una muy provechosa reinterpretación de los principios de la pintura sígnica y del espacialismo. Se limitarían a ello, de no ser por la sutil ambigüedad (o ironía) con que Roney Fundora procura un desprendimiento de cualquier significado preciso, tanto con respecto al contenido de cada una de las obras, como a los estancos teóricos que podrían servir para encasillarlas. Semejante propósito no se remite únicamente a ese juego de azar que, a partir de exploraciones formales no decididas de antemano, conduciría a una consabida multiplicidad de planos interpretativos, sino también a la advertencia de que cada trazo, cada matiz, cada asimetría, posee una individualidad que incide en elecciones no tomadas por otra causa, sino por el gusto. Una parábola de ese incómodo espacio entre silencio y palabra, tan difícil de salvar cuando se exige un juicio neutral sobre algo que resulta, o ha resultado, entrañable.

Calificar las Impresiones de Roney Fundora confronta una ambigüedad similar. Sus obras compulsan, ante todo, ese impredecible instante en el que se identifican gustos inmediatos y privados con ciertas formas, con ciertos contrastes, o con profundidades de matices que hacen que el color devenga, dentro de sí mismo, espacio. Intentar reducir a palabras el modo en que Roney Fundora condiciona formalmente tal circunstancia, ilustra, por otra parte, esa verdad de Perogrullo acerca de que la reproducción nunca es igual al original, verdad que para esta muestra puede admitirse como decisiva, pero también supone el cuestionar (el cuestionarse) hasta qué punto la observancia de ese sine qua non profesional que dicta que no se debe hablar a partir del gusto es, realmente, sostenida.
Sorpresivamente, el reducido espacio de la galería resultó un entorno propicio para tal propósito de indefinición o de cuestionamiento: la coherencia textural y cromática de las obras devino, en el montaje, superficie ininterrumpida en la que parecían exhibirse, más que piezas enmarcadas, zonas de luz. Trabajadas en gran formato y utilizando carbón vegetal, pasta acrílica, cajas y otros objetos como patrones para ser “impresos”, cada una de las 18 piezas exhibidas se particulariza por gradaciones de un solo color en la sombra del carbón vegetal; gradaciones que ofrecen la sensación de tonos eléctricos, de fluidos de neón en un espacio nocturno, y que resultan, a la vez, un minucioso recorrido por las posibilidades de cada uno de los colores utilizados, y por las texturas y espacios creados a través de las transparencias y las profundidades que se suceden una vez que la superficie es esgrafiada o presionada. Hay aquí mucho de imprevisibilidad, mucho de dejar hacer al propio material, pero hay también un equilibrio razonado con sencillez, y que, en algunos casos, podría imaginarse como surgido de esa misma imprevisibilidad. La economía y la fluidez con que Roney Fundora deja producir estas relaciones hacen que, tal vez, el tema mayor de toda la muestra sea precisamente ése, y que nada de ello pueda ser catalogado únicamente como forma.
Impresiones responde también a la espontaneidad con que Roney Fundora propone el acercamiento a sus obras; así, los títulos parecen comportarse no como un dictado definitivo, sino como otra de las opciones posibles. Hay, evidentemente, y en conjunción con el espacio extraído de los materiales, otra sugerencia solucionada con no menos sencillez: las referencias a espacios naturales o construidos. Muchas obras, porque lo permite su propia riqueza, son usadas compulsivamente como pozos de interpretación, como ejercicios de fondo para la palabra; evidentemente, las de esta muestra también podrían serlo. Sin embargo, el distanciamiento o la indiferencia con respecto a que tales territorios puedan ser contextualizados dentro de un ambiente particular, o identificados como símbolos universales de relaciones de ecúmene, que puedan ser asumidos como mapas o reflexionados a partir de los signos implicados en ellos, resulta no otra cosa sino parte del engranaje eminentemente lúdico con el que Roney Fundora ha procurado “vaciarnos” de los significados aprendidos.
EMILIO GARCÍA MONTIEL
