El público peruano conoció a Matilde Marín a través de Mitos de creación, magnífico libro de artista, con texto de Nelly Perazzo y edición de ArteDos Gráfico (Colombia), donde la artista hurgaba en distintos conceptos sobre los orígenes, la religiosidad y su derivación hacia misticismos, la posibilidad de comunicarlos a través de modos culturales diversos y ancestrales. Y lo hacía a través de una obra gráfica impecable y personal, utilizando papeles especiales y anunciando una preocupación fundamental en su obra visual.
Ahora ha presentado su primera exposición personal en Lima (Galería Lucía de la Puente) en una acertada selección de trabajos que aproximan a cierta impronta que pareciera ser la definitoria de su expresión: una constante metáfora sobre el misterio imposible de desentrañar, un recorrido del pensamiento hacia la profundidad de lo instintivo a través de una mirada hacia sí misma, un interrogante siempre presente sobre destino, tiempo y vida, exigiendo y autoexigiéndose el auxilio de técnicas y modos contemporáneos en una clara asunción de su condición de artista de una época que, ahondando en la ciencia, deriva en la presencia original de lo artesanal e inmediato, quizás como manifestación de una humanidad que quiere reivindicarse a través de lo sensible y espiritualista.

La suya es una poética de imágenes concebida a través de la experiencia, presente en dos series: Juego de manos y Bricolage contemporáneo. Ambas son series fotográficas, cuidadosamente preparadas y permitidas por un trabajo de luz y sombra que recuerda la visión tradicional europea. En la primera el doble juego semántico habla de la actividad lúdica, entretenimiento ingenuo y ancestral común a varias culturas y épocas, y también de la representación simbólica de tiempo y destino, sino y complejidad de la vida a través de los hilos metafóricos y frágiles que logran crear una tensión obligada para sostener su existencia. En Bricolage…, Marín se vuelve soporte y protectora de elementos recogidos, usados o productos resueltos, deteriorados o semidestruidos, gastados o rescatados para su reciclaje.
Sus manos juegan un rol fundamental. Consciente o no, su utilización remite a la tradición simbólica que las señala como generadoras (Jung) o “manifestación del estado interior” (Schneider), o acción, manifestación, labor (egipcios).
Son también éstas las manos que dirigieron la cámara, que jugaron con hilos, que sintieron las texturas y los volúmenes.
Marín ha desarrollado una larga trayectoria como grabadora, caracterizándose por su afán en la incorporación de nuevos elementos auxiliares. La fotografía se ha convertido en uno de ellos, quizás el más notable, como también lo es el video, uno de los cuales completa el ciclo propuesto para la exposición, que acertadamente tituló Una cuestión de intensidad.
Es precisamente esa característica, la intensidad, la que le permite administrar este extraño juego de reflexión personal y búsqueda inalcanzable, volviéndolo un poderoso acicate para la incorporación del espectador a una obra que mantiene una constante sobriedad pese a su evidente ambición.
ELIDA ROMÁN
