En su nueva exposición individual en el Whitney Museum of American Art, de Altria, Luis Gispert volvió a inscribir elementos estilísticos asociados con el entorno urbano en su interpretación del automóvil personalizado como un fabuloso objeto arquitectónico postgueto. Combinando los efectos imperfectos del tríplex con las superficies decorativas de descomunales pendientes de plata usados en centros urbanos de todo el mundo, la instalación de Gispert hacía alusión a los diálogos estéticos cruzados del arte contemporáneo y la cultura juvenil urbana.
Proponiendo el asiento del “auto club” personalizado como la posición de empoderamiento, el trono de Gispert colocaba al espectador/participante en el extremo ruidoso de un enorme subwoofer. Cada vibrante bajo se sentía en las espaldas del espectador, simulando el interior de un auto con un retumbante sistema de sonido. La importancia primordial de sentir la música —así como de escucharla— se reforzaba en esta instalación, en la cual el sonido y las máquinas que lo maximizaban se convertían en significados culturales. A través de la superficie del granuloso tríplex, dibujos lineales en grafito recordaban las formas de pasacintas, ecualizadores gráficos, botones de volumen, y la plétora de botones e interruptores diseñados para crear toda una experiencia de escucha. El contraste del grano de la madera con el panel de aglomerado reforzaba las diversas “voces” texturales de la instalación, en donde suaves superficies perfectas se encontraban con granulosos planos alegrados por dibujos. La enorme grabadora, presentada como un objeto modernista, se reducía a sus partes constitutivas, con formas geométricas en reemplazo de las partes funcionales. La tensión entre presentación (las cadenas y pendientes de plata) y representación (las líneas dibujadas de la grabadora) subrayaba el título colocado en la parte superior de la instalación: Disfuncional. Escrito en letra cursiva tradicional, este gigantesco rasgo léxico sumía la instalación en deliberación.

Esta relación fue tratada en la frenética mezcla de cadenas y pendientes de plata, emblemas del materialismo contemporáneo que se fusionan con signos icónicos de comercio y nostálgicas representaciones de íconos amados. Grietas triples, letras mayúsculas, cruces, una hoja de marihuana —símbolo de Chrysler—, la corona de un autoproclamado rey del graffiti, el todopoderoso signo del dólar, la cabeza suspendida de una cobra, dragones, águilas, el conejito de Playboy luciendo un ojo de rubí, y la "Señal del Murciélago" (de Batman), todos imprimían su presencia en la profusión de objetos. La flagrante subversión, estilo callejero de logos corporativos y la materialización de símbolos icónicos, marcaba estos pendientes como índices de cultura contemporánea. Cada signo, reducido a sus partes más efectivas, es ofrecido a la venta a todos aquellos que buscan gratificación inmediata en forma de un símbolo fácilmente reconocible, con la intención de plasmar la personalidad del usuario. El artista propone estos signos como imágenes de consumo no necesariamente estériles sino como posibilidades para la práctica estética. Sobre el suelo, debajo del brazo saliente de un tornamesa, un pendiente en forma de globo se “derretía” en el piso, en dónde papel aluminio había “goteado” sobre su superficie de mármol, revelando la naturaleza efímera de tales objetos, a pesar de su predominio en la cultura popular. En la instalación de Gispert, éstos trazaban la forma de un motor a reacción, señalando el caos, la turbulencia, el furor con el que dichos objetos y sus significados marcan la sociedad contemporánea.
Entre dos parlantes reales aunque no funcionales, un tornamesa simulado dividía el espacio en alusión, una vez más, a las partes no funcionales de las enormes grabadoras que se venden con exceso de elementos, de tamaño desproporcionado para su función. El dibujo de una grabadora imaginaria que el artista hizo sobre la pared la presentaba como un monolito cultural y arquitectónico. Inmortalizados en la película de Spike Lee, Do the Right Thing (Haga lo correcto, 1989), el tamaño y el poder de una de estas grabadoras están directamente relacionados con la identidad de su propietario. La transportabilidad prewalkman de estas unidades las marcó como significativos objetos culturales que reconfiguraron el paisaje urbano. La adaptación del ecualizador gráfico a la grabadora de gran tamaño, por ejemplo, significó que la maleabilidad de la música estaba disponible para una población cada vez más amplia. Los ecualizadores de Gispert, grabados sobre la superficie de madera de la instalación y la pared de la galería, consideraban el significado así como la función de estas máquinas culturales. Entre objetos presentados y formas inventadas, woofers y dibujos, pendientes y sonidos, la instalación de Luis Gispert trató el escalonamiento de influencias en la cultura urbana contemporánea por medio de una compleja matriz de forma arquitectónica, los profundos bajos de la música de los clubes y las posibilidades estéticas representadas por el objeto.
ROCÍO ARANDA-ALVARADO
