La muestra Homenaje a Luis Frangella, que se exhibe en el centro Cultural Recoleta curada por Elena Oliveras, es una maravillosa y única oportunidad de apreciar la notable obra de este artista y arquitecto que desarrolló su trabajo principalmente en Nueva York a partir de 1976. Casi desconocido para el público local, la muestra es una atinada recordación de Frangella (Buenos Aires 1944-Nueva York 1990), que siguió vinculado a sus colegas en sus esporádicas visitas a Buenos Aires y les transmitió sus experiencias en el East Village neoyorquino junto a Mike Bidlo, Jean Michel Basquiat y David Wojnarowicz.
En esta ocasión, se exhiben piezas de grandes dimensiones —hasta de nueve metros— y de colores estridentes que muestran un arte figurativo apasionado y algo feroz, pero también se presentan obras de pequeño formato que lo señalan como un dedicado y delicado cultor del dibujo, en las antípodas de los trazos furiosos de sus formidables pinturas.

Este homenaje a Frangella es una celebración de la pintura, a la que el artista dedicó sus mejores esfuerzos tras años de experiencias e investigaciones conceptuales. Las obras son mayormente de la década del ochenta; pertenecen a esos momentos efervescentes en donde la pintura en distintos soportes volvió al mundo del arte con una producción acelerada y cuando la representación del sujeto —en fragmentos o esquemáticas siluetas humanas— recobró el centro del escenario. Esta recuperación de la pintura se caracterizó por la conciliación y la mezcla de distintos estilos artísticos anteriores y el renacer de antiguos géneros. En el panorama mundial del arte contemporáneo fue un momento de fervoroso eclecticismo que hizo aflorar distintas corrientes, principalmente la transvanguardia y el neoexpresionismo. La imposición de estas tendencias significó el regreso a la Pintura (con mayúscula), al oficio y a la memoria de la pintura. Este horizonte heterogéneo privilegió la figuración, pero también le otorgó un lugar a la abstracción.
En un análisis posterior, bien puede situarse la pintura de Frangella —aquí exhibida— como cercana al neoexpresionismo. El término neoexpresionismo fue acuñado en 1982 a propósito de las exposiciones Zeitgeist (espíritu del momento) en Berlín y Westkunst en Colonia. Allí se mostró la renovación figurativa y neoexpresionista, en donde se volvió a subrayar el renacimiento de una pintura sensible, alegórica y gestual, liberada y vital, que podía citar la historia y utilizar el humor, ser emocional y brutal y que remitía a los expresionistas alemanes y austríacos de comienzos del siglo XX. Precisamente, en ese año 1982, es cuando Frangella obtiene una Beca Guggenheim y participa en Pintura fresca, una muestra organizada en Buenos Aires por Rómulo Macció junto a Luis Felipe Noé, Juan Pablo Renzi y otros.
Pero las obras de Frangella no son sólo representativas de ese “nuevo espíritu en la pintura” que sacudió al mundo del arte de las postrimerías del ascético minimalismo y de las exigencias intelectuales del arte conceptual de los setenta (en las que él participó colaborando en piezas multimedia de John Cage). Como bien apunta Elena Oliveras, ese retorno al placer de pintar, a la figuración barroca y a la pintura mito-poética, “en Frangella resulta complejo ya que ellas (las pinturas) también recuperan investigaciones previas del artista en el campo de la percepción visual”. Tal como sostiene la crítica, algunas de sus obras “corporizan la relatividad del ‘punto de vista’. Al no existir un punto privilegiado la mirada se desplaza una y otra vez tratando de superar la incertidumbre que rige todos los registros. En uno de sus últimos torsos, la representación frontal es reemplazada por la captación —desestabilizante— sobre un plano inclinado. Obliga así al espectador a abandonar su lugar central (…). Frangella subraya la ausencia de una captación unívoca (…). Lo único seguro es que todo puede ser (visto y conocido) y al mismo tiempo no ser (visto y conocido)”1.
La iconografía de la figura humana es protagonista de la pintura de Frangella a través de sus fragmentos, quizá como territorio social antes que espejo sensual, en donde incluso se debate acerca del arte o quizá sobre los cuerpos ausentes.
Es notable que Frangella —aun viviendo en Nueva York— haya elegido trabajar a comienzos de la década de 1980 con partes del cuerpo, con cuerpos anónimos. Eran momentos en que la dictadura militar de Argentina seguía restringiendo el desplazamiento de las personas por la vigencia del Estado de Sitio, pero también eran tiempos en que ya no se podía esconder lo que era un secreto a voces: durante la dictadura militar (1976-1983) se había puesto en marcha una política asesina que implicó la desaparición de personas por motivos políticos. ¿Dónde están los detenidos-desaparecidos? ¿Es ésa la pregunta de Frangella?
NOTA
1. Elena Oliveras, La metáfora en el arte, Buenos Aires, Editorial Almagesto, 1993, p.p. 196-197.
VICTORIA VERLICHAK
