Exposición Individualabr 2004 - jun 2004· Por Carlos Jiménez

Luis Fernando Peláez

Galería Fernando Pradilla

Luis Fernando Peláez ha hecho acto de presencia en Madrid con una exposición en la Galería Fernando Pradilla que reúne una decena de piezas recientes que en principio ratifican en su aparente o real novedad su compromiso, su obsesión sí se quiere, por la arquitectura. Como tal vez se sepa, Peláez es, entre los artistas colombianos actuales quien mantiene las relaciones más fecundas e intensas con la arquitectura. Él mismo, cuando era joven, estudió arquitectura en Medellín, su ciudad natal, y desde cuando decidió hacerse artista su obra no ha dejado de girar en torno a un puñado de figuras y de temas como la casa, la calle, las plazas, las bancas y los postes y esa clase de gente anónima y en miniatura que es —que somos— característica de las grandes ciudades. Sólo que esas figuras y esos temas no acuden a su obra bajo la forma de pinturas o fotografías,  sino de esculturas que en su abrumadora mayoría tienen el tamaño y la escala propios de las maquetas de arquitectura. Su aspecto dista mucho, sin embargo, del aspecto blanco y aséptico que se le exige habitualmente a estas últimas. O se le exigía, porque hoy día el AutoCad y sus impactantes imágenes virtuales les han quitado a las maquetas, y de paso a las perspectivas, su primacía en la representación tridimensional de los proyectos.

Exposición Individual: Luis Fernando Peláez — imagen 1
Luis Fernando Peláez. Lluvia, 2004. Instalación. Dimensiones variables.

Pero aun contando con la inevitable devaluación de las maquetas, cabe todavía el paralelo entre ellas y las obras de Peláez, hechas normalmente a escala, en metal y en madera, y recubiertas indefectiblemente por una pátina de resina sintética que les imprime una apariencia inquietante, entre húmeda y viscosa, como si el conjunto estuviera inundado y cada parte del mismo calada hasta los huesos por la lluvia. Y aunque sus obras son igual de esquemáticas que las maquetas, esa esquematización se vuelve especialmente turbadora en las casas, simplificadas por Peláez hasta el punto de dejarlas reducidas a un volumen ciego cubierto por un techo de dos aguas. Casas que serían como las que construyó en su día el artista norteamericano Joel Shapiro, sino fuese por la pátina que las cubre, las extraña y las desplaza a un territorio que no sé si es de la melancolía o de la nostalgia. O sea al mismo territorio indeciso, suspendido para siempre, donde se sitúan las fotografías en general y no sólo esas que Peláez ha dado en imprimir recientemente sobre la superficie de sus casas minúsculas. Territorio de la pérdida, el olvido, y al límite, la amnesia. 

En la exposición de Madrid todos estos asuntos, todas estas apuestas, estaban en juego. Pero había diferencias, matices, que bien vale la pena subrayar. Empiezo por el título de la misma: Azar, ese término, ese concepto que condensa la que fue y sigue siendo hoy, más imperiosamente que nunca, una característica imprescindible de la gran ciudad, sea metrópolis o postmetrópolis postmoderna o globalizada. Nuestra vida en ella está sometida tan definitivamente al azar que nada, ni siquiera el plan de seguridad político y policial más omnicomprensivo y paranóico, puede garantizar que nos libremos de ella. Y que, por lo tanto, no sigamos expuestos a la incertidumbre de lo que pueda ocurrir mañana. Al accidente, y lo que es aún peor: a la catástrofe. Yo no sé si esta acepción del azar estaba en la cabeza de Peláez, cuando decidió titular así esta nueva muestra de su trabajo. En cambio, si sé cómo trata en este conjunto a la memoria, uno de los pocos puntos sólidos en los que, se supone, podemos anclarnos para librarnos de la incertidumbre y del azar. Esa memoria, o mejor: ese espacio de la memoria, reivindicado una y otra vez por Peláez se transforma en su obra, en sus reiteradas arquitecturas, en un ámbito, en un objeto, fantasmal y fantasmático. Y en definitiva, siniestro. No hay cura posible: somos hijos y víctimas del azar. Y Peláez nos lo advierte. 

CARLOS JIMÉNEZ

Luis Fernando Peláez, por Carlos Jiménez | artnexus