Cuando el creador del Museo Imaginario, André Malraux, visitó Buenos Aires la declaró “capital de un imperio que nunca existió”. La última exhibición de Lucio Dorr apunta a generar una vivencia análoga a la que el literato y ministro francés experimentara. Buenos Aires es una colectiva, atomizada e imperfecta traducción de otras ciudades. De ahí su onírico carácter. Detrás de ese friso ininterrumpido de fachadas de 8,66 m, medida original de la parcela, en las que diversos estilos exiliados de sus referentes originales se apilan, el interior siempre devuelve una planta —y una realidad— igual en todas las casas de aquellos otrora suburbios limítrofes, hoy barrios.
Ese recurso al estilo es el rasgo diferenciador imprescindible frente a la monotonía de la grilla implantadora de la ciudad y, más allá, el abismo metafísico de la Pampa. La necesidad de un gesto estilístico —indefinibles alusiones a fragmentos de la Europa ausente— cumplió la función histórica de otorgarles a nuestros abuelos inmigrantes una ilusión de identidad en un joven y extraño país donde todos son el Otro. Lucio Dorr deambuló por los barrios porteños, fotografió la decadencia de esa pretensión identitaria y extrajo del desarrollo de la ciudad su perversa metodología estilística.

La instalación se compone de fragmentos e intervenciones formales a diversas escalas, que parecieran siempre aludir a sistemas de significación mayores y sin embargo no identificables. Una gran rampa de skate ejecutada en madera suntuosa y laqueada, con una pequeña subrampa lateral que sólo podría estrellar a un usuario potencial y diminuto contra la pared de la galería, explica el programa del artista en su relación con lo estilístico: forma que colonizó la función que la generara. Un cono truncado, hueco y dividido en dos descansa sobre un azulejado de vidrio reflectivo negro azabache. No podrá ser receptor de ninguna sustancia, su oquedad lo despoja de utilidad. Jardines de piso ejecutados en cristal y cuadro-objetos de marco recortado verde inglés, estampados con representaciones pseudocientíficas, completan el universo objetual. Dos de las esquinas del cubo blanco fueron redondeadas, y una gran ventana a la calle fue cubierta con filme reflectivo. El espacio enrarecido de la estética se mira a sí mismo, cortando toda relación con lo externo. Un interior vuelto fachada. Desde la calle, una vidriera a ese interior utópico. Frente a la pauperización de la clase trabajadora y a la decadencia de la clase media, que hicieron estallar la situación sociopolítica en Argentina a punto de sumar cuatro o cinco gobiernos en un mes hace no tanto tiempo, el gesto profundamente esteticista de Dorr debería leerse como una evasión de la realidad tan melancólica como aristocrática. Sin embargo, la exposición no deja de ser una efectiva metáfora de la sociedad argentina y su desarrollo histórico desde la dictadura hasta la fecha. Un país que debería haber prosperado económicamente en vez de hundirse en la miseria, dado que posee una de las tasas de recursos naturales más altas por habitante, y el índice de alfabetismo más alto del Tercer Mundo, se parece bastante a un conjunto de objetos ejecutados en materiales nobilísimos ubicados en situaciones espaciales extraordinariamente complejas y sin utilidad o mensaje ideológico aparente.
Dorr no presenta su trabajo como el análisis sociohistórico que yo sugiero, ni propone su utopía como un modelo de nada. Como asestara alguna vez el escritor bonaerense César Aira: “Empecé a entender algo a la vez que dejaba de entender todo. Es lo que pasa cuando se advierte la presencia de un estilo”. Es en esa comprensión fragmentaria en donde la belleza seduce al imperativo histórico, y el beneficio de la duda fluye hasta influir los desplazamientos del espectador.
NICOLÁS GUAGNINI
