Isabel de Obaldía: Fuerza y fragilidad

Isabel de Obadía. La isla, 1989. Óleo sobre lienzo. 140 x 203 cm. (55 x 80 pulgadas). *

Monografíaabr 2004 - jun 2004· Por Mónica E. Kupfer

Isabel de Obaldía: Fuerza y fragilidad

arte en vidrio

De Obaldía ha logrado, a través de los años, que lo que se inició como una mera curiosidad sea hoy un lenguaje artístico de notable técnica y gran profundidad espiritual. Ha sabido otorgarle a sus figuras de vidrio tanto monumentalidad como calidades pictóricas que recuerdan sus años como pintora, incorporando la expresividad y el sentido de humanidad subyacente en toda su obra.

Durante la crisis política que precedió la invasión de Estados Unidos a Panamá en diciembre de 1989, la conocida pintora panameña Isabel De Obaldía —educada en l’Ecole de Beaux Arts en París y la Rhode Island School of Design— participó en protestas públicas y construyó barricadas en las calles de la ciudad. La situación que atravesaba el país no sólo marcó su vida, sino también se hizo evidente en trabajos como los que presentó en el Museo de Arte Contemporáneo de Panamá en una muestra titulada ManiObras precisamente en noviembre de ese año. Con títulos como Manjar de Ogros, Aguas Turbias y Radio Bemba, las pinturas de figuras atormentadas y cuerpos mutilados hacían referencia a la situación que la rodeaba, corriendo el riesgo de que su lenguaje poco sutil pudiera ser interpretado por aquellos que controlaban el poder. Unos meses después, ya derrocado el gobierno militar, participó en una muestra titulada Panamá: Iconografía de una larga pesadilla en la que mostró una serie de dibujos y pasteles alusivos a los militares, la tortura y la represión, cuya exposición prematura habría puesto su vida en peligro.

Los años noventa fueron más tranquilos políticamente, pero artísticamente intensos para De Obaldía, para quien representaron una década de logros. En 1992, fue ganadora del Primer Premio de la I Bienal de Arte de Panamá por su pintura Reina Hormiga, un óleo de gran formato en el que exploraba temas de género y ecología en su característico estilo neo-figurativo. Durante los años siguientes, presentó dos exposiciones individuales de pintura en Panamá, donde ha desarrollado una larga trayectoria artística a partir de su primera muestra en 1977. Lo más notable es que en el transcurso de los años noventa, inició y desarrolló con éxito y sorprendente fluidez una carrera paralela como artista del  vidrio, presentando exposiciones de esculturas en Panamá, Miami y Nueva York.

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Isabel de Obadía. Big Mamma, 1993. Vidrio fundido en yeso. 28 x 13 x 6 cm (11 x 5 x 2 pulgadas).

De Obaldía se había sentido atraída al vidrio por años. En 1987, por curiosidad, se inscribió en un curso de soplado de vidrio en la Pilchuck Glass School en el estado de Washington, Estados Unidos. Sería la primera de muchas peregrinaciones a este centro fundado en 1971 por el artista Dale Chihuly, una de las principales figuras en el movimiento del studio art glass (vidrio-arte de taller) que surgió a principios de los años sesenta, a partir de la creación por Harvey Littleton de un horno para vidrio de proporciones pequeñas, ajustable al tamaño del taller de un artista. Aunque el uso creativo del vidrio es una tradición que se remonta al tiempo de los romanos, su transición de lo artesanal al ambiente de las Bellas Artes es reciente.

En Pilchuck, De Obaldía tomaría cursos con los maestros checos Jiří Harcuba y Jan Mares, descubriendo prontamente su pasión por los procesos del grabado y tallado del vidrio. Luego, fue invitada a un simposio internacional de vidrio en Novy Bor, República Checa, donde entró en contacto con artistas especializados de todo el mundo. Conoció y trabajó con talladores europeos de alto calibre en una inmensa fábrica de cristal con talleres especializados para diseño, soplado, talla y pintura en vidrio. Se encontraba inmersa en un nuevo mundo.

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Isabel de Obadía. Nazareno, 1999. Cristal fundido en yeso. 43,2 x 29,2 x 8,9 cm. (17 x 11 1 x 3 1 pulgadas).

En 1993, De Obaldía presentó su primera exposición de vidrio en Panamá, en lo que constituyó un muestrario de las técnicas con las que había experimentado hasta ese momento, incluyendo piezas de cristal grabado, de vidrio pintado, fundido, o de pate de verre (técnica en la que trozos o polvo de vidrio se funden en moldes). Mostró cuencos y jarrones, así como esculturas con formas humanas, de tiburones y de rayas marinas, que hacían eco de su permanente fascinación por la naturaleza. Llamó la atención la pieza titulada Big Mamma, su primera escultura fundida, una figura en vidrio craquelado con bultos rojos en el lugar de senos —o alternativamente, de brazos truncados— que presagiaba el enfoque que mostraría su trabajo enfocado en la figura humana durante los años subsiguientes.

En el catálogo de aquella muestra, la artista describió su relación con el vidrio como una fiebre. Trabajaba de manera obsesiva, y tres años después, su primera muestra de vidrios en Estados Unidos fue prueba de un salto cualitativo, tanto técnico como temático, de la experimentación a la escultura, campo en el que se han desempeñado sólo pocos artistas en Panamá. Las obras que nombró “guerreros” presentaban formas austeras de superficies rústicas, de colores que recuerdan la tierra y el mar, con tallas que asemejan trazos expresionistas. En algunos casos, del centro del pecho de estas figuras provocadoras surgían caras , como visiones de sus almas. Con sus metates antropomorfos —hombres tallados, apresados en posiciones estáticas— y tótems erguidos como efigies casi abstractas, el conjunto de obras evocaba las formas del arte precolombino.

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Isabel de Obadía. Despertar, 1997. Cristal fundido en yeso. 15,2 x 40,6 x 16,5 cm. (6 x 16 x 6 ½ pulgadas).

Hacia mediados de la década, el nombre de De Obaldía empezaba a resonar en los círculos internacionales del arte en vidrio. Fue invitada a la exposición internacional de vidrio contemporáneo World Glass Now en Sapporo, Japón, y luego a Venecia Aperto Vetro, la primera bienal internacional de vidrio, dos muestras en las que fue la única latinoamericana presente. En Japón mostró dos obras circulares de vidrio tallado, en positivo y en negativo, que recuerdan sus trabajos en pintura por la intensidad de los temas y los trazos con los que representa a hombres con almas de árboles. En Venecia, presentó una obra titulada Triunvirato de dos figuras varoniles que flanquean a un rey en su trono. La figura icónica central, en vidrio lechoso pero traslúcido, impactó por su solemnidad y luminiscencia, así como por el contraste que producían los tonos de azul en la base y de rojo opaco y sangriento en la cabeza truncada.

El camino ascendente continuó para De Obaldía cuando en 1997 presentó su primera muestra en la ciudad de Nueva York. Titulada Bestias y Hombres, la exposición incluía dieciséis esculturas de vidrio, que representaban hombres y animales, cuerpos estoicos sin cabeza, y figuras humanas reclinadas. Resaltaba el uso de formas orgánicas, los volúmenes anatómicos de los animales, y los diseños cuidadosamente tallados como las hojas verdes que emanan del espacio vacío en el pecho de la figura titulada Juan Caliente. Tanto como el tratamiento grabado o tallado del exterior, las obras impactan por sus volúmenes, porque expresan una monumentalidad poco usual en el arte en vidrio. Cada imagen es única, y aunque no forman parte de argumentos narrativos, sin duda estimulan la imaginación. La obra Despertar, por ejemplo, representa un hombre-falo de figura alargada, de color piel y acabado metálico, que estira el cuello para observar su propia erección.

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Isabel de Obadía. Juan Caliente, 1997. Vidrio fundido en yeso tallado con ruedas de diamante. 37 x 11,6 x 10 cm (14 ½ x 4 ⅝ x 3 ⅞ pulgadas).

El manejo de las formas y el color en el vidrio había alcanzado nuevos niveles de refinamiento en la obra de De Obaldía. En la figura titulada Cazador, en la que los matices fluyen desde fondos transparentes hasta azules cristalinos, el torso muestra un gran hoyo —tanto vacío escultural como espacio espectral— y el cuello aparece truncado. En sus manos, el hombre sostiene dos bastones con cabezas humanas como signo de poder o botín de guerra. Las obras, aunque pequeñas, revelaban una potencia implícita que presagiaba los torsos de escala casi humana que De Obaldía crearía a principios del siguiente milenio. La crítica reaccionó de manera positiva no sólo a sus temas y su originalidad sino también a su habilidad de manejar un material tan frágil como el vidrio con los múltiples factores de riesgo que implica el proceso de su creación. Se trata de un trabajo de gran intensidad física que De Obaldía maneja con la fuerza de una atleta, pues además de ser artista, cuenta con un cinturón negro en Karate y participa con regularidad en competencias de triatlón.

 Los cuerpos atléticos y musculosos de figuras varoniles han constituido un tema medular en el trabajo de esta artista a lo largo de los años. El hombre solitario, en pose de guerrero, con lanzas o cabezas de trofeo aparece en su mundo creativo constantemente, cada vez en tamaños mayores y más atrevidos. Su manejo del vidrio ha continuado sofisticándose de tal manera que muchas piezas impactan por sus transparencias, y otras, cada vez más numerosas, por su opacidad y rico colorido, así como por sus superficies brillantes, metálicas, y hasta carcomidas.

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Isabel de Obadía. En hojado, 1999. Vidrio fundido en yeso tallado en torno con ruedas de diamante. 50,8 x 7,6 x 7,6 cm. (20 x 3 x 3 pulgadas).

En la muestra titulada Espíritus cautivos de 1999 dominaron las figuras con alas, la calidad etérea del vidrio, y el renovado encuentro con los elementos de la naturaleza en el trabajo de De Obaldía. Los bastones aparecieron reinterpretados como criaturas verticales cuyo único elemento humano es la cabeza y cuyos cuerpos alargados aparecen cubiertos de formas vegetales. Hermosos báculos como En hojado, donde la figura aparece envuelta por una trepadora verde de capullos carmesíes, parecen talismanes mágicos de fertilidad, objetos rituales de una civilización antigua. En Nazareno, un ser de azul intenso que por brazos tiene alas como grandes hojas articuladas, hay una transmutación entre lo celestial y lo botánico, lo mítico y lo natural.. El volumen y la caída de las alas niegan toda posibilidad de vuelo y, en combinación con la mirada taciturna en la cara de la figura, evocan melancolía.

A partir del año 2000, De Obaldía tomó un paso atrevido al subir radicalmente la escala de sus esculturas en vidrio vaciado, en la creación de una serie de torsos humanos de gran presencia física, sin brazos, ni cabezas, pero de una musculatura evidente. Una vez dominado el reto de la figura en gran formato y el gran peso de cada escultura, se dedicó a explorar las múltiples variaciones posibles en las superficies. En Torso marino, un alga marina celeste asciende por un cuerpo blanquecino; en Armadura de Hojas, una profusión de hojas verdes abriga un pecho de hombre; y en Flecha una enorme y erecta flecha roja se impone sobre un torso esmeralda, con obvias connotaciones sexuales, elemento siempre evidente en la obra de De Obaldía. En lo que constituye un juego decorativo, cubrió torsos con una variedad de elementos tridimensionales como picachos verduscos, sogas que parecen grandes telarañas, lenguas impúdicas, mutaciones que comprueban la inmensa creatividad que ella trae al trabajo en vidrio. Sin embargo, de toda la serie, una de las más impresionantes figuras fue la titulada San Sebastián en la que un torso de superficie lisa y vidrio incoloro, contiene manchas integradas que producen la sensación de óxido o del efecto que tendrían los años sobre un kouros griego enterrado.

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Isabel de Obadía. Cazador, 1997. Cristal fundido en yeso. 43,2 x 21,6 x 12,7 cm (17 x 8 ½ × 5 pulgadas).

De los grandes torsos, la artista pasó a buscar la manera de crear hombres en tamaño natural, proceso que implicaba crear por separado las partes: troncos, cabezas, brazos y piernas. Justo antes del ataque a las torres gemelas en Nueva York, De Obaldía había creado la pieza Ausente, compuesta por trozos humanos, para una exposición que tenía programada justamente en esa ciudad en noviembre de 2001. Dejó esa serie a un lado por un tiempo, pero en 2002 crearía sus primeras instalaciones, precisamente con partes de cuerpos, primero en la Bienal de Arte de Panamá y luego en Art Basel. Esta última era un montaje de brazos y piernas inconexas que, colgadas por hilos transparentes del techo, parecían cuerpos flotando en el vacío. 

Se percibe una portentosa intensidad en los vidrios de Isabel De Obaldía. Hay energía contenida en las formas, presencia tridimensional en los volúmenes, y una espléndida opulencia y vitalidad en el color. Sus piezas de vidrio vaciado funcionan a dos niveles que el ojo amalgama. Por un lado, la prodigiosa fusión interna de vidrios coloridos y óxidos dramáticos que adquieren vida con la luz y, simultáneamente, el exterior —donde imperan el pigmento, los metales y las texturas, que varían desde incrustaciones ásperas hasta el lustre del vidrio pulido, desde la crudeza hasta la elegancia.

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Isabel de Obadía. Ausente, 2002. Cristal fundido en yeso. Brazos: 38 x 25,4 x 7,6 cm. cada uno. (15 x 10 × 3 pulgadas). Piernas: 50,8 x 12,7 × 15,2 cm. cada una. (20 × 5 x 6 pulgadas).

 De Obaldía ha logrado, a través de los años, que lo que se inició como una mera curiosidad sea hoy un lenguaje artístico de notable técnica y gran profundidad espiritual. Ha sabido otorgarle a sus figuras de vidrio tanto monumentalidad como calidades pictóricas que recuerdan sus años como pintora, incorporando la expresividad y el sentido de humanidad subyacente en toda su obra. Sus esculturas son figurativas, pero conllevan una serie de valores abstractos que las hacen parecer primitivas y contemporáneas a la vez. Son de una dureza y una fuerza física notable pero, por su calidad vítrea, no dejan de ser vulnerables, tal como lo son los seres humanos que representan. 

*Fotos, cortesía: Mary-Anne Martin/ Fine Art.

MÓNICA E. KUPFER

Doctora en Historia del Arte, curadora y crítica de arte latinoamericano contemporáneo. Presidenta de la Fundación Arte & Cultura y Directora de las Bienales de Arte de Panamá.

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