En su última exposición (que fue también la segunda en Francia1, pero la primera en París), Graciela Sacco presentó dos intervenciones en espacios —interior y exterior del edificio— y tiempos distintos. Esta fortuita metáfora de oposiciones parece adecuarse perfectamente a la artista, si se tiene en cuenta que su obra está construida en torno a ese eje de reflexión. En efecto, es precisamente la aprehensión de esta doble noción de tiempo y de lugar, materializada en un constante movimiento real o virtual, lo que constituye el corazón de la profunda coherencia de su obra.
Graciela Sacco se hizo presente en París para esta ocasión que se inscribía dentro de un evento más amplio: la Semana de los Centros e Institutos Culturales Extranjeros. Su intervención hizo parte, muy especialmente, de la edición de la segunda nuit blanche (noche en blanco) de la capital, para la cual los organizadores recurrieron a artistas internacionales (entre ellos, James Turrel, Yann Kersalée, Ange Leccia y el coreógrafo William Forsythe), con el fin de ”iluminar” con ingenio e imaginación el patrimonio arquitectónico parisino. Gracias a ellos, mientras la noche envolvía calles y plazas en un intento por hundir la ciudad en el anonimato, París se descubría habitado desde el exterior, despertado por imágenes que tomaban por asalto sus iglesias y puentes así como sus instituciones teatrales, políticas y administrativas.
Desde el momento en que uno está en un espacio público, no puede escapar a la mirada de los otros. Sucede también que uno esté sometido en forma permanente y a su pesar a imágenes en movimiento —pues las pantallas invaden las estaciones del tren, los cafés, los grandes almacenes, todos los lugares de paso y de concentración humana— que nos agraden, si acaso no nos embrutecen: las imágenes de propaganda, arrogantes, ruidosas y a menudo absurdas en donde vemos, en una sucesión de ritmo desenfrenado, carreras de autos, calzado deportivo de marca, flash turístico sobre Dubai..., imágenes políticas —el BBC World— o algún video musical de MTV.
Afortunadamente, con Graciela Sacco nos situamos en otro registro y otro tiempo de imagen. Sus imágenes estéticas y llenas de sentido merecen la pena, pues la artista juega con lo evidente y lo efímero sin olvidar jamás, en esta voluntaria ambigüedad, su principal preocupación: la dimensión humana. El video presentado en exteriores (durante toda la noche, a partir de las 9 pm), sobre la fachada de la Casa de América Latina que da al Bulevar Saint-Germain, duraba dos minutos y medio y pasaba en forma continua. Este trabajo, perteneciente a la serie Sombras del Sur y del Norte, ponía en escena a individuos, hombres o mujeres, jóvenes o viejos, filmados al azar en las calles de Buenos Aires, París o Roma. Se trataba de un lento desfile de caras y, sobre todo, de miradas, en las que el artista podía detenerse un instante y luego seguir, para desplegar ante nuestros ojos esa fila anónima, como una insistente letanía humana. En esta interrogación muda y cambiante, tan sólo acompañada por los ruidos (grabados) de cada ciudad y por aquellos otros, reales esta vez, del Bulevar Saint-Germain, Graciela Sacco cuestionaba los límites de la verdad y de la no-verdad de la imagen a través de cada rostro donde se leía una interioridad secretamente angustiosa. La artista se interroga a sí misma y al mismo tiempo nos interrogaba a todos, mientras que la incesante progresión de la fila, “que es como un momento de transición, una esperanza activa; nada sabemos del otro, aunque ese otro esté allí”, suscitaba un diálogo entre las diferentes miradas.
Mirar, ser mirado; aparecer, desaparecer. El motor dialéctico del video de Graciela Sacco es el hecho de que aquel que mira puede a su vez convertirse en objeto (o sujeto) de la intención de la artista. Su mirada sabe cómo mirar a los demás, y está llena de una profunda afectividad, algo muy raro hoy en día. Su consciencia de la ciudad como cristalización del caos, con sus filas de personas haciendo cola y esperando, la densidad de población…, nos lleva a otra pregunta que la artista argentina plantea sobre los que se quedan y los que se van, haciendo alusión a lo que se ha convertido en un fenómeno mundial: el desplazamiento de la población, la migración por razones tanto políticas como económicas. Sin embargo, lo que interesa a Sacco es la metáfora y no la realidad bruta, la imagen emblemática y no la imagen histórica. Y es por eso que emplea sepia, en alternancia con varios colores, para instaurar esa distancia temporal y sutil que autoriza al espectador a encontrar su propia distancia emocional y reflexiva, tan diferente de la que generan ciertas imágenes-espectáculo del arte contemporáneo, cuyo motor es la realidad bruta y brutal.
Dentro del edificio, en una sala casi cuadrada, Graciela Sacco realizó una instalación a partir de un objeto funcional al que atribuyó un nuevo uso. Se trataba de un heliógrafo utilizado durante la Segunda Guerra Mundial para enviar mensajes, mediante la reorientación de los rayos solares reflejados en un sistema de espejos. Esta extraña máquina constituía el corazón de su instalación, en donde una sola fuente de luz provocaba el desdoblamiento de imágenes, sombras y luces, para crear así un espacio íntimo en oposición al espacio público del video. La luz (una lámpara láser), reflejada por medio de cinco espejos, era enviada a cinco puntos diferentes de la sala, atravesando dos placas de vidrio en donde estaban “impresos” un rostro en una y en la otra, una hilera de siluetas humanas haciendo cola. Esas dos imágenes-fuente daban origen a un sinnúmero de imágenes-reflejo diseminadas sobre las paredes y, por lo mismo, a una fragmentación de la visión: presencia y ausencia a la vez, surgimiento inesperado de la imagen. Escritura efímera del paso del hombre, de su realidad-irrealidad tanto humana como social.
El dispositivo instalado por Sacco se asemejaba a una especie de insecto de varias cabezas irradiando imágenes, sombras proyectadas y aumentadas, reflejos en un laberinto visual de extremada sutileza en su realización. Había también, en uno de los lados de la sala, una serie de láminas estrechas (de unos 20 cm x 5 cm) suspendidas del techo por hilos transparentes, en las que la imagen impresa (un personaje anónimo) llegaba a ser visible únicamente a través de su reflejo en la pared. Existían también otras láminas, colocadas en forma perpendicular a las otras paredes, y se requería mucha paciencia y atención para descubrir la imagen-reflejo, apenas esbozada en su virtualidad.

Para la artista, la realidad está siempre en movimiento, nada es fijo, nada está quieto, todo puede cambiar y la luz es aquí la metáfora activa de esta mutación. Fuente de calor, violencia del destello en la retina, los observadores éramos absorbidos por una desconcertante ambigüedad entre lo real y lo virtual; todo parecía incomprensible y la luz cegadora se convertía entonces en un ojo que nos interrogaba, mientras transformaba a su antojo la realidad circundante.
Esta nueva exposición, modesta por su tamaño pero muy rica en su complejidad conceptual y plástica, resultaba perturbadora tanto por el impacto de su tiempo suspendido como por la inmaterialidad de sus imágenes reflejadas sobre las paredes ocres. Uno empezaba a preguntarse dónde estaba y quién era. Y luego, cuando una corriente de aire hacía oscilar calladamente una de las láminas de vidrio, la imagen de su sombra se desplazaba y entonces la magia se instalaba en forma duradera, ahuyentando a la efímera incertidumbre.
NOTA
1. Festival Río Loco, Toulouse (Julio de 2002).
CHRISTINE FRÉROT
