Exposición Individualabr 2004 - jun 2004· Por Joel Weinstein

Fernando de Szyszlo

Durban Segnini Gallery

Sobre Fernando de Szyszlo, el experto abstraccionista peruano, se ha escrito a menudo y, a veces, bastante bien. Ha sido alabado por figuras cuya magnitud literaria iguala su propia categoría estelar en el mundo artístico, como su compatriota Mario Vargas Llosa. De acuerdo con su estatus casi legendario, de Szyszlo realiza enormes pinturas acrílicas de monumental lobreguez y misterio, sombrías profundidades que podrían ser vastas extensiones de tierra extraña o claustrofóbicas antecámaras, como las de los sueños. Cualesquiera sean las dimensiones de sus desconcertantes espacios, a menudo resplandece alrededor de sus centros una fiera aunque restringida luz extrañamente fría.

Pintor y escultor que hace lo que hace bien y con obstinación, de Szyszlo es una especie de anacronismo en la borboteante mezcolanza conceptual del arte del siglo XXI, un clásico anticuado. Pero es satisfactorio ver una dedicación tan espléndida, tan reflexiva, y a medida que pasan las décadas, la franqueza de la obra resuena de vez en cuando, algo más allá de su propio logro.

De Szyszlo se preparó brevemente para ser arquitecto, y las pinturas y grabados de la exposición de su obra reciente en la Durban Segnini Gallery, de Miami, titulada Elogio de la sombra, transmitían una sensación de refrenamiento, o de la inquietante plática del refrenamiento: la sobrecogedora extensión del cosmos, su inimaginable edad, sus terribles acontecimientos. Convenientes para este gran drama, los espacios están a menudo enmarcados teatralmente, y la acción procede del escenario a la izquierda o a la derecha, o desciende desde arriba. Cuando hay personajes en los fragantes ambientes de de Szyszlo, son dominantes y tan inflexibles como los bronces que acompañaban las obras sobre lienzo y papel de la exposición; monolitos con aspecto de criaturas, piedras dentadas, cadáveres decorados que apenas se están enfriando de la agonía de su muerte.

Exposición Individual: Fernando de Szyszlo — imagen 1
Fernando de Szyszlo. Ceremonia I, 2003. Agua fuerte y agua tinta sobre placas de cobre. 150 × 99 cm (59 × 39 pulgadas).

En términos de luz y color, de Szyszlo da la impresión de ser un minimalista, haciendo mucho con poco, aunque decir “mínimo” sobre cualquier aspecto de una obra tan recargada es absurdo. Sin embargo, la hora tanto de los interiores como de los paisajes parece ser la de un crepúsculo cada vez más profundo, o los primeros indicios de tono rosa de un horrendo amanecer. Predominan los marrones y grises y una sorprendente colección de negros, con toques de violeta, azul, verde y rojo semejantes a rayos. Incluso en los heridos confines empapados de carmesí de la pintura Cuarto en Auvers, 2002, las paredes ensangrentadas y una impasible criatura-monumento de obsidiana, con una vagina dentada de labios color verde azulado, la luz es oscura y luctuosa.

No obstante, la naturaleza provisional de estas obras, más que su mágico resplandor, es su sine qua non. Puede haber escaleras, pero conducen ciegamente a una pared. Las ventanas existen no para ver; casi siempre son oblicuas con relación a nosotros, permitiendo el paso de la luz de un sol incierto cuya posición en el cielo cambia de una parte del salón a otra.

Los fragmentos narrativos de las pinturas son también fáciles de disolver en un alarmante barboteo de pura abstracción. Al pestañear frente a Cuarto en Auvers, un baluarte de techo y muros se desmorona. Allí, en su lugar, nuestra losa-diosa-devoradora de hombres se yergue en medio de una batalla campal de rojos y fucsias.

En otras palabras, de Szyszlo, el modernista, puede vencer a de Szyszlo el buscador, que chapotea en un infierno claramente inestable de finales del siglo XX, si es vudú lo que quiere explorar.

Cualquiera que sea su propósito ideológico o espiritual, las pinturas y grabados trabajan mejor cuando su maquinaria está menos expuesta, como una buena película de horror. Dos: camino a Mendieta, 1999, es la pincelada de medianoche entre las ensombrecedoras horas de las demás obras, un poema sinfónico de negros y marrones que forma una unidad alrededor de un abovedado monstruo destructivo de densa sombra que surge de entre las manchas de grandes olas y penetra en un infinito sudario de noche o muerte. Esta prominente losa alquitranada parece una cosa viviente, una fuerza; su negrura forrada en un escarlata tan fino y brillante que quema la oscuridad como el fuego de una caldera, con un tenue brillo cerca de la parte superior del monolito, en donde han brotado pinchazos de luz.

Tan evocadores como sus pinturas, los dos grabados de la exposición, producidos mediante aguafuerte y aguatinta en el famoso Taller Arte Dos Gráfico de Bogotá, bajo la dirección de Luis Ángel Parra y María Eugenia Niño, logran una majestuosidad de detalle e intención. De superficie aterciopelada, integrales cuando las pinturas parecen laboriosas aunque amorosamente hechas, los grabados eran tan imponentes como cualquiera de las pinturas: el negro, vertical, Ceremonia uno,  2003, y el rojo, Camino a Mendieta, 2003, horizontal como una tumba. Todos los temas familiares estaban allí. En Ceremonia uno, detrás de una pila de formas rectangulares que podrían ser ataúdes o relicarios o, en su absoluta e inquietante negrura, instrumentos de tortura, la oscuridad cede ante una débil iluminación. Lo que es sorprendente aquí no es la presencia de la luz en sí —que, como la fuerza del conocimiento, invade todo lo que de Szyszlo hace— , sino la forma como se revela. Aquí y allá hay habituales cuchilladas de rosado, amarillo y rojo, pero el brillo principal de la obra se logró al dejar el papel casi intacto; un giro inusual, en efecto, en el método de trabajo intensivo de de Szyszlo.

Entre las muchas cosas notables con respecto al grabado rojo podríamos imaginarnos una historia de un soberano fallecido o dormido y su ensueño o espíritu flotante —hay protuberancias y hendiduras tan suaves que parecen haber crecido allí. Lo más notable, las venas y colas de cometa de color que cruzan la composición en todas direcciones están hechas de finas líneas que sólo la litografía permite. Es como si los intensos y continuados esfuerzos de de Szyszlo hubieran raspado hasta aislar la piel de la fibrosa fruta de la obra de arte o revelado su red de aceleradas energías fundidas.

El hecho de que tanto dinamismo impregne obras que tratan, esencialmente, de profunda quietud —sueño, ritual antiquísimo, muerte— ahonda su misterio. Es por esto que lo que el artista hace es  una práctica; porque ver la obra de un maestro, no importa qué tan a menudo, es nuestra recompensa, como el hacerla es la de él.

JOEL WEINSTEIN

Fernando de Szyszlo, por Joel Weinstein | artnexus