Una pintura puede valer mil palabras, pero si necesita tantas para decir lo que tiene que decir, algo no está bien. Es lo que sucede con identikits, la exposición de Elia Alba de objetos con base en fotografía, video y performance. Antes que manifestar una visión singular, el proyecto artístico de Alba se pierde en una panoplia de reflexiones teóricas y textos de galería didácticos.
Esta exposición demasiado determinada propone “hacer preguntas fundamentales sobre raza, género, identidad étnica y cómo estos están construidos en la sociedad contemporánea”. El folleto de la exposición afirma que la artista dominicana nacida en Nueva York “está interesada en explorar cómo el rostro se convierte en un signo de la persona y cómo la percepción que la gente tiene de un rostro influencia la forma como se percibe, se interpreta y se trata un cuerpo tanto en público como en privado”. También se habla un poco sobre el rostro en relación con la historia de las máscaras y del papel de onnagata —o imitadora femenina— en el teatro kabuki tradicional.

¡Es mucho trabajo para un rostro! Al fin y al cabo, la estrategia primordial de Alba es ocultar caras y cuerpos. En una serie de retratos, por ejemplo, la cara de las personas está completamente oscurecida por imágenes de rostros foto-transferidas, aumentadas para que estén ligeramente desproporcionadas con relación al cuerpo del individuo. Estos cuerpos están ocultos en telas de gasa y posan en escenarios sombríos, indefinidos.
Otras cualidades que identifican, como género y edad, también son eficazmente borradas por las máscaras y los velos bien ceñidos, dejándole al espectador todavía menos ante lo cual reaccionar. Debido al hecho de que las figuras están tan cubiertas, no se sabe si la máscara-rostro es la del modelo o la de otra persona, excepto en algunos casos en los que una mano expuesta levantada hasta la máscara indica claramente una disparidad racial.
Sin embargo, la conexión de la mano a la máscara genera la dinámica más interesante de la serie. Sugiere la propiedad corpórea de la cara de la figura que el espectador naturalmente proyecta sobre la máscara. Curiosamente, uno también se siente tentado a proyectar vida, vista y conciencia en el rostro de la máscara, que existe, de hecho, pero en algún “otro sitio” fotográfico desconocido.
Esta sensación de una fotografía que observa al espectador desde dentro de otra fotografía es el elemento más convincente de la obra de Alba. Es una doble ilusión suprimida dos veces, lo cual es un divertido acertijo para endilgarle al que es, potencialmente, el medio más preciso de representación técnica: la fotografía.
Las escabrosas manipulaciones de fotorrepresentación que hace Alba, y sus implicaciones acerca de la conciencia, son ingeniosas y más persuasivas que los temas de raza/género/identidad étnica analizados en los materiales de la exposición. En su mayor parte, hay una extraña y cautelosa limitación en las fotografías y los videos, que deja por fuera las tensiones dinámicas inherentes a estos temas culturales. Uno esperaría que el arte sobre identidades reprimidas, tergiversadas o robadas fuera, visualmente, más cautivador.
Por ejemplo, en la década de 1920, Hannah Höch insertó caras y máscaras en extraordinarias abstracciones hechas con fotomontajes, de la modernizadora cultura políglota europea. Hoy, Aziz+Cucher, colaboradores que tienen su sede en Brooklyn, profanan la integridad del rostro borrando digitalmente ojos, narices y bocas, provocando una agresiva confrontación con los modos actuales de representación. De la misma forma, las videoinstalaciones de Tony Oursler de rostros incorpóreos horrorizan y deleitan los sentidos a la vez, mientras representan caricaturas extremas de la interacción social.
La exploración de temas de identidad hecha por Alba es muy efectiva cuando ella se ciñe al extremo, como en los tres bodies incluidos en la exposición. Estas “pieles” —empleadas en la obra de fotografía y video de la artista— están cubiertas de muselina con foto transferencias del cuerpo de la artista. Fragmentadas como patchwork, las imágenes alteradas digitalmente representan genitales ampliados y tonos de piel espectacularmente variados.
Estos trajes poseen una desenfrenada energía física y tienen una presencia totémica que anula todo a su alrededor. Su singular poder se origina claramente en una opinión intelectual, incluso espiritual, con actitudes preponderantes sobre raza, género e identidad étnica. Siendo, visualmente, la obra más fascinante de la exposición, los bodies de Alba transforman ideas difíciles en arte convincente.
JOHN EWING
