La más reciente muestra del Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey (MARCO) es una revisión histórica de la pintura del último cuarto del siglo XX. La exposición, titulada Prodigios de fin de siglo, inicia con la obra de Enrique Guzmán (1952-1986) y concluye con las obras de Francisco Larios (1960) y Francis Alÿs (1959). Dentro de este compás de dos décadas se establecen cinco líneas de interpretación de lo que ha sido la pintura finisecular en México, ofreciendo al público una visión que ningún otro museo ha emprendido.

La muestra es la última de cuatro etapas. Bajo el título de Siglo XX, grandes maestros mexicanos, el ciclo de cuatro exposiciones contempló una retrospectiva de la producción plástica del país a través de un solo medio: la pintura. El curador y museógrafo Guillermo Sepúlveda, coleccionista, galerista y promotor de artistas como Julio Galán, hizo una revisión obsesiva de la imagen pintada a partir del siglo XX. Las exposiciones, con sus aciertos y lagunas, hicieron del museo MARCO el sitio de la historiografía artística mexicana del siglo.
Dadas las circunstancias de esclerosis que imperan en los museos de arte de México, el MARCO ha sido el único museo que decidió darse a la tarea de establecer líneas de visión de largo alcance de la historia del arte. Aunque la curaduría no arriesga demasiado, por el hecho de suscribirse únicamente a un medio, sí ofrece puntos de acercamiento a la pintura, esbozados a lo largo de varias exposiciones de los últimos años, y refleja los intereses del coleccionismo regiomontano.

El Filo Tempore de un presente pictórico
La cuarta y última exposición del proyecto Siglo XX, Grandes maestros mexicanos, que lleva por título Prodigios de fin de siglo, marca un retorno de temas e ideas de las primeras vanguardias anti-académicas del siglo, como las Escuelas al Aire Libre (1927-1932), donde lo personal, la dicotomía femenino-masculino, la magia popular y lo cotidiano-excéntrico fueron y siguen siendo temas a desarrollar, con algunas variantes.
En lo visual, el eclecticismo de los ochenta desplegó un abanico de formas y técnicas híbridas como la fotografía pintada (Carla Rippey) y el collage tridimensional (Adolfo Patiño, no incluido en la muestra), que conviven con la figuración primitivista de raigambre ritual (Roberto Turnbull), la abstracción orgánica (Alfonso Mena Pacheco) y la “mala” pintura (Boris Viskin).

Los 52 artistas seleccionados son bien conocidos y representativos de ciertos momentos del arte contemporáneo mexicano; no obstante, existen otros cuya presencia es necesaria: los pintores de paisajes interioristas de la ciudad, como Agustín Castro (el MARCO tiene obra suya en su colección),y tres reformadores del paisaje con diferentes intereses: Luis Argudín, Gustavo Monroy y Luciano Spano.
La construcción de categorías en la exposición comienza con los tres autores más idiosincrásicos de los ochenta, que encontraron en la pintura un medio de expresión del deseo y la propia personalidad. Enrique Guzmán, Julio Galán y Nahum B. Zenil. Enrique Guzmán, cuya obra abre la exposición, marca el principio de la actitud irónica, con obras que dejan entrever la desilusión simbolizada en paraísos artificiales, el rechazo a los valores nacionalistas, los ambientes claustrofóbicos propios de una sociedad conservadora.

Los experimentos formales y contenidos abiertamente homosexuales de Julio Galán y Nahum B Zenil dan origen a una actitud contestaria hacia los atavismos, que lleva a una lectura psicoanalítica de la historia, y esto va a derivar en el llamado neomexicanismo, que es una reinterpretación subjetiva de valores tradicionales (el patriarcado y el nacionalismo). En Monterrey la versión es más metafórica, con un interés en la mitología y la ciencia ficción. Tres artistas que ejemplifican esta tendencia son Alejandro Colunga y Arturo Rivera y Arturo Marty, cuyas enigmáticas pinturas en encausto se encuentran entre lo mejor de la exposición.

“Liberación” es el tema de la segunda sala de la exposición que comprende obra hecha solamente por mujeres que no abrazaron el feminismo rampante en los 80 y decidieron mantenerse fiel a la pintura y la gráfica. La curaduría tiene un aire nostálgico de los años 20 y 30; las obras de María Izquierdo (de mundos maravillosos), Carmen Mondragón (de cierto ingenuismo) y Tina Modotti (fotografía esteticista) encontrarían sus equivalentes en las pinturas de Dulce María Núñez, Georgina Quintana, Patricia Soriano y Carla Rippey. Mónica Castillo es más refractaria a la comparación, pues su obra se ocupa de una visión de la pintura como medio de representación desde su persona.
El diseño de la exposición contempla también los rubros Posmodernidad-eclecticismo, Humor y desenfado, y el Cuerpo aludido. La reconstrucción del primero de estos períodos está representada en las obras de Roberto Cortázar (con dibujos de desnudos de impronta clásica), y la pintura fotorrealista de Rafael Cauduro. Ambos introdujeron a las artes plásticas la preocupación por la cita o la glosa, desde el arte y el diseño.

Evoluciones y ficciones
Diez años después de la corta carrera de Enrique Guzmán (falleció a los 34 años) vuelven a aparecer en la obra de Francis Alÿs ciertos elementos iconográficos de la ciudad aislados, tales como edificios modestos, ambientes y mobiliarios domésticos. La obra de ambos comparte la distancia nostálgica que le imprime una paleta colorística, de la pintura moderna del belga Gustav de Smet o de un Abraham Ángel, en el caso de Guzmán. La presencia de imágenes de la estampería y el rotulismo popular sobre fondos planos que interesaron al pintor mexicano resurgirían en algunas series de pintura de Alÿs. En ambos casos hay un sentido de la anécdota que puede encerrar una pintura.

La cuarta y última sala de la exposición se divide en dos temas: “La aparición de lo invisible”, un término tomado de la obra del crítico Juan García Ponce, quien impulsó a la generación de los ochenta a través de las obras de los cuatro hermanos Alberto, Francisco, José y Miguel Castro Leñero. Estos artistas abonaron cada uno en diferentes géneros y ramas de la pintura: desde la abstracción-figuración practicada por Alberto, a la pintura minimalista de Francisco, la pintura basada en la fotografía de José y la libre figuración de Miguel. La segunda sala abarca los paradigmas de fin de siglo, donde la curaduría se disuelve en cuatro temas: foto-pintura, simulacro y ficción, ironía y ambigüedad y realidad virtual.

Esta sala abarca demasiado terreno con relativamente pocas obras y nombres, debido a que el enfoque de la pintura ha sido muy ecléctico en los últimos 10 años. La tradición de la abstracción se funde con el lirismo y el reduccionismo en la pintura de artistas como Roberto Turnbull, Boris Viskin. La invasión de la fotografía en el medio pictórico en los noventa trajo como consecuencia que los artistas utilizaran y exploraran dos caminos, la extrema plasticidad (Jazzamoart, Roberto Parodi y Gabriel Macotela) o el uso de la imagen fotográfica como signo estético en la pintura, por ejemplo Marco Arce, Víctor Rodríguez y Trini (Katrien M. Vanghoulowe), o conceptual, como es el caso de Yishai Jusidman.

Del otro lado, se encuentra la pintura enlazada con la abstracción de los setenta que evolucionó hacia una versión orgánica de la no representación, en la que se ubican las atmósferas de Alfonso Mena Pacheco, las sutilezas cromáticas y formales de Roberto Rébora, y las protofiguras de Irma Palacios.
La muestra concluye con una versión puramente pictórica narrativa que deriva en la obra de Daniel Lezama, Carlos Vargas Pons y Martha Pacheco, cuyo realismo impacta y amplifica el contenido de sus obras. Los contenidos de estas obras retoman situaciones que podrían verse anteriormente en el performance e incluso en la nota roja, lo que refleja la capacidad de adaptación de la pintura.

Los dos últimos lustros que comprende la exposición resultan particularmente prolíficos y problemáticos, pues no existe colección alguna en México que pueda representar a cabalidad la complejidad y variedad de pintura que se ha producido ininterrumpidamente en México. El Museo de Arte Moderno de la ciudad de México cuenta apenas con una decena de obras de las últimas tres generaciones en la sala de exposición permanente. La falta de espacios y la ausencia de una política coherente de coleccionismo público ha provocado que la representación de la década 1990-2000 sea defectuosa y que la obra de dos generaciones se encuentre dispersa.
JOSÉ MANUEL SPRINGER
Artista y escritor, residente en México.

