El tema del paisaje tiene un largo recorrido en la historia del arte. El término se vinculó a lo bucólico, al espectáculo de la naturaleza, se consolidó como pintura de género y se independizó como conquista de los románticos de fines del siglo XVIII y principios del XIX. En nuestra época se llegó a una visión ampliada mediante la cual los artistas buscan su correspondencia con hechos sociales, políticos o culturales, en cuyo marco el paisaje cobra nuevos sentidos.
Consuelo Gómez aborda en su obra reciente una particular noción de paisaje y del uso de los materiales. Con respecto al primero, hay la intencionalidad de relacionar el paisaje urbano y rural. Ambos son modificados por la intervención del hombre, y en su noción de paisaje éste es algo construido, artificial, separándose de cualquier nostálgica mirada urbana sobre el campo. Allí el hombre utiliza elementos de la naturaleza, en este caso los árboles de eucalipto por ejemplo, para delimitar o fijar nociones de territorialidad. Gómez busca hacer consciente en el espectador, cómo la naturaleza va dando información que no es controlable por quien la observa. La mirada depende de las circunstancias, en un proceso de transformación constante, viviendo la relación con la naturaleza como distinta a la que tenemos con el hombre.

En ese devolver la mirada al paisaje hay una incitación al reconocimiento de las posibilidades del lugar, un espacio que aún siéndonos familiar admite múltiples lecturas.
Esta reflexión va acompañada de un particular uso de los materiales, pues éstos conservan sus formatos industriales sin modificar, como en el caso de las láminas de madera dura (MDF) con las que construye su pieza Oteo. Sobre la lámina original se pinta la flor del durazno usando para ello plantillas y pintura industrial. Sobre esa base se coloca una enormidad de loros elaborados serialmente con un material liviano de producción industrial y masiva como es el plástico. Pero esos loros blancos tienen pico de bronce y ojos de vidrio, destacando la relación y el encuentro entre lo industrial y lo artesanal. La serialidad en la elaboración de los loros relaciona lo infinito del paisaje con la producción en serie, pero también da cuenta de la recuperación de nociones de escultura tradicional con los picos y ojos.
Insiste además en mantener el material en estado natural, respetándolo e interviniendo sólo a nivel del diseño, haciendo que el paisaje a través de los objetos se meta en el espacio de la casa, sin abandonar ese doble juego entre lo urbano y lo rural, lo industrial y lo artesanal.
La referencia constante al eucalipto, que puede aparecer en estado natural o convertidas sus hojas en exquisitas piezas de aluminio, da cuenta de la actitud de admiración de la autora hacia la naturaleza, una naturaleza desordenada que el hombre modifica al intervenirla y pretender organizarla.
Sus piezas evidencian la posibilidad de manejar distintas nociones de paisajes, poniendo en práctica sistemas eclécticos en los que se restituye en un plano simbólico, una unidad que le da sentido a la experiencia cotidiana, a veces fragmentada y contradictoria.
Como es habitual en las piezas de la artista la elaboración del diseño es impecable, metamorfoseando la realidad de tal manera que los objetos cotidianos permiten impensadas aproximaciones a esa noción de paisaje que tan singularmente se está explorando.
IVONNE PINI
