Exposición Individualabr 2004 - jun 2004· Por Mónica E. Kupfer

César Menéndez

Galería Imagen

César Menéndez pinta imágenes inquietantes de colores intensos y figuraciones complicadas, un mundo fantasmagórico de personajes tenebrosos y ambientes surrealistas que asaltan e intrigan al observador. Se trata de un estilo que ha desarrollado a lo largo de unos treinta años, iniciándose a fines de la década de 1970 como parte de una notable generación de artistas centroamericanos nacidos a mediados del siglo pasado. Aunque en sus inicios exploró la abstracción, que aún subyace en la mayoría de sus composiciones, Menéndez se ha dado a conocer como parte de la tradición figurativa en el arte latinoamericano, y vínculos con sus predecesores salvadoreños Julia Díaz y Benjamín Cañas, y con otros centroamericanos como el nicaragüense Armando Morales.

Exposición Individual: César Menéndez — imagen 1
César Menéndez. El viaje del Dr. Díaz, 2003. Oleo sobre tela. 55 × 51 cm. (21 ½ × 20 pulgadas).

A pesar de que ha incorporado en su proceso múltiples influencias, el estilo de Menéndez es inconfundible por su manejo de los volúmenes, su empleo del color y una poderosa iconografía personal que puebla sus lienzos con sensuales figuras de hombres y mujeres, animales fantásticos, locomotoras y trenes, embarcaciones y muelles sobre aguas turbias. La observación de su obra a lo largo de su desarrollo revela realidades dentro del ilusionismo que permiten adivinar elementos de su código visual. Por ejemplo, en el gran paisaje titulado Memorias para un instante de eternidad, que forma parte de su más reciente exposición en la Galería Imagen de Panamá, aparecen dos caballos, una mujer corpulenta que lleva como vestido sólo una malla, y en el fondo formando la línea del horizonte, los carros de un tren que cruza el lienzo dejando atrás el vapor desvaneciente de su locomotora. Los colores, más sutiles que en otras obras de la muestra, sirven para entregarnos un paisaje que insinúa naturalidad pero no es natural. En el primer plano, la mujer está de pie y de espaldas sosteniendo las riendas de un enorme caballo de ojos fogosos, al lado del cual aparece, en contrastante tranquilidad, un potro con alas grises. Estamos, como en tantas obras de Menéndez, frente a una escena de un sueño con insinuaciones eróticas —a veces más explícitas que otras—, que evoca nostalgia por tiempos y lugares remotos.

El léxico de Menéndez lo constituyen una serie de elementos visuales y narrativos entre los que predomina la figura femenina, pero que también incluye ángeles y otras criaturas aladas, personajes circenses, caballos, centauros, ferrocarriles, naves y puertos. Es inmediata y tentadora la interpretación freudiana de las figuras, objetos y símbolos que en algunos casos son conocidos, universales, pero que por lo general surgen de las experiencias personales del artista. El tren, por ejemplo, ha jugado un rol importante en la vida de Menéndez, cuyos abuelos por ambas partes trabajaron para el ferrocarril, donde él considera que se inició la historia de su familia. Los viajes, las despedidas y las ausencias tienen vínculos con este símbolo del transporte que forma parte de los recuerdos de infancia de este artista criado en el campo y la provincia. Entre los lienzos de esta muestra, el tema surge en varias obras, entre ellas El viaje del Dr. Díaz, en la que aparece una pareja sobre un andén, frente a una estación ferroviaria de madera pintada de un azul intenso y al lado del último vagón de un tren cuya puerta abierta sólo revela oscuridad. En el primer plano, aparece una perturbadora efigie humana y, en el fondo de la imagen, un cielo naranja intenso. La pareja sobre la plataforma está conformada por un hombre de saco y sombrero que sostiene por una cuerda a un perro gris, y una mujer desnuda pero fantasmagórica, cuya cara es como un hoyo negro bajo el chal que cubre una cabeza inexistente. Los círculos oscuros y profundos son motivos recurrentes en Menéndez: aparecen como las desembocaduras de tubos, bocas de peces o vacíos indescifrables. Constituyen un elemento interesante por la relación que, en la ciencia de la simbología, tienen los hoyos negros con los órganos femeninos o con la “entrada” al subconsciente. 

El mundo de Menéndez incluye muchos animales, con una preferencia notable por el caballo, figura que alude a la fuerza, el poder y la virilidad, y que el artista emplea como símbolo de lo masculino, de sí mismo. A veces aparece a manera de centauro, figura de cuerpo equino con cabeza y torso humano que en la mitología se asocia con fuerza bruta y lujuria. En esta muestra figuran varios caballos de formas dinámicas y ojos apasionados, entre los que resalta uno pintado con la llave de un juguete de cuerda en su vientre. Por otra parte, en De caballeros y caballos, el animal sirve como montura para un ángel y en Amazona para una mujer, haciendo alusiones a su rol a lo largo de la historia del arte.

Las composiciones de Menéndez surgen del subconsciente, característica que las emparenta con el trabajo de artistas que él admira. Por ejemplo, desde temprano en la carrera del pintor salvadoreño aparecen cuerpos dolientes que hacen eco de aquellos que creara Francis Bacon. También se percibe en Menéndez la presencia del legado de Benjamín Cañas en esta muestra reciente, en obras como El día que me quieras, donde una figura de animal con cara de hombre acecha a una mujer dentro de un espacio distorsionado. Por otra parte, las constantes referencias a la muerte y las figuras envueltas en mantos sobre embarcaciones —como la que protagoniza la obra Marina en esta exposición— recuerdan la pintura simbolista de fines del siglo XIX. Percibimos en el trabajo de Menéndez un aire de desazón y angustia que lo vincula a ese movimiento romántico y a artistas como Arnold Böcklin. En este contexto, el lienzo Adonde van a morir constituye un trabajo excepcional en esta muestra, tanto por su paleta limitada y su ambiente nocturno y misterioso como por sus figuras protagónicas. En un gran espacio circular como un anfiteatro romano, el artista pinta un pedestal sobre el cual se yergue una figura desnuda de dramáticas alas abiertas que carga a un muerto. Debajo de esa figura, una mujer y otro ángel desnudo observan lo que parece un animal muerto, o un corazón carnoso, atravesado por una flecha. La mujer proyecta una sombra en forma de caballo, y en el fondo vemos una arcada y torres lejanas. Como en una pesadilla histórica, la obra hace referencias a la muerte, al sacrificio, a la mujer y a los ángeles en una narrativa que no entendemos pero que aún así, o quizás por ello, resulta fascinante. 

Un entorno de ensueño caracteriza las obras actuales de Menéndez, quien ha dejado atrás el contenido relacionado con la realidad salvadoreña que se percibía en sus impactantes obras de la década de 1980, en las cuales se reflejaba la terrible situación política de su país. Ya no pinta masacres de seres humanos ni helicópteros y guerras, sino situaciones alucinadas o mitológicas que no representan hechos sino ideas y sensaciones. La oscuridad sobrecogedora ha sido reemplazada por fuertes contrastes de colores saturados en matices casi ácidos de verde y rojo, azul y naranja. En algunos casos, las tonalidades son tan intensas que llegan a competir con el carácter onírico de las composiciones, invadiendo la sutileza que caracteriza las mejores obras de Menéndez. Otros trabajos nuevos muestran una sorprendente ligereza, como la composición Tu pecho es algo así como una taza de café, que combina pasión e ironía, dos constantes en este artista. Como siempre, las pinturas de Menéndez representan escenografías enrarecidas cargadas de una sensación atmosférica inquietante, cuyos personajes surgen de fondos oscuros gracias al dramático manejo de la luz y el color, en obras cuyos claroscuros —tanto eróticos como poéticos— siguen siendo el sello de identidad del pintor. 

MÓNICA E. KUPFER

César Menéndez, por Mónica E. Kupfer | artnexus