Cumpliendo con el objetivo de rescatar la memoria visual del país, el Centro Nacional de la Fotografía inauguró a fines del año pasado, una importante muestra de Carlos Germán Rojas, conocida como Imágenes de La Ceibita. Se trata de una serie de fotografías realizadas entre 1976 y 1983, en la cual el autor retrata su entorno, amistades y seres queridos.
En esta reciente exposición, como en las de 1984 cuando expuso este trabajo por primera vez en el Museo Francisco Narváez, en Porlamar, y en la Galería Los Espacios Cálidos del Ateneo de Caracas, sorprendió a todos por su frescura y naturalidad. El público se confrontó ante imágenes de una zona marginal del sureste de Caracas tomadas desde su interioridad, en el que sin duda se apreció el lado humano y sensible de una realidad por lo general relegada por su alto grado de violencia e inseguridad.
La perspectiva en que se sitúa el fotógrafo es el primer aspecto que sobresale en estas imágenes. El pertenecer al entorno fotografiado, ser uno de ellos, da mayor hondura al punto de vista adoptado. No existe distancia entre el fotógrafo y los personajes fotografiados. Es evidente el afecto que hay entre ellos, ya que hay aceptación y estabilidad en el cruce de miradas. Las poses no son condicionadas. La gente aparece como cotidianamente vive y disfruta.

La visión del barrio y de la marginalidad no es tratada de manera efectista o forzada para lograr encajar una posible imagen que exprese la identidad nacional. No se trata de un ícono reiterado en un discurso elaborado con tales fines. Se trata solamente de un fotógrafo que fotografía su realidad y su gente. Es esta frescura la que le hizo merecedor del Segundo Premio de Fotografía CONAC en 1981. La realidad siempre ha estado allí, sólo que, como bien escribiera Tulio Hernández, “lo novedoso era verlo retratado”.
Carlos Germán es un fotógrafo que pertenece al ámbito cultural venezolano. Su trayectoria es muy conocida en el medio, pues parte de su vida la ha dedicado a tomar fotos de obras de arte pertenecientes a importantes colecciones como la de la Galería de Arte Nacional y la de la Fundación Cisneros, entre otras. Como fotógrafo-autor, su obra pertenece a la cotidianidad. El apego a la realidad se da no sólo porque corresponde a un contexto que le pertenece y le afecta. Se da asimismo por la formación recibida. Siendo apenas un joven de 17 años, trabajó en la Torre La Prensa. Allí conoció al reportero gráfico Héctor Rondón, quien le enseñó las bases para el manejo de una cámara y el trabajo de laboratorio. Posteriormente, se familiarizó con los equipos en una tienda de fotografía y asistió a diversos talleres de fotografía del CONAC. Trabajó como fotógrafo de sociales para la revista Venezuela Gráfica y finalmente, gracias a su incorporación a la Fototeca, pudo confrontarse con un movimiento fotográfico que lo llevó más allá de la foto de prensa o de sociales. Pese a su participación en La Fototeca durante seis o siete años, discrepó con varios integrantes del grupo con respecto a los criterios manejados por entonces sobre la fotografía documental, ya que para Carlos Germán ésta no tiene porque tener un carácter ideológico determinado o tener como objetivo la denuncia social.
Por el contrario, su realidad es optimista, humana, sensible, amorosa. Hay un gran disfrute en fotografiar a su gente develando de ella la riqueza de su ser. Ello ocurre con Crisanto, la primera foto tomada de esta serie, porque el mismo personaje así pidió que lo hiciera. La calidez del rostro del anciano, la tranquilidad que expresa en la mirada colocan en segundo término la tragedia de la pérdida de sus miembros inferiores por un cáncer. Lo que vemos es primero su alma, candorosa y afectiva, más que una interpretación grotesca de su existencia. Intencionalmente el fotógrafo no ha querido explotar imágenes trágicas. No entra en su concepto vital. Se trata de una fotografía del optimismo de la vida, de las costumbres de su gente. En definitiva, de una fotografía de la convivencia.
Todas las Imágenes de La Ceibita muestran la camaradería, el abrazo de la pareja, el juego de dominó, la ociosidad de los amigos en la calle, el juego de pelota, la fiesta en el barrio. Todo a ritmo de salsa, con Ismael Rivera, Eddie Palmieri o Rubén Blades de fondo. Porque la cultura en el barrio se disfruta a golpe de salsa, y ella gira, según este protagonista, en saber bailar.
SUSANA BENKO
