Aunque Bernardo Salcedo es un nombre referencial en el desarrollo del conceptualismo en América Latina, su obra se identifica primordialmente en el campo de la intervención de la fotografía, a raíz del trabajo que ha desarrollado en este medio en las dos últimas décadas. Trabajo que se ha seleccionado también entre los principales ejemplos de replanteamientos de que ha sido objeto la fotografía en el arte del continente.
Pese a ello, en la obra de Salcedo la fotografía ha sido abordada como uno más de los recursos objetuales a los que ha acudido su entender de la construcción visual, antes que como medio expresivo autónomo. Esa posición se explica en el complejo de la que ha sido su propuesta a través de 40 años de carrera artística, período en el que Salcedo ha cohesionado una mirada particular a partir de una apropiación híbrida y autodidacta del sentido de las primeras y de las segundas vanguardias artísticas. Si bien en sus creaciones se reconocen preocupaciones por trascender la pintura, que dominaron las expresiones del pòvera y del conceptualismo de la década de 1960, también están presentes interpretaciones propias de la composición cubista y de la contradicción surrealista, en combinación con un espíritu de movimiento, de ordenación y de diseño que le viene al artista de su gusto por el cine y por el jazz, así como de su formación como arquitecto y de su experiencia como creativo en publicidad.

La obra de Salcedo se estructura entonces en un cruce de influencias y de lecturas que le otorgan su atipicidad y que exigen para su entendimiento el ser desentrañadas en el orden de su proceso personal. Y en éste, el objeto es, más que un recurso de expresión anti-retiniana, una táctica de materialización de las ideas que reemplaza la falta de destreza en técnicas de la plástica, y al mismo tiempo que un método para posicionar una manera de resumir una visión del mundo conformada en la metamorfosis de todo aquello que puebla el entorno del artista.
En esa apropiación que reensambla lo existente con fines de visualización, la finura del humor y la crítica irónica hacia las problemáticas contextuales y las artísticas han sido rasgos característicos de Salcedo. Su proposición en la fotografía comporta esa mirada, además de que conlleva una actitud clásica y pictórica que ha ganado fuerza creciente desde sus últimas creaciones, que podrían denominarse escultóricas en las décadas del ochenta y del noventa.
De allí provienen las caracterizaciones que concreta en Landscape (Paisaje), la más reciente exposición de obras de Salcedo, organizada por la recientemente inaugurada Galería Cuarto Nivel de Bogotá (Edificio Portobelo, cuarto piso). Esta muestra reunió obras elaboradas entre 2002 y 2003, en las que el artista controvierte el espacio finito de la representación fotográfica y pictórica, al valerse de nuevo del recurso metafórico del ensamblaje objetual para extender, en una alegoría inesperada, la imagen fotográfica. Lo propio hace al repetir de manera insistente y en forma lineal, la misma imagen paisajística que configura el soporte visual, a modo de contradicción del término castellano “paisaje” ante el interminable concepto que encierra la expresión inglesa landscape.
Lo novedoso en Landscape además de esa enunciación que, en un recurso clásico, determina la línea periférica de lo retiniano para negarla, se advierte en el hecho de trasladar la concepción crítica a la forma originaria que en la problemática social supone la herida o el deterioro al entorno natural.
Los de Landscape son, en esa medida, ambientes vírgenes a los que Salcedo superpone, en el ensamblaje de cuerpos ajenos, referencias a las huellas que el hombre ha trazado en su trabajo de conquista, de apropiación o de dominio de la naturaleza. La acotación a la imposibilidad humana de aprehender siquiera una idea corta de lo que en una determinada y eventual posición se puede entender como realidad, se cruza en esta obra con la paradójica interpretación o intervención al medio ambiente que conlleva lo que se denomina progreso. Con ese proceder, Salcedo genera en el registro fotográfico una fisonomía que hace la parodia de la ocupación del hombre, arrogante y destructiva. Simultáneamente, el artista insiste en el reto eterno del arte de romper la finitud del límite o de la forma que trabaja el artista con la indeterminable y siempre expandible carga simbólica que encierra en un formato.
MARÍA IOVINO
