“No podemos pensar lo espantosa que es la guerra y cómo se convierte en normalidad. No podemos entenderlo, no podemos imaginarlo”. Susan Sontag
Unos días después de haber visitado la exposición de Beatriz González titulada Verónica, leí el libro de Susan Sontag Ante el dolor de los demás. De inmediato comenzaron a surgir correspondencias entre la escritura de la crítica norteamericana y la obra de la pintora colombiana, puesto que las dos, desde instancias distintas, reflexionan sobre un mismo tema: la guerra, la muerte y la imagen fotográfica. Ambas se ocupan de ese medio a través del cual nuestra sociedad se aproxima “al dolor de los demás”.
“La imagen ultraconocida y ultracelebrada de una agonía de una ruina es atributo ineludible de nuestro conocimiento de la guerra mediado por la cámara. Conocemos la guerra a través de la cámara” (Susan Sontag). Pero si bien Sontag advierte la suerte que corren estas fotografías en un mundo saturado de imágenes, Beatriz González, sabiéndose cercana a ese dolor, en la medida que la guerra se está librando en su propio país presenta , a través de su obra una forma de mirar que desgarra cualquier acto banal.

“Desde que se inventaron las cámaras, la fotografía ha acompañado la muerte. Puesto que la imagen producida con una cámara es, literalmente, el rastro de algo que se presenta ante la lente, las fotografías eran superiores a toda pintura en cuanto evocación de los queridos difuntos y del pasado desaparecido” (Susan Sontag). El interés por la muerte, la pintura y la fotografía aparece en el trabajo de Beatriz González desde Los suicidas del Sisga, 1965. En esta pintura temprana que se ha convertido en un ícono del arte nacional, se toma como referencia una fotografía publicada en el periódico en la que aparecen sonriendo dos jóvenes enamorados que con las manos entrelazadas posan ante la cámara minutos antes de morir voluntariamente. Curiosamente, en este caso, es la pintura la que inmortaliza una fotografía de dos amantes suicidas y anónimos.
Desde la década de los ochenta Beatriz González se ocupa únicamente de la realidad colombiana, razón por la que la muerte es un tema reiterativo que se alterna con imágenes de nuestros mandatarios, en las que con ironía y agudeza señala las contradicciones de un país que va entrando en guerra. Pero es a partir de la década de los noventa, cuando centra su interés, de manera exclusiva, en el tema de la muerte y siempre toma como referente los registros fotográficos de la prensa. Es así como durante estos años ha realizado una serie de muestras tales como El color de la muerte, Las Delicias, Dolores, Papel de colgadura y ahora, Verónica, todas ellas conformadas con imágenes pictóricas que de distintas maneras congelan y preservan gestos dolorosos de todos aquellos que han padecido, de forma directa, el dolor que ocasiona la muerte.
“Las imágenes han sido denostadas como el medio a través del cual se mira el sufrimiento a distancia, como si hubiera otra manera de mirar. Pero mirar de cerca —sin la mediación de la imagen— es sólo mirar, de todos modos (...) nada hay de malo en apartarse y reflexionar”. (Susan Sontag) Y, justamente, apartarse y reflexionar son las palabras que definen la postura de Beatriz González ante la muerte que nos asedia. En alguna ocasión comentó: “Las fotos de reportería gráfica son un instrumento. Cuando uno elige una de esas fotos es porque en ella identifico valores, elementos que llevo adentro... y los hallo en las expresiones, en la pose (...) Yo siempre he recortado fotos de reportería gráfica, y muchas veces he dicho que la reportería gráfica fue y es mi inspiración, mi modelo, y esto sucede porque en ellas encuentro mi mundo”. Y más adelante precisa que lo que quiere pintar no es la foto en sí, sino “la sensación que le produce la foto"1.
La reflexión sobre esa muerte que la ronda y que le llega a través de las imágenes, se objetiva de muchas maneras en la pintura de Beatriz González. En primer lugar, a través de la escogencia de una imagen del periódico, fotografías que ella recorta y guarda. En el momento de pintar, cuando selecciona algunos elementos de esta imagen, en la distribución de las figuras y los objetos en el espacio bidimensional que le confieren un cierto dramatismo, pero sobre todo en el color, en ese cromatismo suyo tan característico, que es la puerta de entrada a cada una de sus obras.
En su última muestra, como siempre, recurre a la fuerza de un color vibrante que sorprende, atrapa y poéticamente introduce al espectador en unas imágenes verdaderamente conmovedoras que conforman siete series: Lápidas, Identificación, Autorretrato con mascarilla, Paisaje, Verónica, Dibujos y Autorretratos a partir de mascarilla natural. Al recorrer las salas de la galería se percibe que ese color con el que en una época jugaba con un tono lúdico, con el sentido del buen y el mal gusto, ahora asume un matiz doloroso, punzante, que, como certeramente lo señala Carmen María Jaramillo, tiende a purificar, a sacralizar estas muertes.
“(...) son múltiples los usos para las incontables oportunidades que depara la vida moderna de mirar —con distancia— el dolor de otras personas. Las fotografías de una atrocidad pueden producir reacciones opuestas. Un llamado a la paz. Un grito de venganza. O simplemente la confundida conciencia, repostada sin pausa de información fotográfica, de que suceden cosas terribles”. (Susan Sontag)
La mayoría de las imágenes de esta muestra provienen del periódico, unas de ellas muestran a un indigenista norteamericano que despiadadamente fue asesinado por las Farc y otras obedecen a un procedimiento inédito en su quehacer. Carmen María Jaramillo comenta que estas últimas obras “tienen como modelo una mascarilla que reproduce el rostro de la artista, la cual surgió después de haber convertido los retratos de los indigenistas norteamericanos en mascarillas mortuorias; de manera que al acercarse a la muerte de otros, empezó a contactar la propia. La proyección y la identificación, en cuanto a modos de reconocerse en el otro, aparecen aquí como estrategias, y se entrecruzan en la idea de objetivar su propio rostro. Así en los pequeños iconos de la Verónica, confluyen el retrato y el autorretrato en la medida que trabaja su imagen, su aflicción y su muerte, pero también la de los demás. En esta serie se puede apreciar, de forma clara, cómo se da una ruptura del límite entre el sí mismo y el otro, cuando se lo aborda con una mirada compasiva"2.
Beatriz González sabe que en nuestro país, día a día, hora tras hora, desde hace muchos años, suceden cosas terribles. Esas muertes cotidianas que se filtran en su mundo a través de la reportería de la guerra sacuden su conciencia, la tocan, evocan los ecos de su propia muerte, en la medida en que “todos somos Freddy”, como titula uno de los dibujos más conmovedores de la muestra, en el que con una línea quebrada, tenue, que apenas toca el papel, nos recuerda que todos somos víctimas potenciales de esta guerra absurda. Sus imágenes nos dicen que el “dolor de los demás” es también el suyo. Por esta razón, en su obra encontramos una amplia iconografía, en la que el color evoca el dolor y en la que se pone en evidencia que la muerte es el hilo conductor que teje la convulsionada historia de Colombia.
NOTAS
1. Beatriz González una década 1980-1990, Museo de Arte Universidad Nacional, Bogotá, octubre 18 de 1990.
2. Carmen María Jaramillo, Beatriz González: Verónica, Alonso Garcés Galería, Bogotá, 2003.
MARTA RODRÍGUEZ
