Uno de los temas que ha sido tratado con mayor frecuencia por los artistas visuales en los últimos años es el de la vida cotidiana. El tema de la realidad, de la rutina, del entorno circundante en su más llana y directa forma, es tratado como método de exploración para intentar mostrar una manera más de comprender el mundo. El IX Salón de Arte Bancomer muestra a 32 artistas, en su mayoría nacidos después de 1970, quienes trabajan adentrándose en una nueva realidad y otorgando al espectador un terreno fértil para el cuestionamiento, el divertimento y el aprendizaje.
En una época en la que las imágenes televisivas tienen más credibilidad que un acontecimiento en la realidad exterior, y que una fotografía no es testigo fidedigno de un objeto real, la realidad misma se convierte en algo distante, inaccesible, extraño y, por lo tanto, materia para ser objeto de las artes visuales. Por ejemplo, Galia Eibenschutz muestra fotografías de la peligrosa labor de los limpiavidrios de los rascacielos urbanos; Plinio Ávila arma un círculo con las sillas que se suelen alquilar para los eventos colectivos; Diego Teo arma un cerdo a partir de raidolitos colocados sobre el piso; Naomi Uman, junto con Richard Mosca, muestra fotografías del estudio de Estévez de una turista de apariencia inocente que se retrata en distintos puntos de atracción del Distrito Federal, luciendo las piernas, el pecho y los brazos tatuados casi en su totalidad.

La obra de arte digital se ha convertido en un producto versátil y complejo, tanto en su construcción formal como teórica. El control que tiene el artista sobre los distintos elementos que le ofrece la tecnología le presenta una posibilidad sin precedentes para el desarrollo de representaciones tanto figurativas como abstractas, las cuales aborda desde diferentes puntos de vista la narrativa que siempre incitarán al cuestionamiento y a la aventura de una nueva experiencia sensible. La imagen puede ser transformada, manipulada o fragmentada. En un collage, Pilar Villela acomoda las fotografías de tal manera que las líneas del horizonte del paisaje semejan una pintura abstracta. En otra obra, un aparentemente bello arreglo floral esconde bajo las rosas fragmentos de caras descompuestas. Verena Grimm presenta un video en tres partes proyectado en diferentes monitores situados en distintos puntos de las salas. En el primero, los soldados de la marina marchan en un aparente círculo. Hay monotonía y mareo a pesar de la sincronía y el ritmo que se rompe cuando un marino deja caer ¿accidentalmente? un pañuelo, que los demás tratan de evitar. En el segundo monitor, se muestra una formación de marinos, con otro más frente a unos cañones; se trata de una escena prácticamente congelada, que sólo se ve interrumpida cuando un ave pasa subrepticiamente por la pantalla. El tercer monitor exhibe la tediosa tarea de un marino, quien guarda la puerta de entrada a la secretaría, mientras un empleado limpia la placa del edificio.

Adentrados en la realidad, y en estrecha relación con la banalidad de la cotidianidad y la manipulación digital de la imagen, están los artistas que abordan su trabajo desde un punto de vista de fantasía o utopía. Mauricio Rocha interviene la arquitectura del edificio y arma un puente de madera que atraviesa la ventana de la sala circular, para extenderse varios metros sobre los jardines exteriores del museo. Heráclito López arma sobre el piso y el muro formas orgánicas, medias esferas y estrellas recubiertas por diminutos ojos que observan todo a su alrededor. Richard Moszka exhibe dos serigrafías de la antena de Teléfonos de México en el centro de la ciudad de México, que en la imagen produce descargas eléctricas a toda la vecindad. La antena luce hermosa en el papel, aunque en la realidad se construyó donde se derribó un edificio colonial, dejando en su lugar una construcción que dista mucho de ser bella. Frente a las piezas de Moszka, un muro de Diego Teo formado por directorios telefónicos se impone sólido e invencible. Sin embargo, del otro lado del “multifamiliar” de secciones blancas y amarillas, un hombre recortado, que parece cargar sobre los hombros un ataúd, sube unas escaleras también recortadas, hasta la punta superior del muro.
La fantasía/utopía mejor lograda de la exposición y, en mi opinión, la pieza más contundente es el video Apoohcalypse Now de Artemio. En las escenas de la película sobre la guerra de Vietnam, se sobrepone música de la caricatura de Winnie the Pooh, alternando periódicamente con el osito clamando una apología sobre el horror, el terrorífico acontecer de la muerte y las inevitables lágrimas, mientras corre por las llanuras y devora tarros de miel. El monitor se encuentra dentro de una tienda de campaña camuflada que contrasta con la obra de tres artistas que la rodean: las tintas chinas de Patricia Henríquez, que tratan de manera excelente escenas de guerra, cañones, ciudades en llamas y terrenos desiertos de sobrevivientes. El cuadro de Manuel Cerda, que a primera vista es un tapiz decorado con flores rojas y rosas, pero al colocarse los lentes bifocales, se descubre a un prisionero huyendo de los azotes de un guardia. Y los videos proyectados sobre el muro de Juan Pablo Macías, que retratan un paisaje idílico en el que una mujer deambula entre hojas, pastos, cascadas y flores gigantes. Esta pieza, junto con los retratos de la familia alrededor de un pastel de cumpleaños, también de Macías, acentúa involuntariamente la fuerza de Apoohcalypse Now.
La vida cotidiana como tema principal; la banalidad como constante; pero, ¿qué haríamos sin que hubiera algo que nos mostrara que a través de la fantasía —léase arte— logramos aprehender mejor la realidad? Me parece que el título es sumamente acertado: el arte, así como la vida actual, es aparentemente sublime.
LUZ MARÍA SEPÚLVEDA

