La observación del ser humano constituye la base de toda la obra de Alicia Viteri, y nunca más que en su reciente e innovadora producción de trabajos gráficos. Desde una perspectiva autobiográfica, la muestra Memoria digital ofrece un recorrido por diversas etapas de la vida de la artista, visiones ultra coloridas en las que participan personas de su círculo íntimo pero cuya constante es su propia imagen. Como en un mundo psicodélico de ondas, remolinos y trazos agitados, las figuras aparecen rodeadas de jardines, mariposas, árboles, montañas y cielos amplios. Sin embargo, las obras no niegan lo oscuro de la vida, representado por sombras del pasado y situaciones sombrías del presente.

De superficies aterciopeladas, los colores en esta nueva serie son intensos —hasta provocadores— y a la vez alegres y espontáneos. Los trazos impresionan por su fluidez casi líquida, que no deja seña de su impresión mecánica: no se distinguen ni puntos, ni tramas que interrumpan estas visiones ensoñadas de una vida. Técnicamente, representan un cambio radical en el trabajo de Viteri, conocida como grabadora y pintora, quien se lanza ahora a explorar los medios digitales como vehículo para la autoexpresión. En la entrada de la muestra y también en el folleto de mano se informa que las obras fueron creadas en una computadora Macintosh empleando los programas Zbrush y Photoshop, e impresas sobre papel de grabado, “en reproducciones certificadas, aprobadas, numeradas y firmadas por la artista”. Además, se aclara el sistema y la durabilidad de la técnica llamada giclée —en este caso, como método de impresión y no de reproducción—, que es una versión sofisticada de inyección de tinta en la cual cada pulgada cuadrada es rociada por hasta dos millones de gotas de tinta pigmentada, logrando así una superficie altamente uniforme. La artista está investigando terrenos aún desconocidos para la mayoría, con una técnica nueva que ofrece el beneficio de imprimir las series parcialmente pero que mantiene la ética profesional que implican las series limitadas y la mano de la artista como creadora de la imagen.
Alicia Viteri es conocida en Panamá, donde ha vivido desde 1972, por una carrera que ha incluido fases intensas de producción gráfica y de pintura de caballete. Sus grabados de los años setenta se caracterizaron por imágenes detalladas de insectos antropoides, criaturas en metamorfosis que no dejaban de representar peculiaridades humanas. En aquella época, Viteri no sólo se dedicó a su propia obra gráfica sino que también ejerció un rol valioso dentro de la enseñanza de las técnicas del grabado en Panamá, donde participó en los talleres de la Universidad Nacional y en el Instituto Panameño de Arte. Posteriormente, sus grabados empezaron a incorporar figuras humanas, sobre todo “momias” y mujeres que luego aparecerían en sus obras sobre lienzo. En pinturas que ofrecían una interpretación crítica del entorno social y la situación política, Viteri creó un teatro propio en el que interactuaban figuras militares, reyes, gringos, damas de alcurnia y hombres de negocios, representando un mundo de caras dobles, farsas y supersticiones. Marcó un hito en el arte panameño con su presentación de la instalación Espacios pictóricos que combinaba dos frisos, uno de Carnavales y otro de Funerales, con figuras a tamaño natural, con la bullaranga de un gentío en audio, obra innovadora que incorporaba en su ambiente a los visitantes a la muestra.
En la década de los noventa, Alicia Viteri cambió de rumbo de nuevo al interesarse primordialmente por pintar paisajes de costas, árboles y junglas, ejercicios pictóricos en los que exploraba el color y la luz dentro del mundo natural pero en los que faltaban esa visión de lo humano que la ha distinguido como artista. En sus nuevas obras digitales, el paisaje reaparece en función del entorno visual pero también como fondo emotivo sobre el cual Viteri desarrolla su drama personal, en una nueva interpretación del ser. A partir de fotografías recuperadas, Viteri emplea un lápiz electrónico que transmite sus trazos inquietos en una amplia variedad de tonos y espesores. La serie refleja experiencias vividas, incluídos el amor maternal, una niñez de jardines y corazones, años escolares con monjas y atuendos de graduación, la adolescencia de cabellos largos, y como en una vorágine que nos lleva al presente, el encuentro con el compañero de su vida. Aparecen sus padres, sus hermanos mayores, su marido y el paisaje montañoso y nostálgico de su Pasto nativo. El camino llega hasta la actualidad, etapa en la que la artista ha confrontado grandes retos con su salud, momento que ella ilustra sin lamentaciones y hasta con humor al mostrarse calva pero fuerte en el remolino de agua de Caracoleando, o impotente pero optimista ante su enfermedad en Como el huevo.
Más allá de la catarsis que para la artista pueda representar este recorrido por su vida, las obras muestran un sentido estético que amarra la nostalgia del blanco y negro con los estilos de la década de 1960 y los del presente computarizado, combinando lo digital con lo gráfico y lo pictórico. Viteri pinta con la computadora como lo haría sobre el papel, mostrando preocupación por la composición, el contenido y la técnica. Al ver estas impresiones, somos conscientes de los trazos de su mano, sobre todo en los árboles, las plantas y demás elementos naturales. A la vez, aprovecha la versatilidad de este nuevo lenguaje para incorporar a los diseños toda clase de elementos gráficos preexistentes, como mariposas, flores y estrellas, insertando motivos multiplicados cuando sus composiciones lo requieren. Manipulando, recortando, pintando, y repitiendo imágenes fotográficas, Viteri logra un matrimonio entre éstas y el ambiente que las rodea. Maneja el color con una libertad admirable aprovechando las posibilidades del mundo digital donde las formas existen dentro de un ambiente permutable, a diferencia del surco marcado en una plancha de metal o de la mancha permanente de la tinta sobre el papel.
Entre los autorretratos tempranos aparece en Guagua la imagen de una niña de cara inocente pero mirada seria. Contra un paisaje de montañas, vemos brotar de un remolino en su cabeza una plétora de mariposas coloridas como esperanzas de futuros por conocer. En Mamá corazón, la niña Alicia aparece con un enorme lazo amarillo sobre su cabeza, rodeada de caras como espectros o recuerdos, sobre los cuales la artista pintó un enorme corazón rojo coronado por estrellas de colores. Encontramos gran ternura en el dibujo titulado Mamá con estrellas en el que una niña apoya la cara en el regazo de su madre, quien mira a lo lejos con la mano sobre los labios, como presagiando alguna nube negra en el cielo estrellado. Culmina la vida de Alicia en autorretratos recientes en los que aparece calva, incluidas escenas divertidas como la de Cucú, en que la vemos conversando con una parodia de pareja que recuerda sus obras anteriores, él como un payaso y ella con su vestido escotado y joyas de colores. Alicia aparece haciendo una divertida pose de modelo, con gafas oscuras y traje blanco, sosteniendo una carpeta amarilla. Los rodea un jardín exótico, con una cordillera en el plano profundo. Memoria digital es el producto de muchos años de búsqueda artística, de una mente que se atreve a innovar, y de una vida con montañas y valles que la artista Alicia Viteri ha sabido procesar y entregarnos en obras cargadas de nostalgia y buen humor.
MÓNICA E. KUPFER
