Williams Carmona (Cuba, 1967) fue un extraordinario y controversial joven artista que desafió las estructuras políticas de la Cuba de Castro a finales de la década de 1980. Fue también muy polémico cuando llegó a Puerto Rico en 1991, debido a que continuó siendo un creador/crítico iconoclasta. Y hoy, 12 años más tarde, y después de desarrollar un honesto, maduro e incitante discurso surrealista postmodernista, todavía es bastante controversial y su arte puede verse como una crónica intensa y original del Caribe, como un desafío a quienes creen en la justicia, y como una amenaza a muchos “filósofos” mediocres que emplean las actuales posibilidades artísticas para contarnos su patética futilidad. Y lo que hace excepcional el arte de Carmona durante cada uno de sus principales períodos creativos es el hecho de que contiene la esencia de lo que nos define en este mare nostrum del siglo XX.
Como sabemos, parte de lo que Colón describió en su diario y cartas es puro surrealismo. Sus sirenas, sus descripciones de la flora y su visión de “el otro” son literatura fantástica que le abrió las puertas a muchos de nuestros escritores y artistas plásticos. Y si hay un lugar donde el surrealismo —sus intensidades, sus misterios, su magia— es aumentado, es el Caribe: este eterno carnaval de placeres carnales, brutales injusticias, dolores increíbles y espléndidos sueños. Y, como sabemos, muchos artistas han tratado de capturar, interpretar e inventar estos escenarios intemporales que ni siquiera Bosch pudo haber imaginado. Y, como sabemos, algunos artistas han logrado, durante los últimos cinco siglos, hacer de esta “historia” paralela un importante regalo, un viaje intenso, una experiencia existencialista necesaria.

Entre estos artistas está Williams Carmona, quien con su dramático discurso surrealista se ha convertido en una de las voces más interesantes e inteligentes de las que narran nuestras supervivencias/vuelos en nuestros muchos Macondos. Desde que era estudiante de arte en Cuba (San Alejandro, Escuela Nacional Del Arte e Instituto Superior del Arte), su obra estuvo marcada por verdadera originalidad y auténtico profesionalismo. Durante su exitosa carrera ha impresionado a los amantes del arte con sus topografías existencialistas minimalistas, sus escenarios políticos barrocos y sus complejos y alucinantes retratos. Y ahora, después de un dolorido aunque productivo período de introspección, Carmona nos sorprende de nuevo con sus recientes obras de arte presentadas en la galería Viota en noviembre. Con el título Historias cocidas o El sartén por el mango, el artista, que convirtió huevos fritos en protagonistas de las pinturas asociadas con un período de su vida en Cuba, presenta un grupo de obras de arte tridimensionales que pueden describirse mejor como “espejos”/“instantáneas” que reflejan/revelan nuestras muchas caras/máscaras hoy, en medio de este mundo globalizado donde la clonación y las Cruzadas se llevan a cabo al mismo tiempo.
Lo que acabo de definir como “espejos”/”instantáneas” son en realidad cacerolas/sartenes empleadas por Carmona para narrar algunos momentos que le/nos han ayudado a entender este viaje/comedia llamado vida. En sus sartenes, Carmona ha combinado con éxito la atrevida propuesta estética de Duchamp (que redefinirá el arte por siempre), el brillante concepto de repetición de Warhol (que transformó los órdenes postindustriales en impactante poesía), una realidad culinaria caribeña (empleamos sartenes a diario, debido a que en el Caribe todo lo freímos) y sus audaces metáforas surrealistas, para producir formidables cantos.
Las “esculturas” de Carmona son verdaderos impactos visuales que combinan la relativamente inestética sartén con enigmáticas historias que pueden incluir desde personajes reconocibles del Renacimiento hasta figuras históricas de nuestro propio siglo XX. El artista consiguió sus sartenes —marcadas por años de uso, de mucha gente que lo ama y lo respeta— por intermedio de su madre, quien le mandó una de Cuba a sus vecinos (es decir, Nery, Cari), amigos cercanos (como Mamita Cristina, una de sus madrinas en santería, Norca, Roxana Matienzo, Nilda, Lola) y algunos de sus coleccionistas que confían absolutamente en él. En sus escenarios círculo, que ha dedicado a la belleza/fortaleza/generosidad/inteligencia/magia de las mujeres que le han enseñado y le han ayudado a acercarse a la paz/felicidad, construye diálogos en los que los protagonistas, tales como la Revolución cubana, las guerras en el Medio Oriente, los traumas de la globalización, los gloriosos misterios del sexo, y nuestra enorme necesidad de amor, reconocimiento y cualquier tipo de inmortalidad, hablan libremente y nos invitan de manera convincente a ser vulnerables. En estas intrépidas composiciones el artista no sólo se atreve a capturar su ojo incisivo o la lujuria que nos define a muchos de nosotros, sino que también le da vida a Van Gogh, revela el placer de Dalí de mentir, y la santidad de la gente insignificante pero buena que le rodea. No cabe duda de que éste es un momento importante de su carrera artística. Con sus sartenes, Cardona de nuevo nos seduce/nos fuerza a acompañarlo en un viaje inolvidable que nos lleva a inimaginables aunque reales y necesarios puertos que nos ayudarán a definir la prolongada mezquindad de la vida.
MANUEL ÁLVAREZ LEZAMA
