Exposición Individualdic 2003 - feb 2004· Por Victoria Verlichak

Miguel Harte

Museo Nacional de Bellas Artes de Argentina

Brillo, artificio y algo más en las obras de Miguel Harte (Buenos Aires, 1961), reunidas en el Museo Nacional de Bellas Artes en una muestra antológica que recorre los últimos 15 años de su producción. El conjunto presenta distintas instancias de su trayectoria que, en primera término, cautivan la mirada del espectador por sus tentadoras superficies e insólitas formas. En un segundo examen, la mayoría de los trabajos inauguran un espacio de incertidumbre que obliga al espectador a detenerse y, quizá, a pensar.

 A los artistas no les gusta que se los encasille. Aun cuando la muestra incluye obras de la década de los ochenta y él realizó su primera individual en 1985, por la traza y esencia de sus relucientes y autorreferenciales trabajos, pero también por sus vínculos artísticos y por el derrotero de sus exhibiciones, Harte es considerado un artista paradigmático de los años noventa. Eran momentos en que, en un sector legitimador del mundo del arte, la subjetividad del artista se erigía como valor primero y lo decorativo como carta de presentación; mientras la sociedad argentina celebraba las apariencias (récord de cirugías estéticas y de rubias de peluquería) y la ostentación.

Exposición Individual: Miguel Harte — imagen 1
Miguel Harte. Lámpara esquinera, 2001. Resina poliéster, vidrio, insecto. Diámetro: 190 × 50 cm (74¾ × 19 ½ pulgadas).

Las obras de esta exposición son objetos —¿cómo llamar a los cuadros de fórmica con incrustaciones, denominadas “inclusiones”?— en el plano y construcciones diversas. Algunas parecen grandes juguetes, otras lucen como artículos de diseño de factura industrial: una mesa, una lámpara, un perchero. Mientras que las obras más recientes tienen extremos, ¿extremidades?, que, como ramas exóticas o piernas sensuales, pisan y se adueñan del espacio. A estas obras se suman otros artefactos que describen paisajes con aspectos urbanos —edificios sin aberturas, vías de comunicación sin destino— e ingredientes orgánicos; inclasificables. 

Los trabajos, engañosamente seductores, también atraen por los intrigantes universos que se desarrollan detrás de las burbujas de resina que brotan de las superficies planas y dentro de las pompas (como las de jabón) de vidrio que crecen en las prolongaciones de algunas construcciones.

La obra de Harte altera la intención del ojo, la costumbre de la mirada, obligando al espectador a internarse en casi microscópicas versiones de un cosmos de minerales y formas vivientes, poblado de seres híbridos que proyectan una insólita zoología, en la que es posible encontrar una cruza de la semejanza del mismo artista con el cuerpo de algún imaginario insecto. Lo autobiográfico abunda en la obra del artista, que le pone su rostro y el de su familia íntima a una serie de autitos infantiles de colección. En Rampa mortal, dos de los vehículos —uno, un “autorretrato”— se aprestan a deslizarse por un sedoso camino con patas y sin futuro. ¿Los autitos saltarán al vacío? Como parte de la obra, en la pared vecina cuelga una caja con vidrio en donde se encuentra resguardado el tercer autito, ¿será el tercer integrante de la familia?

En realidad, tal como se halla desplegada, esta antológica por momentos aparece como una gran juguetería. El trabajo de las superficies —primero fórmica y contact, luego pintura industrial para automóviles— es fundamental para comprender la confusión que en el primer contacto suscitan algunas obras. La obra pide tiempo para ser vista, ya que no se trata de un puro juego visual, allí aparece tanto lo lúdico como una angustiosa densidad. Lejos de condensar una sola idea, la muestra multiplica los estímulos para que el espectador incluya su experiencia perceptiva.

El trabajo de Harte aparece representando la naturaleza bajo otra luz, quizá materializando sueños gloriosos o creando escenarios terroríficos y alucinados que ¿atrapan o protegen a los que los entes que los habitan? La transparencia de las “inclusiones” permite observar a las extrañas figuritas que anidan, o ¿se hallan presas?, dentro de las burbujas, prometiendo una cercanía que no es tal. 

Una larga lista de materiales —hierro, bronce, acrílico, masilla epoxi, aglomerado, fórmica, resina, caucho de siliconas, vidrio, insectos disecados— asiste al artista en la costosa y cuidada manufactura de su compleja obra, que en ocasiones incluye luz y movimiento. 

Detrás del fulgor de la obra se halla un artista sensible y un complejo ámbito de relaciones que caminan por lo biográfico, por su vínculo con la historia del arte y por el mundo de la filosofía que anuncia el triunfo absoluto de la imagen y el puro simulacro. 

VICTORIA VERLICHAK

Miguel Harte, por Victoria Verlichak | artnexus