México: identidad y ruptura

Thomas Glassford. 7 Espejo Slat, 2001. Acrílico y aluminio anodinado. 120 × 150 × 11 cm (47 ½ × 59 × 4 ½ pulgadas). Cortesía: Galería OMR, México.

Colectivadic 2003 - feb 2004· Por Issa Maria Benítez Dueñas

México: identidad y ruptura

Fundación Telefónica

La Fundación Telefónica ha prestado en los últimos años especial interés en el arte producido en América Latina, especialmente en aquellos países en los que ha realizado inversiones considerables como Argentina, Brasil y más recientemente México. El tipo de exposiciones que ha presentado con artistas de Latinoamérica ha tenido desigual fortuna y el caso de esta muestra colectiva de artistas radicados en México no es excepción. Ya el título de la muestra reúne dos de los conceptos más debatidos y cuestionados en la historiografía del arte mexicano: el problema de la identidad y la idea de la ruptura, este último un término acuñado para distinguir a los entonces jóvenes artistas enfrentados a la Escuela Mexicana de Pintura en los años 50 del siglo pasado.

La muestra, sin embargo, está formada por artistas que tuvieron su mayor auge en la década de los ochenta, una época en la que el llamado neomexicanismo abrió las puertas de la escena internacional a un arte de corte postmoderno en el que proliferaban los temas relacionados con lo autóctono, las identidades, la figuración, siempre desde ópticas y soportes que se alejaban de los convencionalismos del lienzo y el pedestal. Este desfase entre el título —y presumiblemente concepto— de la muestra y lo que en ella puede verse genera por lo menos una sensación de extrañeza, especialmente en un contexto más familiarizado con un arte mexicano más radical, combativo e internacionalizado como es el de los jóvenes que han podido conocerse a través de exposiciones como Versiones del Sur o El final del eclipse, esta última también en la Fundación Telefónica.

Colectiva: México: identidad y ruptura — imagen 1
Boris Viskin Platl VI, 1999. Óleo sobre parquet. 200 × 180 cm (78 ¾/ × 70 ¾ pulgadas).

Éste es quizá e irónicamente, uno de los principales aciertos de la muestra. En México: identidad y ruptura se comprueba que hay otro arte en México, un arte de consumo local vinculado a un cierto clasicismo tanto en temas como en soportes, que nada tiene que ver con la explotada imagen del México profundo y cosmopolita que propagan artistas más jóvenes y más involucrados en los devaneos de la escena artística internacional. La exposición funciona así como un espejo de la realidad en el que alguien familiarizado con el arte mexicano en los últimos años podrá comprobar qué ha sido de aquellos artistas que eran jóvenes en los ochenta, y que siguen trabajando si bien en un entorno más discreto y probablemente también más ingrato. 

Las conclusiones son evidentes: la obra de Boris Viskin, uno de los pintores más interesantes que ha dado México en los últimos años, se mantiene no sólo en un excelente nivel, sino fiel a sí mismo y a un soporte que domina. Gerardo Suter también presenta un manejo cada vez más claro, sobre todo conceptualmente, de los medios que en algún momento se consideraron experimentales y con los que viene trabajando desde hace algunos años ya. Quien mejor parece haberse reciclado es sin duda Thomas Glassford, un escultor que siempre ha sido interesante y cuyo trabajo se encuentra ahora en una coyuntura favorable en la que sus obras han conservado una contemporaneidad envidiable sin desmerecer en su propuesta formal y, sobre todo, sin haber renunciado a las premisas materiales con las que ya trabajaba en los ochenta. Su presencia en este conjunto resulta incluso extraña, amén de que la museografía compartimentada y estrecha cancela en gran parte el efecto espacial de su trabajo.

Colectiva: México: identidad y ruptura — imagen 2
Gerardo Suter. Skin 030. 2002. Detail. C-print. 78 ¾ , × 78 ¾ in 4 parts of 39 ⅓ × 39 ⅓ each. (200 × 200 cm 4 parts of 100 × 100 cm each).

Otros trabajos como los de Paula Santiago, Laura Anderson o Yolanda Gutiérrez tienen todavía un dejo exótico y folclorista que no se entiende muy bien en relación con el trabajo del resto de artistas mencionados. En todo caso, la selección de artistas y obras parece aleatoria y sesgada, especialmente si se carece de antecedentes sobre la trayectoria de los artistas elegidos.

Como ejemplo de diversidad y como contrapunto a la imagen de México que exportan los artistas más contemporáneos, la exposición es efectiva; sin embargo, queda en suspenso su utilidad. Si ya las muestras de este tipo parecen meros catálogos que no explican nada sobre el contexto de obras y artistas que presentan, en este caso la dispareja calidad del trabajo, el anacronismo en el título y la ambigüedad de la propuesta curatorial no hacen mucho por mejorar el asunto. Queda en todo caso claro que la diversidad artística se da en todos los ámbitos y que la visibilidad está limitada tan sólo a un pequeño porcentaje de nombres que responden a las expectativas de un medio internacional exigente y con una agenda particular. Esto demuestra también que, en contra de las apariencias, temas clave como la identidad, la modernidad y la vanguardia en el arte, y particularmente en América Latina, están lejos de ser resueltos.

ISSA MARÍA BENÍTEZ DUEÑAS

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