Exposición Individualdic 2003 - feb 2004· Por Marta Rodríguez

Jaime Ávila

Galería El Museo

Jaime Ávila es un artista que estudió durante tres años en una facultad de ingeniería, donde “jugaba con líquidos y objetos mecánicos”. Fue un niño distraído y muy imaginativo; cuando asumió el arte pensó que éste se podía hacer acudiendo a las cosas cotidianas, para encontrar en ellas el valor de lo elemental. Estas experiencias han incidido en su obra, que ha sido variada, pues ha hecho fotografía, instalaciones, esculturas, también ha sido creador de objetos, dibujos y pinturas. En su última muestra este bagaje se aúna y cristaliza, en unos trabajos refinados donde con delicadeza, ironía, ternura y humor, se presentan realidades dolorosas y sueños irrealizables que competen a la vida de los colombianos.

”Puedo afirmar mentiras dolorosas, puedo afirmar cual es el horizonte que nunca tendrá un colombiano".

Exposición Individual: Jaime Ávila — imagen 1
Jaime Ávila. 180 grados, 2003. Objeto. 20 × 165 cm (7 ⅞ × 64 15/16 pulgadas).

Jaime Ávila escribió esta frase en la invitación a su última muestra titulada Exclusivo. Horizontales exclusivas que exhibió en la Galería El Museo durante el mes de septiembre. Estas “mentiras dolorosas” que, de acuerdo con el sentido de la escritura, pueden ser leídas como verdades o como mentiras, se relacionan con una serie de creencias, sueños e ilusiones que se han formado los habitantes del mundo occidental, particularmente los de los países no desarrollados. Estos sueños se forjan a través de una serie de imaginarios, de creencias que se construyen a través de imágenes y comentarios que circulan en los distintos medios de masas y se relacionan con los lugares más exclusivos y sofisticados del planeta: Londres, París y Nueva York, exactamente como figura en las etiquetas de los perfumes más finos y en las prendas provenientes de las casas de moda más sofisticadas. Es así como a través de este imaginario colectivo, estas ciudades se erigen como mitos y también como metas, de posibles e imposibles viajeros.

La mirada que dirige Jaime Ávila a estas ciudades, las más exclusivas del mundo, se realiza a través de una iconografía en la que se hacen explícitos los símbolos que las identifican: la torre Eiffel, el edificio del Parlamento con sus guardias impávidos, vestidos de rojo, y el legendario Empire State, construcciones que hemos visto circular en innumerables postales, guías de viajes, noticieros, películas, hasta el punto que con su sola presencia, se convierten en las ciudades mismas, en una especie de realidad incuestionable, a la que todos queremos acceder. Jaime Ávila trabaja estas imágenes de distintas maneras, a veces son fotografías delicadas y tenues que se muestran sobre un fondo rojo, atractivo, cálido y seductor. Otras veces se realizan objetos y pinturas con materia diluida, de manera que las manchas insinúan la presencia de la ciudad y en medio de ella, con precisión, se erige el símbolo que nos lleva a imaginar y a desear.

Esta dimensión del deseo y el sueño, la ha trabajado Ávila desde su trabajo con Los radioactivos, una exploración que ha venido adelantando en los últimos años con adolescentes de barrios marginados, donde se acerca a las aspiraciones de estos jóvenes que no estudian ni tienen trabajo, pero que sueñan con ser cantantes, DJ, músicos, actores, hombres fuertes. Con la realización de estos ideales quieren encajar dentro de un imaginario que se nutre de la información que proviene de la ciudad y sus medios masivos de comunicación. En esta muestra, Ávila se distancia de ese mundo marginal, para entrar en la dimensión mítica de lo exclusivo, lo sofisticado, el mundo de los aeropuertos, los viajes, lo que nos conduce a una maleta con la que se cierra el recorrido de la exposición.

La disposición de la muestra es impecable, como también lo es la factura de cada imagen y objeto. A través del recorrido se alternan las imágenes de estas ciudades deseadas con unas pinturas negras de pequeño formato, en las que a través del uso de un ligero tono azul sugiere una atmósfera nocturna y una imagen conocida por todos los viajeros colombianos: esa vista que se percibe desde la ventanilla del avión cuando despegamos o vamos a aterrizar en algún lugar de Colombia y desde la altura divisamos, en medio de las montañas, una gran ciudad o un pueblo que con su luces hace un trazado en medio de la noche. Ese trazado tiene un tono afectivo, pues en él se revela un territorio que como colombianos nos pertenece, de manera que, según la ruta de nuestro viaje, implica el regreso a casa o el distanciamiento. Las luces se han trabajado con diminutos puntos blancos que tienen una doble connotación: las luces de la ciudad y el famoso polvo de coca que tantos estragos ha causado al país. Ese polvo se ha convertido en un estigma que hace que todo colombiano viaje con temor porque está bajo sospecha, razón por la que cada vigilante, nacional o internacional, esculca con diligencia nuestras maletas.

El recorrido de la muestra finaliza en una sala en la que hay pocos elementos, y en medio de ella, justo en el centro y sobre el piso, hay una maleta absolutamente blanca, cerrada y hermética, símbolo del viaje y del deseo, también motivo de la sospecha y del miedo. Sobre ella se posa un pequeño pájaro rojo. Ese pajarito tiene múltiples compañeros que descubrimos de pronto en los extremos de las paredes: en una esquina hay uno amarillo, en otra uno azul y al frente, otro también rojo. La presencia de estas pequeñas aves explica algo que a primera vista resulta incomprensible para el espectador: una caja de cartón colgada de una cuerda azul en el extremo de una pared que hace las veces de una precaria jaula de cartón en la que hay otro pajarito escondido en su nido. El aspecto “descuidado” de esta jaula contrasta con la apariencia impecable y exclusiva de la sala. El pájaro de la caja que nos sorprende porque hace parte de otra realidad, no tan sofisticada. Lamentablemente parece un prisionero, algo que está fuera de lugar en este mundo imaginado y exclusivo. Ese pequeño pájaro enjaulado parece ajeno a ese horizonte mítico al que tal vez nunca tendrán acceso muchos colombianos.

MARTA RODRÍGUEZ

Jaime Ávila, por Marta Rodríguez | artnexus