La exposición de Heriberto Nieves, concebida especialmente para los espacios del Museo de Arte Moderno de Santo Domingo, se sirve de elementos lingüístico-visuales propios del neominimalismo y el arte neoconceptual para dar forma y concreción física y visual —siguiendo la consigna de Klee de hacer visible lo invisible— a lo que constituye uno de los impulsos programáticos de toda la cultura occidental desde los antiguos griegos, y más específicamente desde los pitagóricos y Platón, que consiste en la indagación sobre el sustrato matemático de la Realidad.
Toda la ciencia físico matemática y sus derivados tecnológicos, la genética , la música, la estadística aplicada a las ciencias humanas, o el sistema de proporcionalidad numérica en la arquitectura y en los cánones de belleza física, no sólo dentro del ámbito de las artes visuales, sino incluso en la estético de lo cotidiano y del cuerpo, se han regido en el mundo occidental por consideraciones de índole matemática. Una exposición como Círculos de difracción subraya y celebra la medición como hábito mental y norma constructora de la conciencia y de las condiciones de posibilidad de su operatividad en el mundo, pero también el carácter generativo de los números, su sustantividad antológica, además de una evocación a las cosmologías del Renacimiento, cuando el círculo era reconocido, como el arquetipo oriental del mándala, como símbolo de la perfección y la totalidad divinas, antes de que este modelo arquetípico fuera desbancado por la elipse de Kepler, emblemática del universo barroco y de una weltanschauung divergente, como señalara Sarduy, de la copernicana.

El círculo se manifiesta aquí como un generador de espacio, así como un ámbito de armonía, de tensiones internas exquisitamente equilibradas, y aunque no falta algún eco de Negret o de Pablo Rubio, no es menos cierto que el artista ha realizado una exploración exhaustiva de la forma circular, ya sea en el plano, en la tridimensionalidad emergente del relieve, en la estructura exenta tridimensional o en la imagen semoviente del video, recorriendo todo el espectro de los conceptos perceptuales y representacionales que se pueden derivar de una forma pura, de un “eidos” cuidadosamente definido por el intelecto, que genera imágenes y formas cada vez más inmersas en el mundo de los sentidos y del cambio, a partir del ámbito de lo inteligible.
En otro sentido, puede decirse que Nieves desarrolla el ciclo completo de una idea básica, convertida en una estructura primaria de la cual deriva un lenguaje completo de conceptualizaciones formales, y una combinatoria especifica de las mismas. De este modo, aplica el modelo compositivo del tondo renacentista a un conjunto visual bidimensional, en el que el cromatismo básicamente cálido-neutro y de ocres y tierras, y la sencillez de las formas circulares, centra la atención sobre las texturas, aportando una cálida y armoniosa sensualidad a un conjunto que, de lo contrario, pecaria de aséptico y cerebral. Los amarillos de las formas que emergen de la pared, integrando el vacío con el lleno escultórico, afirmando de este modo la continuidad matemática del espacio y su mensurabilidad indistinta, tanto como el bermellón intenso de los círculos exentos, ofrecen también la posibilidad de esta lectura: las matemáticas no anulan la sensualidad ni el placer de lo tangible, sino que son su condición de posibilidad.
Uno de los puntos más interesantes es cómo la forma del círculo se descompone prismaticamente en estas estructuras de color bermellón, que como color primario se inscribe también, como el cromatismo de Mondrian, dentro de ese sensibilidad esencialista y racionalista que privilegia lo primigenio e incontaminado, lo inmediatamente inteligible y sin mezcla. En este sentido, incorpora una sensiblidad perceptual derivada de Cézanne y de los cubistas, y traduce a términos espaciales el movimiento, el tiempo, y la vivencia de lo secuencial. Igualmente esa textura de formas punzantes rompe con la intemporalidad clasicista de la forma cerrada y sin accidentes, enriqueciendo la experiencia sensorial y mental con nuevas modulaciones que, no obstante, en ningún momento destruyen ni ocultan la integridad estructural de las formas.
A través de un espectacular y arquitectónico montaje, el artista ha logrado establecer un dialogo cerrado, un circuito completo de tensiones visuales y también acústicas, con un cierto sabor a laberinto iniciatico que nos recuerda una afirmación que una vez le oímos a Dan Cameron: que el espacio museístico es a menudo, en este mundo desacralizado de hoy, el único que hace asequible a los espectadores esa especie de experiencia extática que antiguamente le proveían los espacios sagrados, los recintos templarios o los “locus” definidos culturalmente numinosos, cuya finalidad era proporcionarnos la vivencia de una dimensión esencial de nosotros mismos, que es la que escapa a las categorizaciones espacio-temporales de lo cotidiano.
Con esa promiscuidad de medios que el arte actual ha heredado de la tardovanguardia, Nieves ha desarrollado el concepto representacional del círculo desde la imagen mental al mural dibujístico, luego a la tridimensionalidad y finalmente hasta la imagen en movimiento, con un sentido que va más allá de lo ilustrativo o lo didáctico, sobre todo con esas imágenes expansivas que nos presenta de los círculos expansivos de las ondas del agua, donde encontramos un paralelo no sólo con las cosmogonías y cosmologías de la Antigüedad y del Renacimiento, sino también con la expansión de su propio proceso creador, similar al de la Naturaleza, evolutivo y expansivo como el de la Physis misma, o, como dijera Aristóteles, de una arte que no imita a la Naturaleza “sino a sus procesos”, que no son otros que los de la creación constante, la expansión de lo existente, de la ordenada armonía del Ser, en un Universo donde, al parecer, la muerte no ha tocado aún, y el principio de entropía permanece ignorado por la perfección recurrente del círculo.
LAURA GIL
