Auspiciada por la British American Tobacco (BTA) y su marca Kent, Habitart vino a convertirse en una bocanada de aire fresco —sin ironías aquí— para el emergente mundo del arte contemporáneo en la región. Es bien sabido por los curadores y directores regionales de museos e instituciones, que en Centroamérica el arte más atrevido y de vanguardia goza de buena salud, pero no cuenta con tantos espacios u oportunidades como sería deseable.

Así, con gran sentido de la oportunidad, Habitart lanzó una convocatoria inusual, interesante y atractiva: 10 artistas (en promedio) por país tendrían la oportunidad de realizar una obra dentro de una casa o estructura habitacional. Cada artista podría disponer de US$500 aproximadamente para realizar su obra, y un área promedio de 15 mts cuadrados. El tema era un tanto vago —por lo vasto— y de múltiples implicaciones: se invitaba a los artistas a reflexionar sobre lo que significa vivir en una ciudad del istmo. A la vez, el ganador de cada país iría a la 50 Bienal de Venecia y se le entregarían US$1000 en efectivo para su viaje. Miel sobre hojuelas.
Se nombró al galerista y crítico de arte Klaus Steinmetz como coordinador general de todo el evento. Éste se encargó de diseñar el concepto curatorial, nombrar a los curadores regionales, uno por país, y darle seguimiento a todo el proceso. Los curadores designados fueron: José Osorio, por Guatemala; Rodolfo Molina, por El Salvador; Alicia Zamora, por Nicaragua; Clara Astiasaran, por Costa Rica, y Eduardo Araujo, por Panamá. Honduras no participó por problemas logísticos. Aparte de la exposición y del concurso en sí , Kent organizó en cada uno de los países ciclos culturales que incluyeron lecturas de poesía y prosa, performances y música experimental, así como charlas concernientes al diseño, el videoarte, etc. Cabe añadir que todas las actividades, incluidas la apertura de la exposición, la premiación, etc. fueron simultáneas.

Por países
En Guatemala, el curador José Osorio seleccionó dentro de 25 propuestas presentadas a los siguientes creadores: Pedro Antillón, Alejandro Marre, Pablo Bolaños, Regina Galindo, Grupo 2 (G2), conformado por Javier Payeras y Alejandro Miguez, Alexis Herrera, Ángel Payón, Benvenutto Chavajay, Alejandra Hidalgo y Pablo Robledo. En Guatemala la selección y el espíritu general de las propuestas tenían un carácter muy politizado. Aquí, al igual que en el resto de los países participantes, resultó obvio que todos tenían un alto dominio y conocimiento de las técnicas y lenguajes más contemporáneos: video instalaciones, performances y video proyeccciones dominaban totalmente la muestra. La pintura en su formato más tradicional —el lienzo en la pared— no existió del todo al igual que la escultura de bulto o relieve. Pudo ser el carácter de intervención lo que hizo que en todas las selecciones primaran los lenguajes anteriormente citados, o que sencillamente, los nuevos creadores se identifican mejor con ellos que con los tradicionales. La obra ganadora, autoría de Pablo Bolaños Sittler, consistió en una habitación forrada en lámina metálica en su totalidad, lo cual le confería un frío aspecto, mezcla de matadero inmaculado y refugio atómico. Aparte , su autor se había grabado masticando tortillas de maíz tostado, así que al ingresar al cuarto metálico con sus vagos reflejos y aquel sonido enervante, la sensación de claustrofobia y de que algo innombrable se estaba gestando era muy convincente. Otra obra relevante, y ganadora de una mención de honor, fue la de Alejandra Hidalgo. Haciendo uso de un vocabulario minimalista, Hidalgo utilizó decenas de tortillas para formar columnas o fajas que se desplazaban por la habitación en todos las direcciones, llegando incluso a salirse de la misma. Pronto, las tortillas se descompusieron y llenaron el aire de un peculiar y objetable olor a podredumbre, por lo que se hizo necesario “aislarla” de alguna manera detrás de un panel de vidrio. Regina Galindo, por su parte, y en una clara alusión a las obras de la mexicana Teresa Margolles, pintó su habitación con pintura blanca mezclada con sangre humana. En una acción que cada día se hace más popular, Alejandro Marre decidió “obsequiar” el dinero que se le había asignado como presupuesto para la ejecución de su obra —US$500— y lo tiró desde un edificio. Registró lo que hacía y el impacto subsiguiente en una serie de snapshots. De alguna forma, el formato snapshot no llegaba a reflejar la acción, quizás por su escala dentro del cuarto, y uno se preguntaba si no hubiese sido más efectivo un video.
En El Salvador, fue un hecho palpable que Habitart era un proyecto y una oportunidad largamente esperada por artistas y público en general. Aquí, las actividades organizadas en torno a la muestra fueron concurridas multitudinariamente, y el impacto de todo el proyecto se veía reflejado en los periódicos locales casi todos los días. Mucho de ese impacto y presencia se debió al buen manejo del proyecto por parte del curador y artista Rodolfo Molina, quien seleccionó a los siguientes artistas: Mauro Arias, Walterio Iraheta, José David Herrera, José Mario Henríquez, Renata Huete, Patricia Márquez, Alexia Miranda, Ronald Morán, Simón Vega y Verónica Vides. Resultó ganador el proyecto de Verónica Vides, Polillas de hierro, cuya invasión de una de las habitaciones de la casa a partir de la construcción de un objeto con apariencia de animal antediluviano lograba estremecer al espectador, gracias a un agudo e inteligente uso de la iluminación que daba a toda la pieza un siniestro carácter de ciencia ficción.

Una consecuencia inmediata y quizás de cierto modo predecible pero no por ello menos admirable, fue encontrar obras en distintos lugares con soluciones formales similares: el cuarto en el cual Ronald Morán forró todos los objetos en algodón blanco, pintando la habitación del mismo color, tenía una similitud notable con la habitación pintada de blanco con objetos intervenidos y video de Hugo Ochoa, el artista hondureño que ganó en la versión de Habitart en San José. La de Morán hacía alusión a la capacidad de un material, el algodón, de aislar o “suavizar” los materiales, trastocándolos en una operación similar a la de los surrealistas, pero aquí con visos e intenciones diferentes. En ambos casos era palpable la intención de “aclarar”, de “limpiar” simbólicamente a través del uso de un color asociado a la pureza y la limpieza.
En Nicaragua, la curadora Alicia Zamora recibió 40 propuestas, de las cuales escogió diez: Doriam Serpa, Ricardo Miranda, Óscar Rivas, Rodrigo Pacheles, Gabriela Cienfuegos, Eduardo Herrera, Emilio González Romero, Óscar García, Miguel Ángel Bonilla y Katia Argüello. Siendo Nicaragua el país con la situación económica y social más apremiante de Centroamérica, no constituyó ninguna sorpresa el encontrarse aquí las obras de mayor contenido social, o como se decía en los setenta, “de denuncia”. La obra ganadora, del artista Eduardo Herrera Scott titulada Habitafagia, era una reproducción cuidadosa de un tugurio o chabola hecha a partir de materiales de desecho, que su autor construyó dentro de una de las habitaciones, logrando quizás no tanto sorprender al espectador con el tugurio en sí —Managua está rodeada de construcciones de este tipo— pero sí logró su máximo efecto al encontrarse el tugurio dentro de la habitación de una casa “bien”. Otra obra de gran intensidad visual y de trasfondo Mercado de libre comer salcucharas, del artista Rodrigo Pacheles, utilizaba la escala y la repetición que recordaban vagamente a Cildo Meireles, aunque en el caso de Pacheles, la alusión al hambre era absolutamente original y muy efectiva. Como he dicho anteriormente, aquí también era un hecho que los artistas manejan los códigos visuales y el mismo imaginario descreído y cuestionador de artistas jóvenes en otras latitudes y lugares del mundo.

En Costa Rica, quizás el país centroamericano con mayor infraestructura de museos estatales, escuelas de Arte y Diseño y espacios alternativos, la convocatoria la contestaron en su mayoría artistas muy jóvenes, algunos incluso todavía en la escuela de arte. Clara Astiasarán y Klaus Steinmetz se dieron a la labor de escoger a los nueve participantes: Errol Barrantes, José Pablo Cortés, Mimian Hsu, Cristian Navarro, Hugo Ochoa, Óscar Ruiz-Schmidt, Esteban Piedra, Karla Solano y Manuel Zúñiga. Así como en otros países la condición política o la desgarradora situación social y económica preocuparon mayormente a los artistas, en Costa Rica el denominador común fue la identidad y la “persona”, como temas recurrentes. Ganó la obra Blanco del artista hondureño radicado en San José, Hugo Ochoa. Ésta era una obra que mezclaba el vídeo con la intervención de la habitación. Los muebles, viejos y en malas condiciones, habían sido inutilizados con piezas de madera en forma de picas y pintados en blanco. También, colgaban de las paredes desodorantes ambientales de los que se usan en los sanitarios públicos. El espacio doméstico como super proyección del yo e ideas acerca de la rutina y la “limpieza” formaban parte de la compleja lectura que suscitaba esta obra. Mención de honor recibió la obra de Esteban Piedra, Espacio de protección y aislamiento, una fina y exquisita alusión a nuestra condición de mamíferos en cautiverio, proclives a eregirnos como la especie dominante a fuerza de utilizar métodos refinados y crueles para subyugar a las demás. Otra mención de honor fue para la obra Paisaje interno, de José Pablo Cortés, posiblemente la obra más compleja desde el punto de vista técnico (¿tecnológico?) de cuantas se presentaron en general: ésta utilizaba seis monitores en donde se mostraban videos de distintos componentes del mismo autobús: los faros, la pintura exterior, etc. Fresca, con un diseño grácil a base de gasa sintética y tubos de PVC, la obra se completaba con asientos de autobús en donde los asistentes podían sentarse un rato a disfrutar de los videos y la música secuencial.
En Panamá resultó ganadora la obra de Edduin González, dentro de una participación conformada por Ramsés Giovanni, Jonathan Harker, Mira Valencia, Enrique Castro, Miguel Fábrega , Ramón Zafrani, Rich Potter. La obra de González incluía a un guarda de seguridad que interceptaba a todos los visitantes y les hacía una requisa completa, todo mientras ordenaba vaciar bolsos y monederos en el tono más cortante posible. Una vez que franqueaba el paso, se encontraban con una habitación absolutamente desnuda. Coincidiendo con Ronald Morán y Hugo Ochoa, Mira Valencia también acudió al expediente del color blanco: su propuesta, una habitación enteramente pintada de este color, también utilizaba unos elementos en forma de picas aguzadas de forma piramidal, muy similares a las que Ochoa utilizara para inutilizar el mobiliario en su habitación. Jonathan Harker también logró una obra de gran riqueza visual mientras lograba incluir el sonido de manifestaciones típicas de la ciudad, como bocinas, tránsito de vehículos y sonidos urbanos en general.
Sin lugar a dudas, la iniciativa propuesta por Habitart: Kent Explora Arte Contemporáneo vino a reactivar de manera positiva la actividad artística en Centroamérica, y simultáneamente mostraba grandes coincidencias en cuanto a preocupaciones de índole urbana e identitaria. También dejó bien claro que el arte “efímero” —pues en su mayoría las propuestas estaban totalmente pensadas y diseñadas para espacios específicos y, por lo tanto, se desmantelarían finalmente al cerrarse estos— se ha venido a constituir en una opción de una validez incuestionable y de un arraigo cada vez mayor entre los artistas jóvenes.
Esta primera convocatoria dejará una honda huella en el quehacer artístico, de la región, sobre todo por la amplitud que demostró la firma que representa a Kent, al otorgar ”carta blanca” a los curadores regionales, y que dio como resultado un concurso y una exposición de arte joven de mucho nivel. Sólo queda esperar que la actividad tenga continuidad.
JOAQUÍN RODRÍGUEZ DEL PASO

