La feria de arte, como lugar de intercambio mercantil y visual, como vínculo entre galería y mercado, como vitrina de excelencia y, en ocasiones, de innovación así como oportunidad ofrecida al artista para darse a conocer y vender, atraviesa en Francia y tal vez en todo el mundo una crisis de identidad. En efecto, la capital francesa, con sus dos ferias, FIAC y Art Paris, no se libra de la proliferación de ferias de arte que se observa estos últimos años, con mayor o menor éxito, tanto en Europa como en los Estados Unidos. Sin embargo, la crisis económica de las opulentas democracias europeas podría influenciar esta situación y dar claridad sobre la conveniencia de dos ferias en la capital francesa y, en general, en un contexto europeo saturado. Pensamos que la reciente multiplicación de estas plataformas del mercado del arte que son las ferias, exigirá un día u otro una redefinición local e internacional, tanto en lo que respecta a su forma como a su contenido.

En sus inicios, la feria Art Paris (creada en 1998) se inscribió en el panorama del comercio de arte parisino con el objetivo de constituir un frente de oposición y competencia a la FIAC. Por este motivo, optó por desarrollarse en las mismas fechas que su hermana mayor. Luego de cinco años de experiencia, ha preferido tener lugar unos días antes de la FIAC con el fin de confirmar su diferencia, es decir, imponiéndose como una feria de mediana envergadura (85 expositores), que invita a sus visitantes, al igual que a sus clientes, a un trayecto de observación y disfrute tranquilos, con una selección más clásica con una mayoría de pintores reconocidos internacionalmente y otros conocidos especialmente en el mercado francés. Resulta indiscutible la cuidadosa selección de las galerías, con los parisinos Durand-Dessert (obras de Balthasar Burckhardt, Alan Charlton y también Pino Pascali), Galerie Farideh Cadot (instalaciones de Carlos Garaicoa y Esterio Segura), Maeght (Joan Miró y Manolo Valdés), la Galerie du Centre, con una minirretrospectiva del peruano Herman Braun-Vega; Galerie Gana Beaubourg con un colectivo coreano, y una exposición muy aérea de Emmanuel Fillot en Galerie Lélia Mordoch. También habría que mencionar a la Galería Arlette Gimaray (París) que, contra viento y marea, mantiene desde hace varios años sus preferencias por el gesto y el material (Jean Degottex, Leopoldo Novoa, entre otros), así como por el papel (construcciones en papel periódico de Bernadette Chéné).

Las galerías francesas compartieron con las europeas: Annette Birch (Copenhague), que mostraba a la vez a Antonio Saura, Jan Voss, Bengt Lindström, Wifredo Lam y Alechinsky. Volvimos a encontrar a este último en la galería de Willy d’Huysser (Bruselas), en compañía de Bram Van Velde. La galería suiza Sonia Zannettacci consagró su espacio a Peter Stämpfli, cuya presencia confirmaba el énfasis puesto sobre la figuración narrativa en las galerías Pop-Galerie-Laurent Strouk (Antibes) y Salvador (París), con Adami, Erro, Klasen, Monory, Rancillac o Télémaque. La fotografía y las instalaciones estuvieron prácticamente ausentes, por lo que sólo podemos mencionar el video del peruano, Santi Zegarra, residente en París, con una instalación titulada El mar de las tinieblas (video y pilas de carbón), que trataba sobre la decadencia de la sociedad minera en el centro de Francia.

El sentimiento general del visitante de Art Paris quedaba sin embargo atenuado, en la medida en que, durante la mayor parte de su recorrido, éste tenía la impresión de pasar nuevamente por las décadas de 1960-1970; aun si, en algunos stands, calidad y rareza se conjugaban para justificar una desviación tanto del coleccionista dispuesto a comprar como del visitante sin afanes. Art Paris sigue asumiendo sus preferencias, lo cual permite a esta pequeña feria parisina afianzarse en un tipo de arte (pintura y grabado modernos) apreciado por un gran número de coleccionistas, y dar sentido a su presencia en la plaza parisina.
CHRISTINE FRÉROT

