Cuando Ángel Ricardo Ricardo Ríos (de aquí en adelante ARRR), se pone de cara a la tela o ante el papel, inicia una suerte de expedición con poco equipaje. Al regreso de sus correrías le vemos llegar con varios contenedores repletos de formas, colores, sombras y escurrimientos que aunque relacionados temáticamente con objetos producidos por él mismo en otros momentos, viven paralelamente de manera autónoma una existencia no sujeta a otras vertientes de su producción plástica.
¿El arte objeto esculturado es bidimensionalizado? ¿Los telones pintados y los papeles con dibujos fueron tridimensionalizados? A reserva de una respuesta medianamente aceptable, lo que resulta evidente es que el trabajo plástico de ARRR se ha desarrollado de manera fluida en esas dos vertientes. Simultáneas en el tiempo y completamente inseparables en su desarrollo, son sin embargo autónomas en su expresividad. Tanto los objetos como la pintura de este autor han venido a proponer una nueva lectura sobre temas que hasta hace poco hubieran parecido casi agotados o, bien, parcelas exclusivas de arquitectos o diseñadores.

ARRR toma como punto de partida, para ir en pos de una original mirada, la descontextualización de los objetos por la vía del rompimiento de sus cualidades utilitarias. Además de descontextualizarlos (ya en dibujos, ya en esculturas), les dota de un carácter peculiar que les hace aparecer ante nuestros ojos como trabajos a medio camino entre lo escultórico objetual, o lo pictórico más cercano al croquis o al boceto, sin que en ningún caso sean sólo eso.
Las piezas tridimensionales son objetos perfecta y claramente definidos con una notoria vocación escultórica (algunas veces utilitaria), lo mismo que los trabajos bidimensionales que al margen de eso que representan, son autónomos (disciplinariamente), de lo representado.
Quizá por ello la engañosa asepsia que existe en sus objetos se convierte en trazo rápido y aparentemente inacabado en sus telas. Es ya sabido que mucha de su pintura tiene amarres evidentes con objetos escultóricos (y éstos con su pintura); sin embargo, esa íntima relación de lo que posee volumen y de aquello que está sobre una tela va más allá de pintar lo que tiene cuerpo o esculpir lo que es bidimensional.
Esta aparente sencilla relación disciplinaria se desarrolla de modo paralelo. Complementándose, coexisten. Negándose, se apoyan. Un cuadro de ARRR en el que se representan posibles objetos es eso, una representación, no los objetos. Por otra parte, los objetos fabricados y ocupando un espacio tridimensional en una galería, un museo o una casa, no es aquello dibujado y sí aquello con cuerpo y, para mayor disfrute, algunas veces con la posibilidad generosa de poder servir utilitariamente a quien lo posee.
Ante los objetos el espectador es un potencial usuario. Ante los dibujos, el espectador es un ser anhelante que, además, lleva a cabo el juego íntimo, personal, de completar con su mirada las secciones aparentemente faltantes de lo dibujado. Este cuidadoso descuido de ARRR al dar a sus telas la factura de lo inacabado resulta de largas meditaciones frente a su pinturas en las que, por lo demás, ha puesto obsesivamente una mancha aquí, una sombra allá que nos delatan a un autor de minuciosa mirada y riguroso proceso. Díganlo si no las evocaciones de cojines hechos a trazo de carbón a los que volumen, profundidad, ubicación dentro del plano y sombra delatan como piezas de dibujo sobresaliente.
Encontramos invariablemente que lo dibujado se ha volcado sobre sí mismo. Si es verdad que la mirada está sobre el papel o la tela, también lo es que la memoria está en el objeto. Aquí está quizá uno de los mayores atractivos de estas piezas: cojines sobre embudos flotantes, amasijo de almohadones iluminados sobre una mesa o desbordándose por la boca de un cono, son indudablemente la evocación de aquello representado y ahora poetizado.
Reconozco que algunas de sus piezas en esta exposición me remiten a escenas de lujuria. Encuentros, envolvimientos, intentos de escape serían algunas de las proezas que ARRR logra cuando un sillón (o algo similar) envuelve con su cuerpo un enorme rollo de cojines, o dos enormes formas se encuentran sensualmente fundiéndose y haciendo absurda la existencia de dos bases que en otro momento las separarían.
Estos amplios grupos de cojines están inquietos. La sensación viene quizá desde su interior o del lenguaje de los cómics en donde el dibujo es el personaje principal y la expresividad su mejor distintivo. Por ello un haz de luz es un enorme triángulo y las formas blandas representadas hacen que nuestros ojos viajen cómodamente de una curva a otra, de un pliegue a otro; de encuentro en encuentro.
La obra de ARRR contiene toda esa singular energía de lo creado que evoca no sólo otras disciplinas sino también maneras distintas de ver. Su aproximación a las cosas; a las cosas dentro de sus telas; a sus telas que están en su estudio rodeadas de cosas, denota un creador que ha sabido traducir de modo manifiesto los distintos lenguajes expresivos. Aquí un cojín, allá una mesa, telas rayadas por todas partes, lo mismo da. La pintura sigue representando. Quienes asisten a ella, hacen propias las pasiones que ahí se cuentan.
SANTIAGO ESPINOSA DE LOS MONTEROS
