Agnosticismo y tribalidad sui géneris habitan en la primera exposición individual de Abraham Cruzvillegas en Estados Unidos. La misma está constituida por diversos objetos e instalaciones al piso y al muro. Nacido en México, en un año clave en el mundo —1968— Cruzvillegas desarrolla su trabajo en dos terrenos: literario y artístico. Inicialmente fue la pintura, ahora, la diversidad de materiales que llevan a un arte hecho desde la nada, con afán de rescate y reconstrucción. Las obras están aparentemente formuladas en relación con lo indígena, pero son ascendientes indígenas con los que el artista crea una filosofía visual en la cual el espectador entra en trampas diversas. Parece que ofrece rituales aborígenes; sin embargo, propone fiestas aleatorias y ceremonias desconocidas.

Doce obras tituladas en español habitan esta galería neoyorquina, también al español de América Latina aluden a muchas de las partes que integran la exposición: semillas de cacao, plumas, algodón, palmera, maguey, hojas de bananero. Claro que habría que decir, a las diversas lenguas indígenas de América Latina y a los diversos dialectos del español de este continente. El lector deduce ya que en esta exposición uno se encuentra en un decir del pasado y el presente de la latinoamericanidad. Los materiales arquetípicos —entre los que no están presentes la papa, el maíz y la yerba mate—, señalan el reconocimiento del pasado que Cruzvillegas encuentra en la civilización de esta época. A ellos integra los desarrollos técnicos e industriales de materiales naturales hasta llegar a la síntesis: tubo de cobre, hilos de alambre, reflectores de hoja metálica, acrílico, cemento, acero galvanizado, tornillos y cable de nylon, entre otros. Hay una orientación al exotismo que se alimenta por los elementos localistas mencionados —lo que se ha dado en llamar “Mexican Curios”, como aquellas cosas que llamaban la atención a los estadounidenses que llegaban a México en las décadas de 1950 y 1960, y aun en décadas anteriores. La pluma es un símbolo demasiado hermoso en sí, en su valor de identidad, en constituir también los rituales de diversas tribus, el arte plumario pasado y presente, y por si fuera poco, es parte de un mundo animal que no se atesora suficientemente. La acumulación de materiales es y ha sido una revelación primitiva y también barroca; como categorías que se suceden en diferentes momentos de la historia. La acumulación y la visión de rescate de materiales —aún sin haber sido utilizados— han ocupado a varios autores de las artes del siglo XX. En estas áreas se encuentra Cruzvillegas. Y es ahí donde Abraham Cruzvillegas pone su énfasis, usar todo impoluto, presentar los segmentos de la sociedad como si no hubiera corrosión: social, política ni ambiental. Algunas piezas recuerdan fragmentos de los sets de antiguas películas románticas. En esa contradicción visual se asientan las obras que presenta.
La tarasca, Las guerras floridas, El desnivel, La gloria, son algunos de los títulos de las obras presentadas al muro pero no por ello relacionadas con el concepto bidimensional. Al piso, La concordia, El triunfo, La montañesa, La monumental y La fuente de la Colonia. Si las sea shells contribuyen al citado exotismo, aluden también a la vertiente de desarrollo turístico con que se explotan muchos de los maravillosos sitios mexicanos, sin atender a la extensión de las especies y materiales naturales. La gloria —cacao e hilo de nylon— una alusión a los cuentahilos religiosos y a los contadores indígenas, es una bella pieza que refleja las cuentas de los frutos o de los sacrificios. Los títulos coinciden con la conceptualización que hace el artista de los elementos históricos citados con anterioridad. No por nada se señala que Abraham Cruzvillegas nació en 1968, fecha de los grandes avatares sociopolíticos, fecha de las trágicas matanzas de Tlatelolco, de los enfrentamientos de París.
GRACIELA KARTOFEL
