Un poco de mí, fue el título de la reciente exposición de Roberto Fabelo en el Museo Nacional de Bellas Artes. En ella, por primera vez, fue visto por el público como conjunto escultórico un grupo de objetos que forman parte de esos “fragmentos vitales” que han sido esenciales para el artista en el ejercicio de su obsesión por el dibujo y la acuarela, sin que se pueda dejar al margen de esto a su pintura. Esos fragmentos se erigieron como decisivos en su desempeño como dibujante desde la década del 80, luego de haber recibido, en 1984, el Premio Internacional de Dibujo Armando Reverón en la primera Bienal de La Habana.
Lo vibrante de aquellos años estuvo en la gestualidad y el expresionismo, en la manera de disponer las figuras sobre las humildes superficies de papel kraft, tras ser ejecutadas tan sólo en los espacios imprescindibles, rasgados, recortados, y también prestos a otras manipulaciones y montajes. Papeles intervenidos memorablemente por medio del crayón, en tanto los personajes fraccionados (tipos diversos, animales y objetos) convertían lo que pudo ser reclamo en grito desgarrador, signo inequívoco de angustias, inconformidad, desesperación.

La obra casi siempre insólita de Fabelo, suficientemente adjetivada por la crítica, en los múltiples intentos por definirla, es, sin lugar a duda, sobre todo de gran intensidad en cada una de las formas elegidas por él para expresarse.
Fue recientemente, después de multiplicar en diferentes soportes un gran conjunto de seres espléndidos —en lo absurdo de su naturaleza, en su mezcla, demoníaca o poética— que alcanzaron su protagonismo las piezas de una singular vajilla, enunciada con anterioridad en diferentes obras. Unas veces con una apariencia semejante a la del boceto, en trazos nerviosos, libres, pero precisos, otras, gozando de las veladuras en sus acuarelas.
En Un poco de mí, se recibía al visitante con una mesa ya dispuesta, estrenándose como serie y ensalzando su relación con la memoria que el aluminio dilata, desde su pobreza y la huella del reciclaje, sirviendo para conformar a gran escala recipientes caseros y cotidianos. Material pobre que fue y aún es parte esencial de nuestra vida, de nuestra historia privada y pública.
La instalación La mesa estaba compuesta de piezas capaces de conservar su sentido autónomo aunque fueran sacadas de aquel contexto. Platos, cuchillos, tenedores, cucharas, cucharones, cazuelas, cacerolas, jarros y cafeteras fueron desplegados para tal vez decir: la mesa está servida. Servida de ausencias. Allí se hablaba de escasez, de privaciones. ¿Dónde estaba el alimento, la comida de las multitudes hambrientas en un mundo enfermo de consumismo? Consumismo, derecho reservado a unos pocos arrastra irremediablemente hacia la destrucción de nuestro entorno.
En una cuchara sólo había despojos, huesos desnudos, esqueletos de pequeños animales; en otra, corrían en desbandada: rinocerontes, hipopótamos, elefantes y cerdos. Huían de los destructores de su entorno natural, responsables de la ausencia de sus fuentes de alimentación. Huían de esa muerte que se les prodiga en cacerías cual modo de escapar al tedio o forma de canjear dientes de marfil por fajos de papel que acumularán los bancos. Poder del dinero al que se aludía en La pasta verde, luego de extender las puntas de un tenedor convertidas en el signo identificador del dólar. Por estas y otras razones, la suya fue una exposición de encrucijadas, de vida o muerte, de rojo o negro, con una voluntad de que soñemos, de que seamos. Era una apuesta por la vida, sin otra elección posible.
Un plato ofrecía como festín al malecón. Ese mismo malecón habanero, del romance y la lascivia, el sitio público por tantos compartido. Histórico y cotidiano, sencillo y místico, ingenuo y perverso. Muro de contención ¿De qué aguas, de qué gentes, de qué sueños, de qué obsesiones? Testigo mudo del transitar de un siglo desde donde la brisa acaricia el porvenir, o se mira al horizonte incierto de aquellos que un día se lanzaron al corredor de la muerte.
Sobre la exposición gravitaba un silencio enorme, preludio de una tragedia. Ella gesticulaba su consternación, la hondura de su pena. Un poco de mí remitía a las lesiones del espíritu contemporáneo, al despilfarro, las carencias y excesos. Ése era el paisaje que ilustraban los Platos negros y las acuarelas de las series: Un poco de nosotros, Retratos locos y Naturaleza casi viva o casi muerta. Jarras desbordadas de seres que a duras penas sobrevivían a la asfixia, sirenas agonizando unas sobre otras, rostros que daban testimonio de la barbarie y demencia global.
Fueron, Mamey y Plato preferido, dos toques de ternura en medio de tanto tremendismo, con su visión erótica, convertida la mujer en semilla de exquisita fruta y una sirena en lo más apetecido y tentador. En estas piezas son nobles las visiones, colocan al amor de por medio, a la mujer, a la esperanza, a la Tierra, y develando esas otras motivaciones que llevaron a Fabelo por aquellos rumbos.
El retablo que fue Un poco de mí contenía y casi compilaba, en una especie de juego, trabajos que cubrían un período de ocho años. Estaban realizados utilizando como soporte puertas de armarios en las cuales los travesaños contribuían en alguna medida al montaje de cada pequeño pedazo de madera pintado y en ocasiones esculpido. Puertas diferentes en las que se agolpaban infinidad de segmentos organizados cual rompecabezas, como si estas puertas alguna vez hubieran estado dando acceso al mundo interior del artista que se abre o cierra según su voluntad.
Un templo era La cafedral, el espacio de la liturgia, del ritual de los cubanos con el café. Un punto de reunión al que asisten primero el humear del líquido y el espíritu de su olor. Ese cuerpo de café que degustamos casi siempre en compañía, lo mismo en la celebración del amanecer, de la llegada de los amigos o en el momento en que son velados los muertos. La cafedral es el sitio donde al entrar dejamos de ser un poco los demonios que somos, para volvernos un poco otros más inocentes y vulnerables; divididos y fragmentados en todos esos instantes ensartados como abalorios, conformando la mística del ceremonial en el que hemos invertido singulares pedazos de nuestra existencia.
Fabelo habló en primera persona, coloquialmente. Asumió lo que le ha tocado, en ésa, su historia personal. El Fabelo llegado hasta aquí —sobrio y sin estridencias— desbordó con su exposición la sala transitoria donde ésta se exhibió. Nos llevó a volver a pensar en el hombre como sujeto universal, en el festín de la carencia y de la abundancia e hizo un llamado de atención a la sociedad. Allí dejó algunas pistas de quién es. Ésa era su narración, pero en Un poco de mí se hablaba de nosotros. Los pequeños teatros se han convertido en los mayores escenarios en los que ha quedado dicho realmente mucho de todos.
CARIDAD BLANCO DE LA CRUZ
