El artista argentino Raúl Díaz reside en Unquillo, un pueblo no muy lejos de la capital provincial de Córdoba, su ciudad natal. Allí vive y trabaja rodeado de un hermoso paisaje montañoso que ha atraído a muchos otros artistas que también decidieron establecer sus estudios en el área. Algo de su belleza natural aparece en las obras que Díaz incluyó en su exposición en la Galería Timothy Tew. Sin embargo, tal belleza natural encuentra expresión en la forma más indirecta, ya que sus pinturas y esculturas figurativas no están involucradas con la realidad exterior sino más bien con la visión interior del artista. A pesar de que emplea ricas y suntuosas texturas, colores diáfanos y temas recurrentes, casi arquetípicos, describe un mundo imaginario poblado de figuras ligeramente enigmáticas que aparecen solas o en parejas, ya sea en botes de remos o en escenarios naturales. Todas las obras incluidas en la exposición representaban imágenes que sugerían una sensación de quietud y aislamiento. Sin embargo, el magnífico tratamiento dado por el artista a las superficies, y los agradables colores, mantienen a raya cualquier sensación de tensión o ansiedad.

El interés de Díaz en la textura lo ha llevado a sintetizar ciertos aspectos de la pintura y la escultura. Sus esculturas son sutilmente policromadas, y sus pinturas en acrílico emplean como soporte gruesos paneles de madera, los cuales, antes de la aplicación de la pintura, han sido tallados toscamente y luego raspados o estropeados para convertirlos en ricas superficies irregulares. El hombre parado en un bote, representado por Díaz en Retrato en Blanco (2003), no está sólo pintado sino también tallado en la áspera superficie, lo que ayuda a darle materialidad a una figura definida principalmente en tonos de blanco y siena que difieren ligeramente. Mientras esta pintura muestra la utilización del color por parte de Díaz en la forma más sutil, Botes rojos (2001) y Figura en la hierba (1999), revelan un deleite igual por las audaces combinaciones de color que enfrentan el gris con el rojo y el rojo con el verde. Estos llamativos contrastes de color y la representación de objetos —botes flotantes u hojas que caen— en motivos que cubren toda la superficie, se combinan para enfatizar lo plano de la obra.
Esta tendencia hacia la abstracción muestra un alejamiento progresivo de sus primeras obras, que eran más realistas y estaban más relacionadas con el espacio tridimensional, quizás porque Díaz estudió arquitectura por varios años antes de que decidiera convertirse en artista de tiempo completo. Durante la década de 1990, cuando empezó a surgir en el escenario artístico argentino, sus pinturas a menudo representaban espacios interiores bien definidos en los cuales artistas circenses y otras figuras se movían con el lánguido caminar de un sonámbulo. Muchos de los temas recurrentes de su obra ya estaban presentes: la figura humana, el caballo, el bote de remos, la rosa de largo tallo, la cometa. Estas son, junto con su preferencia por los colores y las superficies incitantes, un reflejo de recuerdos y nostálgicas impresiones de la niñez, que siguen dándole forma a su visión artística.
FLORENCIA BAZZANO-NELSON
