Exposición Individualsept 2003 - nov 2003· Por José Luis Clemente

Priscilla Monge y Alexander Apóstol

Galería Luis Adelantado

Priscilla Monge y Alexander Apóstol, desde muy diversos planteamientos formales, aunque coincidentes en el uso de medios y propósitos conceptuales, comparten espacio para mostrar por separado una selección de sus últimos trabajos. Por una parte, la artista costarricense Priscilla Monge (San José, 1968) presenta en esta exposición una amplia serie de fotografías, a las que se suma una escultura y una pequeña instalación de pizarras. Tras su participación en Platea de la Humanidad en la 49 Biennale di Venezia, su trabajo —en el que abundan reflexiones en torno de la problemática de la mujer— ha sido internacionalmente reconocido. En esa línea de reconocimientos cabe situar interesantes trabajos en los que incorporó compresas femeninas que, a modo de circunstanciales prótesis, contribuían a higienizar el ambiente, adaptándose a todo tipo de cuerpos y espacios. De esta forma, a partir de medios muy diversos, unas veces de manera explícita, y otras veces bordeando sutilmente temas relacionados con los conflictos de la mujer, la incomunicación, la violencia, y la confrontación entre lo íntimo y lo público, han sido asuntos comunes en las obras de Priscilla Monge.

Exposición Individual: Priscilla Monge y Alexander Apóstol — imagen 1
Priscilla Monge. Cocina, 2003. Fotografía. 156 x 125 cm (61 ½ x 49 ⅕ pulgadas).

Con ese objetivo, la artista lleva al espectador a volver su mirada hacia aspectos cotidianos en los que, en apariencia, todo es normalidad. Nada, en un principio, resulta especialmente significativo. Como en la realidad más inmediata, las imágenes de Priscilla Monge presentan un fragmento de la anodina cotidianidad en la que, no obstante, abundan aspectos que pasan desapercibidos; aspectos que no se ven, o no se quieren ver, por más que se miren.

En los trabajos de Priscilla Monge, sin embargo, progresivamente, van surgiendo pequeñas alteraciones que paralizan la mirada, que no hacen sino provocar un encadenamiento de incertidumbres. De esta manera, la aparente normalidad de las cosas acaba mostrándose conflictiva. De este modo, en la presente exposición, dos grupos de fotografías æen lo que constituye lo más interesante de la exposición atienden desde distintos puntos de vista a las cuestiones anteriormente planteadas. Por una parte, en una serie de vistas de espacios, en principio asépticos, como salas de baño, el espectador descubre perplejidades. Estos espacios cotidianos y despersonalizados, sobre el blanco impoluto que califica su uso, dejan ver huellas de impurezas y signos de violencia como restos de sangre. Estas impactantes imágenes chillán en el ojo de un espectador que se encuentra desasistido cuando desconoce el origen de una violencia que siente próxima. Con ello, Priscilla Monge llama la atención del espectador, lo intimida y hace cómplice de una situación que se muestra cotidiana. Junto a las anteriores fotografías, y en difícil convivencia con ellas, otra serie de fotografías muestran unos primeros planos de unas escaleras, que resultan ser las de la galería. Por estas escaleras, extrañamente, como en una visión surrealista, aunque a la vez ordinaria, deambulan masas de espuma. Estas imágenes, que podrían abrir perspectivas y lecturas de muy diverso carácter, resultan, sin embargo, finalmente planas si atendemos a los encuadres, a su magnitud, al color o a la luz que las enmarca.

Exposición Individual: Priscilla Monge y Alexander Apóstol — imagen 2
Alexander Apóstol. Las Toninas, 2003. Fotografía. 100 x 100 cm (39 ¼ x 39 ¼ pulgadas).

De otra parte, con trabajos de menor interés que los presentados por Priscilla Monge, el artista venezolano Alexander Apóstol (Barquisimeto, 1969) atiende a temas y reflexiones de carácter social. Desde esta óptica, a través de una proyección y diversas fotografías, las confusas relaciones existentes entre el tejido social y la ordenación del territorio acaban siendo saneadas. Basándose en determinados motivos arquitectónicos de la ciudad de Caracas, construidos con un sentido utópico en décadas pasadas, Alexander Apóstol proyecta una nueva visión urbana, tan irreal como la que se supone fracasada. Junto a convencionales vistas panorámicas de bien ordenadas fachadas, incorpora monumentales fuentes que, lejos de ser integradas en el medio o siquiera contribuir con el adorno para limpiar el ambiente, acaban enturbiando cualquier misión urbanística. Con ello, el artista trastoca las perspectivas y fundamentos sociales de las obras públicas, situándolas en el plano de lo absurdo.

Estas cuestiones de gran interés quedan, sin embargo, demasiado opacas en estas obras, y el espectador apenas si logra atisbar los velados propósitos con los que fueron concebidas. Frente a anteriores trabajos extraordinarios como W.M., Jackson Inc. (2002), Residente pulido (2001) o What I’m looking for (2000)— en los que Alexander Apóstol ha dado muestras de una gran capacidad para proyectar con sutileza corrosivos contenidos, las obras que ahora nos ocupan, bajo el título Fontainebleau (2003), se manifiestan en exceso herméticas.

JOSÉ LUIS CLEMENTE

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