A simple vista, la potente muestra de Pablo Reinoso (Buenos Aires, 1955) en la Galería Ruth Benzacar primero aparece como una pulcra exhibición de mobiliario común para la casa. La impecable instalación Cocina y comedor comprende estilizadas fotografías de la serie Cocina, que cuelgan de las paredes, y la central pieza A la mesa, que es parte del “comedor”. Como bien señala Reinoso, “ambas obras apuntan a movilizar aspectos de lo cotidiano y del hábitat; a través de un desorden ordenado”. Pero hay más.
La advertencia del artista acerca del “desorden ordenado” se verifica cuando el espectador circula alrededor de A la mesa, una provocadora obra única que ofrece diferentes perspectivas, realizada a medida en la galería.
Si se la observa de frente, la pieza se presenta como una ambientación con muebles de madera —una mesa, cinco sillas, tres aparadores o cajoneras— sobre un piso con listones que remiten a un comedor enteramente construido en pino. Más atrás, se vislumbran unas tablas fuera de lugar que no llegan a inquietar, porque el ojo tiende a concentrarse en el sólido y dominante escenario del “comedor” —un sitio reparador por excelencia— donde podían llegar comensales para sentarse “a la mesa”.

Nadie come en este comedor, que, claro está, permanece vacío. La sorpresa se halla detrás. Cuando el espectador recorre la parte posterior de este trabajo puede ver que el “comedor” se halla totalmente desquiciado. Los cajones rotos, las sillas destrozadas y el piso levantado son un revoltijo de maderas que parecen arrancadas de su sitio por el paso de un tornado o por el estallido de una garrafa de gas. ¿O es que el “comedor” se ha autodestruido?
Reinoso manipula la madera como quien maneja un plástico blando ya que, inexplicablemente, hasta es posible encontrar cierta armonía en ese encrespamiento de los materiales, reflejando quizá un acostumbramiento de la sociedad a la iniquidad; a la desigualdad.
Las fotografías intervenidas digitalmente requieren más de una mirada para comprender que reflejan imágenes distorsionadas de algún electrodoméstico. La reproducción de una tostadora vista desde arriba muestra unas líneas que, extendidas hacia los costados, forman una cuadrícula con los hilos de la resistencia eléctrica. A modo de alambrado, estos trazos rizados parecieran mantener alejado e inaccesible a un pequeño trozo de pan. ¿Mucho bienestar para pocos; poco para muchos?
Lejos de esta aparente descripción del anverso y reverso de la situación económica actual en el mundo y de los debates sobre globalización, el impacto es grande para el espectador que mira A la mesa en Buenos Aires. Después de todo, no es nada fácil convivir con la indigencia ni hacerse el distraído ante el hambre de muchos en el país que fuera el “granero del mundo”. La impresión que causa el inteligente trabajo de Reinoso es duradera y cumple con sus deseos de hacer “comentarios” sobre lo actual.
El antecedente más inmediato a las obras presentadas ahora en Buenos Aires es la instalación Ashes to ashes, 2002, (Casa de América, Madrid). En esa obra, los listones de madera que recubren el cielo raso de una habitación parecen desprenderse del mismo y se derraman desde arriba anunciando su intención de terminar adentro de una falsa chimenea de madera, también construida por el artista. La propuesta de Cenizas las cenizas parece hablar de la disolución y de lo efímero; de lo que se pierde.
En 1995, Reinoso inauguró una nueva y audaz búsqueda que aún no concluyó, dejando atrás los materiales —madera, pizarra, mármol, bronce y acero— con los que trabajó desde sus comienzos en 1973. Primero se lanzó a modelar el aire empleando tela, produciendo sus llamados “respirantes” de diversas formas, tamaños y colores. Estos objetos blandos —suerte de bolsas dotadas de un ventilador interno, alimentado eléctricamente, que se desconecta automáticamente a intervalos regulares— remiten al movimiento de los pulmones. Se inflan y desinflan, alternativamente, silbando levemente y creando el sorprendente efecto de la respiración; nada menos que el requisito insustituible para vivir. “Aludían al hábitat en su primera metáfora: el cuerpo”, dice el artista.
Luego, desde 1999, el artista comenzó a utilizar vidrios y cristales líquidos en sus instalaciones, desafiando al ojo del espectador con un juego entre lo opaco y lo transparente, y entre el doble y el otro, profundizando la interrogación sobre sí mismo.
Formado como escultor, vive y trabaja en París desde 1979 y se ha vinculado profesionalmente al mundo del diseño. “Siento que mi trabajo de diseñador ha influenciado profundamente mi percepción artística. Mi intención es continuar ambos caminos sobre sus registros respectivos, pero dejando abierto el campo de los sentidos para permitir y asumir en ambas propuestas la ‘emergencia’ de la palabra irrupción”, aclara el artista, contento de exponer tras siete años en su Buenos Aires natal.
VICTORIA VERLICHAK
