Aunque la artista Ofelia Rodríguez, residente en Londres, ha pasado en Europa casi toda su vida adulta y aprende con inteligencia de la historia del arte americano y europeo, su arte está inspirado predominantemente en sus recuerdos de su nativa Barranquilla, en la costa caribe colombiana. Esto no quiere decir que rechace influencias modernistas. En efecto, sus enigmáticas pinturas en medios mixtos y sus construcciones de “cajas mágicas” llevan la huella del arte Pop y el surrealismo. Sus colores sólidos y brillantes aplicados directamente a amplias áreas, así como su obvia afición por lo kitsch y la cultura popular, ligan su obra al arte Pop. Sin embargo, las yuxtaposiciones que surgen cuando ella incorpora a sus lienzos objetos ready made, les dan un fuerte giro surrealista. Durante años, la artista ha estado coleccionando y acumulando objetos —cuernos, aletas, cuero de vaca, cepillos, chupetes de biberones y juguetes plásticos— sin saber con exactitud de qué manera encajarían en última instancia en su obra, antes de empezar a combinarlos sobre el lienzo o dentro de las cajas. Estos objetos populares e icónicos se relacionan con los recuerdos emocionales de la niñez de Rodríguez y crean un universo de signos que es esencialmente vernáculo. Las aletas, por ejemplo, aluden a los tiburones que merodean en las aguas caribeñas de Barranquilla; el cuero de vaca es una referencia a los tapetes comúnmente empleados en los hogares colombianos, y los cuernos son talismanes que recuerdan los animales de las granjas de su niñez. Los colores brillantes que ella prefiere evocan claramente el paisaje tropical.

Su obra es autobiográfica, no sólo por la forma como refleja su nativa Colombia sino también por el modo de referirse a su cuerpo. Rodríguez fotocopia partes de éste —dedos, orejas, manos, pies, ojos—, luego amplía estas reproducciones y las colorea a mano. También hay referencias sexuales, tales como imágenes de lenguas reproducidas de libros de anatomía, y objetos ready made, como pezones plásticos.
La obra de Rodríguez ha sido exhibida principalmente en Alemania y Colombia. Ésta fue su primera exposición individual en Nueva York, y representa una selección de su trabajo de los últimos 10 años. Se presentaron cinco grandes pinturas en medios mixtos, cuatro cajas de madera y 10 collages pequeños sobre papel que pertenecen a sus piezas más recientes e incluían obras como Memories of Primary Landscapes, Bleeding Finger over Banned Territory y Barely Touching a Thirst from the Past, todas de 2003. Estas pequeñas obras (6 1/2 a 9 1/2 pulgadas) son collages de partes del cuerpo fotocopiadas, a menudo expuestas de manera aislada, como un exvoto. Rodríguez las cose a papel impreso. En algunas, ha cosido curitas a la superficie para evocar una herida. Estos pequeños collages crean paisajes que recuerdan la poética de las pinturas de Joan Miró, tales como The Tilted Field (1923/1924) y The Hunter (1923/1924), con su sistema de signos y colores. Los títulos de Rodríguez agregan a las piezas un tono enigmático y humorístico.
En la enorme pintura en medios mixtos Searching in Darkness or Portrait of a Past (1933), un pedazo de cuero de vaca está cosido al lienzo pintado de rojo, rodeado de coloridas fotocopias de las manos de la artista que se extienden desde el cuero hacia el espacio. A lo largo de la parte superior del lienzo hay cuatro especies de fotografías rematadas por aletas. Dos de ellas representan al aforista francés La Rochefoucauld, y las otras dos, a un indio norteamericano. Esto puede interpretarse como una referencia al choque cultural entre el pensamiento racionalista francés y el nuevo mundo.
Las pequeñas “cajas mágicas” de Rodríguez toman su contenido del mismo universo de signos de sus pinturas en medios mixtos. Por ejemplo, un peludo cuerno, una oreja, un huevo frito, y pequeños juguetes para perro, todos de plástico, se ven en obras como Dangerous Magic Box with Hot Dogs (1994). Estas cajas de múltiples colores brillantes, que originalmente contenían llaves o queso francés, nos recuerdan las exquisitas cajas fetiche de Joseph Cornell, aunque no como escondites secretos sino más bien como escenarios para sus objetos de interés y enigmáticas yuxtaposiciones.
La obra de Rodríguez ofrece placer y juego visual. Sus objetos están abiertos a una interpretación en permanente cambio. Hay un agudo sentido del cuidado, de la reflexión, y cada obra es una invitación a entrar al misterioso y sugestivo mundo de la artista.
CLAUDIA CALIRMAN
