Exposición Individualsept 2003 - nov 2003· Por Mary Schneider Enríquez

Mariana Yampolsky

Throckmorton Fine Art

Con la muerte de la artista Mariana Yampolsky el año pasado, el mundo perdió a una de las grandes fotógrafas de México. Nacida en Chicago, Yampolsky se fue a México en la década de 1940 y se hizo ciudadana de ese país en 1954. Participó en el Taller de Gráfica Popular, un taller cooperativo de impresores y artistas gráficos dedicados a temas sociales y políticos dirigido por Leopoldo Méndez y Pablo O’Higgins, y, finalmente, se convirtió en la primera mujer miembro del comité ejecutivo del estudio. Yampolsky pasó del grabado a la fotografía en 1948, pero a lo largo de su carrera hizo énfasis en el papel sociopolítico del arte, captando en sus copias la dignidad y la herencia cultural de las poblaciones indígenas mexicanas. A diferencia de muchos fotógrafos, Yampolsky no interfirió la vida de las personas que fotografió; más bien, sus trabajos imparten un sentido del individuo y sus circunstancias, sin manipular el medio o la situación en la que se les muestra.

Exposición Individual: Mariana Yampolsky — imagen 1
Mariana Yampolsky. Columna Salomónica. Sierra de Puebla. Impresión en gelatina de plata. 34,7 x 35,5 cm (13 ¾ x 14 pulgadas).

Yampolsky retrató los símbolos imperecederos de México, las figuras silenciosas que impulsaron y mantuvieron a la mayoría de las comunidades indígenas de la nación. En Waiting for the Priest, 1987, transmitió la camaradería de cuatro ancianas menudas, con la cabeza y los hombros envueltos en los chalés espléndidamente tejidos, típicos de su región. Están sentadas sobre una banca; los pies apenas si llegan al piso de piedra, las cabezas inclinadas hacia la mujer del centro, quien lidera la conversación y cuyo brazo descansa sobre una muleta. Cada una tipifica la anciana matriarca de una familia cuyos cuerpos trabajan duro para la supervivencia de sus hijos.

Las fotografías de Yampolsky son visualmente llamativas por la manera como ella captó el resplandor de la luz mexicana y las oscuras sombras junto a ella. En Day of the Dead Mazahua, 1989, el espectador es casi cegado por el brillo del sol que ilumina una tumba de piedra y la esquina de un edificio detrás de ella. Tres mujeres y un niño que llevan flores avanzan frente a la tumba; sus largas trenzas negras y el grueso paño de sus faldas y blusas fruncidas, salpicado de sombras. Las profundas sombras creadas por el ángulo del sol a lo largo del techo de la edificación enmarcan las paredes de adobe quemadas por el sol que se encuentran detrás de los dolientes, creando una blancura que ilumina toda la fotografía. Además, Yampolsky conservó la solemne reverencia de las mujeres hacia el difunto, captándolas a cierta distancia, desde atrás, mientras se aproximan a la tumba. El ritual es observado a la vez que se mantiene su privacidad.

La fotografía, al igual que el grabado, fueron para Yampolsky una forma de arte célebre por su accesibilidad a las masas. La artista pasó años enfocando su obra en la cultura y tradición populares mexicanas, publicando libros de arte, curando exposiciones y, en una época, colaborando con los textos de ciencias naturales publicados por el Gobierno, por esta razón, la gama de temas que fotografió incluyó no sólo la gente y los rituales del México indígena, sino también los símbolos, vivos y construidos, que figuraban en la vida diaria. En The Exterminating Angel, 1991, por ejemplo, un ángel manco, tallado en piedra, con las alas en alto, aparece posado por encima de nosotros, brindándonos una vista de su forma sólida y los cielos hacia los cuales asciende. Es una figura torpemente tallada, con la pintura cincelada, con un brazo deforme y demasiado largo, con dedos regordetes y un alambre negro doblado que sale de su base en forma caprichosa. Sus enormes y majestuosas alas señalan hacia el cielo transparente, y su extensión es enfatizada por el ángulo representado y el hecho de que el ala izquierda va más allá del marco. A pesar de la apariencia bastante desgarbada del ángel, su presencia nos intriga e inquieta a la vez, cualidades típicas de las fotografías de Yampolsky.

Por último, dos de las fotografías más conmovedoras de la exposición, Mazahua Women, 1989, y Pauper’s Grave, 1973, personifican la temática y las inquietudes visuales que preocupaban a la artista. Mazahua Women representa una figura icónica, una joven mazahua con dos trenzas encintadas, soportando con orgullo sobre la espalda el peso de un bebé envuelto en su chal. La joven está parada junto a otra mujer indígena y a una niña que empieza a caminar. Esperan al lado de una pared sobre la cual interactúan el sol y las sombras; el rostro de la figura principal llama la atención. Su arrugado entrecejo, sus labios carnosos, sus pómulos amplios y sus profundos ojos negros, cautivan. Está de pie como un orgulloso ícono del pasado y presente de México, y fue captada, se nota, como es, no con pose para la lente. Ella encara su existencia diaria, y Yampolsky nos ofreció una mirada de esa vida.

Pauper’s Grave presenta una inquietante y evocadora perspectiva de la realidad mexicana. Dentro de la diminuta puerta de una vieja y achaparrada edificación de piedra, cráneos y huesos blanqueados por el sol reposan sobre escombros. Al principio uno ve solamente la casa rodeada de un muro de piedra sobre el cual se asoman los espinosos y redondeados extremos de un cactus. La sombra de un árbol cercano oscurece el suelo frente a la puerta, y sombras de bordes agudos, interrumpidas por fragmentos de luz, marcan los muros. Es una composición llena de patrones y texturas, una estructura decrépita, con profundas fisuras que bisecan sus paredes y en cuyo techo crece la hierba. El escenario es tan anónimo como el esqueleto que se ve a través de la puerta, un lugar aparentemente olvidado que guarda los restos de personas olvidadas. Una vez más, Yampolsky captó la naturaleza de México, en donde la muerte sobresale tan intensamente como la vida. Sin temor ni manipulación, ella nos mostró la naturaleza de la vida diaria de una forma que, en otras circunstancias, no la veríamos. A pesar de que nos deja un legado de fotografías perdurables, muchas de las cuales estuvieron en esta exposición, su ausencia se sentirá por mucho tiempo. El ojo de Yampolsky, su espíritu y su devoción por la cultura mexicana se tradujeron en una visión que pocos pueden imitar.

MARY SCHNEIDER ENRÍQUEZ

Mariana Yampolsky, por Mary Schneider Enríquez | artnexus