Caracas es otra ciudad de Latinoamérica amenazada por sus conflictos sociales y políticos. De esta ciudad es José Rivas, quien ha vivido allí toda su vida y en el más peligroso de todos sus barrios 23 de enero, un lugar donde la violencia es la verdadera ley.
Es muy curioso, que dentro de ese contexto José Rivas se mantenga alerta frente a la historia del arte y los problemas sociales. A pesar de que no ha viajado fuera de Venezuela su interés en la pintura contemporánea, lo mantiene en un trance de conflictos ideológicos donde asume personalmente una actitud crítica y defensiva como “un buen rebelde”.
De alguna manera, todo el conflicto social de Caracas, podría ser asimilado a través del arte para encausarse hacia nuevas manifestaciones que rompan con muchos de sus lenguajes “silenciosos”. La pintura de Rivas parece estar conformada por una visión retrospectiva de la historia del arte. Las imágenes artísticas de los modernos y los contemporáneos son motivo de reflexión y pretenden formar una iconografía a través de vinculaciones hábilmente planteadas.

Continuas relaciones, que recuerdan las peripecias del “cadáver exquisito” pero en Rivas adquieren claros significados, quizás a manera de un lenguaje “Hip-Hop” totalmente coloquial o callejero para ser más preciso aunque está totalmente alejado de cualquier referencia a la pintura graffiti. Lo coloquial quizás es ese aspecto gráfico que se ha generalizado a través de la globalización. Sus pinturas extrañamente juegan con la estética Pop no dejan de ser incomprensibles, pero desde allí crea su propia coherencia.
Su habilidad para crear vinculaciones, no es solamente de un gran virtuosismo técnico sino también de un refinado sentido del humor y de agudo sarcasmo. Es la ironía que se absorbe de una cultura, que se apoya en la rebeldía y el humor amargo para tolerar diariamente la violenta realidad.
La expresión irónica de sus pinturas aparece como un recurso constructivo, haciendo balance entre las imágenes inocentes y las imágenes que conducen al terror o a la sorpresa. Como si fuera conformado por los descubrimientos del collage de Picasso y Braque, Rivas compone pintando minuciosamente reproducciones fotográficas, convergiendo entre sí imágenes de distintas naturalezas dejando al espectador seguro de que lo que ve es papel pegado a la tela y no imágenes pintadas.
Pero lo que se propone Rivas es aún más complejo. Basándose en fragmentaciones, Rivas quiere penetrar en lo más hondo de un problema histórico, quiere desafiar la manera como se ha construido la historia del arte. Acepta desde esa perspectiva, la tradición técnica de la pintura y lo sublime que puede contener su ejercicio. Rivas adopta residuos del Pop Art como un elemento volátil que usa para jugar con la ambigüedad de la apariencia. Indudablemente Warhol ha dejado en estas siguientes décadas un interés en la expresión que se alimenta a través de los elementos gráficos considerando la fotografía, como su aliado más importante siendo ahora el primer recurso de los artistas contemporáneos.
Rivas, que venía de una práctica de la pintura gestual, abstracta y de grandes formatos tuvo en cierto momento que enfrentarse a una situación que le transformó definitivamente su convicción artística, es muy probable que esto haya tenido una relación directa con su trabajo como profesor de Historia de Arte. También, tuvo que tomar decisiones frente a la avalancha de instalaciones, videos y otras formalidades contemporáneas. Quizás, escogió lo menos predecible.
Misteriosamente su pintura se redujo a formatos medianos, cambiando radicalmente el contenido estético y expresivo de su pintura anterior.
Súbitamente aparecieron imágenes conocidas de la publicidad, de la historia del arte y de acontecimientos de la vida social y política. Un retrato sutil de Carolina Herrera, se convierte súbitamente en una gran sorpresa, la mitad de su cara mira al espectador de frente, y la otra mitad, casi imperceptible aparece el retrato del terrorista Carlos, el chacal, los dos venezolanos más famosos antes de la llegada de Hugo Chávez.
También esa niña venezolana, hija de un matrimonio árabe, que mató a dos jóvenes que le vendieron un gato, está pintada como una muñeca japonesa dentro de un mosaico barroco.
Las pinturas más recientes de Rivas, exploran también, otros temas relacionados con la tortura y el sadismo, pero, es en una segunda lectura cuando se descubren sus insinuaciones a veces escabrosas, otras veces banales como los comics de Walt Disney, que aparecen como bufones para atraer al espectador. En la nueva serie de Dick Tracy, su cara aparece tomada del Tracy, realizado por Warhol mientras que el resto del cuerpo ha sido pintado con un realismo fotográfico. Aparatos de tortura mortales de la Policía Técnica Judicial de Caracas, prensan el cuello de Dick Tracy.
En otras pinturas aparecen niñas inocentes tomadas de las tiras cómicas japonesas, pero esta vez, son niñas que parecen salir agotadas de la experiencia de algunos rituales eróticos y sangrientos.
Es agradable ver en estos trabajos la ruptura con los formatos “heróicos”. Parece ahora que no hay nada más decorativo que una pintura de gran formato de la que muchas veces se hace difícil encontrar su justificación.
Rivas trabaja como un seguidor de los acontecimientos humanos de nuestra cultura truculenta, que cada segundo se instala, como un souvenir en los hogares de cada rincón del planeta. Su originalidad y su nuevo acercamiento al realismo, lo puede convertir en un pintor tan raro, como formal.
EUGENIO ESPINOZA
