Conocí al cubano Jesús González de Armas en la Casa de América Latina, donde se inauguraba por esa época su primera exposición en Francia (enero-marzo de 1992). Nuestra conversación tuvo lugar pocos días antes de que se hiciera público el anuncio de su solicitud de asilo. En el curso de los cortos instantes compartidos con este singular y atrayente personaje, me impresionaron de inmediato la fuerza de sus convicciones culturales —particularmente sus conocimientos sobre los taínos— y, en forma más general, su apego a la cultura latinoamericana. Su pasión por la vida se expresaba entonces en una urgencia febril y serena, pese a la incertidumbre existencial que le esperaba.
Su historia personal llevó la marca de la tragedia, tanto física (ausencia del brazo derecho) como social (marginalización en Cuba), culminando con el exilio en Francia. El sufrimiento permanente generado por estos dramas será trascendido por una fe inexpugnable en la creación y en la autenticidad de su lazo carnal con América Latina, que él concebía, no como el pretexto de una nostalgia fácil y evidente, sino como el punto de partida de un intercambio con su país de asilo. Caricaturista, dibujante humorístico, autor de dibujos animados y pintor, en Jesús González de Armas desbordaba un entusiasmo abierto a todas las curiosidades. En el curso de sus últimos años, se interesó en un cierto tipo de lazos que unen a Francia y América Latina, especialmente a través de la botánica.

Su última exposición póstuma, en el Museo de la Mina, en Saint-Etienne, Francia —una semana después de su brutal desaparición— consagró el trabajo y la investigación que había realizado sobre un nuevo material: el plástico. Tanto bajo su forma banal y cotidiana, la de la bolsa plástica empleada en el comercio, como en grandes toldos, este material cobra para él sentido como testimonio de lo irrisorio, como desecho recurrente de una sociedad de consumo opulenta y derrochadora, pero sobre todo como símbolo de la pobreza de sus marginados.
La exposición del CNAP (35 obras, de las cuales 10 en plástico y papel basto, 14 esculturas en plástico corrugado así como varios dibujos en telas) tenía por objeto retrasar el itinerario artístico de Jesús González de Armas entre 1985 y 2002, en varias “series”, organizadas en el tiempo en torno a temáticas diferentes: las Carbonadas neotaínas inspiradas en las historias, mitos, códigos y signos pictográficos precolombinos y postcolombinos de los aborígenes taínos de Cuba y las Antillas (obras realizadas en La Habana entre 1985 y 1987); las telas que evocan la violencia de la conquista española de América (La Habana, 1987-2001); las pinturas realizadas en Montmartre, Mont-ma-terre (Monte-mi-tierra), cuando se instala en Francia (París, 1993-1995) y, para terminar, los experimentos técnico-plásticos con los toldos en material plástico, que el artista calificaba de “arqueoestética contemporánea”, presentados en parte en 2002, en el Museo de La Mina de Saint-Etienne (Alfortville 1995-2002). La noche de la inauguración, una serie de tres espectáculos concebidos y organizados por el artista antes de su muerte, con la coreógrafa Corinne Hadjadj, fueron presentados en un entorno sonoro creado especialmente por Jean-Sébastien Mariage, compuesto de ruidos extraídos de la manipulación del plástico, cuando se lo alisa, se lo pliega, se lo arruga o se lo aplasta.
Si nos detenemos especialmente en la producción de Jesús González de Armas en Francia es porque, además de su evidente interés, esta obra fue realizada en condiciones materiales extremadamente difíciles. Es en su modesto taller de la periferia parisina, literalmente sumergido en montañas de plástico, de fragmentos arrugados, de toldos y bolsas, con su plancha..., en una atmósfera electrizada donde el sonido, producido por el desplazamiento del material, introducía una nota de realidad en ese frenesí de utopía constructiva, es allí donde, como lo escribe Anne Tronche, él inventó “una nueva relación con la materia”. Una atenta observación de sus telas y “plásticos” muestra cómo el acto de creación de Jesús González de Armas era la respuesta a un desafío. Se trata de un verdadero acto de los sentidos y de la sensualidad, como lo fue la relación con la tierra en el caso de su compatriota Ana Mendieta o el compartir la cultura afrocubana en el caso de José Bedia, otro defensor de sus orígenes y actor de sus ritos. Jesús González de Armas vivió igualmente la experiencia de este ritual por su compromiso con materiales y culturas diversos, en una trayectoria “antropofágica” propiamente americana: recuperar y asimilar, dentro de una perspectiva vital y necesaria, la renovación de su discurso conceptual y formal.
Si de sus telas así como de sus pinturas sobre plástico se desprende ese deseo de mestizaje, tanto de culturas como de sus objetos o de sus materiales y de las imágenes de éstos, Gilda reencarna en yahubaba, Mont-ma-terre, es también porque su relación física con los materiales fue siempre excepcional. El carbón triturado, la agregación de otros ingredientes como el café que él mezclaba en un simple molino de café, por placer y dentro de la simplicidad de la innovación; la fragmentación del cuerpo, de los textos; la utilización recurrente de un “ícono” urbano (la imagen del perro en las calles de París), la multiplicidad de texturas (papel, telas, plásticos, etc.), de técnicas (carboncillo, pigmentos con cola, etc.) y de materiales, imponen esta alquimia personal dictada por dosis conjugadas de rabia, de amor y de pulsión de muerte, reforzadas por su irreductible precariedad material.
Si el trazo tierno y a la vez violento de Jesús González de Armas manifiesta el combate interior, la sed de comprender el mundo y esa profunda cultura que lo nutría, es también señal o testimonio de una identidad que había que recrear cada vez. La mirada de Jesús González de Armas delataba esa humanidad a la que sólo la angustia, la duda y el amor aportan brillo y densidad. La obra presentada en el CNAP está impregnada de todo esto. Las figuras esquemáticas, apenas esbozadas, se deslizan sobre una superficie plástica que no las retiene más que para permitir al artista otro gesto, esencial, cuando raya, araña, abre surcos e incisiones en la superficie de su pintura o dibujo, como si mantuviera un diálogo sensible con una piel viviente. Tótems, cuerpos crucificados o “calaveras”, las figuras dejan escapar, en corrientes de rojo sangre, rastros de vida o de muerte.
Yo soy, autorretrato pictográfico (técnica mixta sobre lienzo, de 1993) es un cuadro que retiene nuestra atención, pues, en él, el artista interroga su identidad mutilada, su yo fragmentado, el otro que es también él, en lo más profundo de su bien y de su malestar. Los graffiti nos recuerdan los que cubren los muros de nuestras ciudades y cohabitan con varias inscripciones donde el observador está frente a un “Jesús de alma”, un “Jesús de amor”, un “Jesús de Armas”. Un juego de palabras extremadamente emotivo sobre su propia humanidad, a veces reprimida, a veces escarnecida, a menudo maltratada por la adversidad. La violencia interior de Jesús González de Armas es repelida sin cesar, exorcizada sin cesar por ese exceso de “alma” y de “amor”. Pero siempre contra las “armas”.
La última de las seis salas consagradas a esta retrospectiva es la de los “plásticos negros”, bien lejos de las negras estéticas escogidas por Pierre Soulages o Louise Nevelson. El negro es, ante todo, el de la mina de carbón. Es el color por el que el artista había optado para la exposición del Museo de la Mina en Saint-Etienne (antigua ciudad de explotación del carbón). Ocho “figuras” enganchadas a un cordel tendido entre dos paredes recuerdan sin duda la sala donde los mineros colgaban sus vestidos ennegrecidos por el carbón, del cual eran a menudo víctimas. Hay también una especie de “efigies” y de “máscaras” gigantes donde el plástico, calentado al hierro, estirado, torcido, arrugado, anudado, se encuentra en tensión, en volumen, en textura y en dilatación, abriendo a este arte de la miseria, a esta interrogación pasional sobre los límites y las fronteras del mundo, una expresividad nueva que Jesús González de Armas habría sabido llevar a otros descubrimientos. La modernidad está ahí, íntegra, compleja, en constante devenir.
CHRISTINE FRÉROT
