La exposición presentada por el mexicano Fernando Aceves Humana (nacido en 1969, en ciudad de México) e titulada En Riesgo atrajo particularmente nuestra atención no sólo por su calidad pictórica e iconográfica sino también porque este joven artista es más conocido por sus grabados que por sus trabajos en pintura. La muestra exhibida en la galería de la Universidad de París (25 telas de gran formato) se impone antes que nada por su coherencia pictórica, narrativa e iconográfica. Su policromía reducida a una intensa gama de colores oscuros, sus sorprendentes pero discretos claroscuros que refuerzan el drama, su discurso de significado sobre una violencia contenida y no obstante presente, irradian desde lo más profundo de la obra para crear un clima de sombría y extraña singularidad. La actitud aparentemente sonriente y relajada del artista suscita interrogantes sobre la probable dualidad de su personalidad e induce la sutileza de un discurso visual, tanto intelectual como sensible, cuya primera visión provoca, sin embargo, un choque evidente en el espectador.

Las relaciones conflictivas o fusionales entre el hombre y el animal han marcado la historia de las mitologías, alimentando símbolos, metáforas y alegorías, construyendo los mitos antiguos y modernos y estructurando el pensamiento secreto del universo. No faltó la duda para alimentar una imaginación donde las cuestiones de lo doble, del antropomorfismo fantástico y también del rechazo o del miedo traicionaron la fascinación del hombre ante un poder indómito, ante una belleza incomprensible, ante aquello que de invencible tiene un animal amenazante y triunfante.
En la aprehensión del mundo que esta exposición evoca, el título escogido por el pintor induce una preparación, una actitud inmediata de autodefensa en aquel que la observa. Aparece como la advertencia de un peligro que nos rodea por todas partes y del cual no somos siempre conscientes. La elección del animal como arquetipo para representar las capas profundas del inconsciente y del instinto, ya sea, como aquí, semejante al zorro o a la hiena, al lobo, al simio o a la cierva, se impone en esta línea de reflexión que, de la literatura (Jean-Jacques Rousseau) al psicoanálisis (Jung en El hombre y sus símbolos), o la antropología con Lévy-Strauss —para no citar más que esos autores— ha mostrado que “el hombre se siente primitivamente idéntico a todos sus semejantes (dentro de los cuales debemos incluir a los animales) y es por esto que adquirirá la capacidad de distinguirse como los distingue a ellos, es decir, de tomar la diversidad de las especies como base conceptual de la diversidad social” (Du miel aux cendres [De la miel a las cenizas]).
En Aceves Humana, el animal no suplanta al hombre y en verdad tampoco a la mujer a veces presente. El cuestionamiento y la provocación residen en la proximidad entre esas dos especies asimilables. La escogencia de la oscuridad en sus telas, la recurrencia de esos agujeros negros y sombríos, especie de aberturas o abismos inconmensurables, las luces que brillan o iluminan una lejanía al parecer inaccesible, las posturas de espera, de agresividad o de defensa son igual número de códigos ficticios dentro de un lenguaje pictórico y de una expresividad fuerte y condensada que busca, a través de la creación de una atmósfera opresora, provocarnos y contenernos para hacernos tomar más conciencia de la fragilidad de nuestras certidumbres.
Aceves pertenece a esa categoría de artistas que no le temen a la pintura, como sí ocurre hoy en día con muchos de sus contemporáneos. Todo puede haber sido dicho —como algunos claman— pero nada es dicho nunca de la misma manera y nunca es demasiado tarde para decirlo. Esta serie sobre el furor de vivir y el sentimiento de una amenaza que ronda como la muerte se inscribe sin lugar a dudas, mediante metáforas sucesivas, en un discurso virtual que refuerza la dimensión expresiva, pictórica y conceptual inagotable de la pintura. El pintor no es insensible a una cierta tradición figurativa mexicana, pero la asimilación que hace de ella se ve atravesada tanto por la fuerza evocatoria de la imagen como por un trabajo específico sobre el material y la textura, sobre esos matices de negro extremadamente complejos y difíciles de estratificar en transparencia.
En Túnel, 2003, la mirada del animal al acecho, listo para saltar sobre una presa invisible, responde a la de las luces del tren que avanza en la oscuridad. El cielo, de un azul profundo, acentúa aún más el misterio de esa escena teatral, como lo son varias puestas en escena del artista en esta exposición. Otra versión de Porfeo/Por su fealdad, 2003, nos muestra una caverna en cuyo fondo se distingue la blanca luz que entra del exterior. Vemos también un simio en postura animal con la mirada temerosa de un ser acosado, desorientado, incapaz tal vez de encontrar la salida de la caverna en la que es retenido prisionero. El miedo y el encierro se ven confirmados en otra escena (Sin título, 2003, en la que un animal, mitad hiena mitad lobo, parece esta vez perseguido y acosado por humanos. Las lámparas le apuntan directamente y él, deslumbrado por la luz, parece paralizado de miedo, incapaz de hacer frente a sus perseguidores.
¿Dónde está pues el futuro del hombre en estas propuestas sombrías que transpiran soledad y desesperanza? Aceves es escéptico, duda, y sus animales cristalizan una agonía segura. El desconcierto nos invade al examinar la tela intitulada Damiselas, 2003, óleo sobre lienzo, 130 x 162cm, en donde el primer plano está dominado por un ser híbrido, mitad humano mitad animal, en medio de un espacio absolutamente negro en el que se destacan, finamente dibujadas en blanco con algunos toques de ocre rojo, frágiles siluetas femeninas que nos hablan más de alineación que de una posible humanidad (la mujer vista de espaldas se inclina sobre un coche a cuyo conductor parece proponer sus servicios como lo hacen las prostitutas urbanas). El personaje central es una especie de arquetipo, a la vez pensador e interrogador del destino de esas mujeres, esos hombres o esos animales. Esta imagen, especie de esfinge inmóvil en su huérfana meditación sobre el tiempo, cierra la serie con su mirada fija en nosotros, como invitándonos a no dejar nunca de cuestionarnos, a no olvidar nunca quiénes somos. Como escribe el antropólogo Gilbert Durant “El mismo Platón lo sabe: debemos volver a bajar a la caverna, tomar en consideración el acto mismo de nuestra condición mortal y hacer, en la medida de lo posible, un buen uso del tiempo”.
CHRISTINE FRÉROT
