Exposición Individualsept 2003 - nov 2003· Por Argelia Castillo

Enrique Echeverría

Museo del Palacio de Bellas Artes

Al inicio de la segunda mitad del siglo XX, el escenario de la plástica mexicana atestiguó la irrupción de un grupo de jóvenes artistas que buscaban emanciparse de los imperativos realistas y nacionalistas dictados por el hasta entonces preponderante muralismo. Entre estos exploradores de nuevos derroteros creativos se encontraba Enrique Echeverría, quien, no obstante haber sido uno de los integrantes más importantes de la llamada Generación de la Ruptura, acaso sea en la actualidad el menos conocido de ellos, debido a que murió prematuramente, cuando tenía 49 años.

De ahí la pertinencia y el interés de la exposición Tiempo suspendido: retrospectiva de Enrique Echeverría (1923-1972), presentada durante un par de meses, hasta el 8 de junio pasado, en las salas Nacional, Diego Rivera, Justino Fernández y Paul Westheim del Museo del Palacio de Bellas Artes, cuya subdirectora técnica, Ana Isabel Pérez-Gavilán, estuvo a cargo de la curaduría.

Exposición Individual: Enrique Echeverría — imagen 1
Enrique Echeverría. Crepúsculo, 1968. Óleo sobre tela. Colección particular.

Esta muestra antológica, la más exhaustiva que se haya consagrado a la producción del pintor caracterizado por una vocación de enorme libertad e incesante experimentación en materia de formas expresivas, incluyó alrededor de 100 óleos sobre tela de diferentes formatos, una cincuentena de trabajos sobre papel —entre acuarelas, tintas, aguadas, mixtas y dibujos en carbón y a lápiz—, y media docena de acetografías (técnica inventada por el propio artista, consistente en la aplicación de tintas diluidas sobre acetatos), así como una colección epistolar y fotográfica dirigida a dar contexto a su obra.

Organizada cronológicamente, la exposición permitió el acercamiento al desarrollo temático y estilístico de Echeverría, proceso durante el cual se manifiesta el espíritu de apertura del autor con respecto a las consecuciones del arte internacional, su preocupación por abismarse en diversas direcciones de la plástica moderna, y su oficio y sensibilidad para construir un vigoroso lenguaje personal.

Así, con el objeto de dar cuenta de la trayectoria del artista, marcada de manera significativa por las influencias recibidas en el transcurso de sus viajes a Europa y Estados Unidos, el discurso expositivo versó sobre cinco etapas fundamentales: "Años formativos", 1943-1954; "Búsquedas", 1954-1959; "Paisajes interiores", 1959-1967; "Flores imaginarias", 1967-1970, y "Regreso al origen", 1970-1972.

Dicho itinerario abarcó desde obras tempranas de carácter figurativo (La silla, 1943) hasta aquellas donde se plasma su peculiar propuesta abstraccionista (El fin no se vislumbra, 1966), pasando por los lienzos que acusan la sugestión de las pinturas negras de Goya (La joven y las viejas y Eclipse, 1955), la concepción geometrizante del paisaje, tan deudora de Cézanne (Ávila y Catedral de Burgos, 1952), la indagación cubista (Maternidad, 1958), y la poderosa inspiración del expresionismo abstracto (Niños bajo el puente, 1959), obtenida en el transcurso de su estancia en Nueva York, cuando la Fundación Guggenheim le concedió una beca.

En el camino emprendido por Echeverría, el trazo de la figura se va fragmentando, desdibujando, transmutando en manchas y planos de color, para culminar en elocuentes composiciones de gran plasticidad, donde imperan el juego lumínico, el movimiento, el ritmo y la vibración de las formas empastadas a golpe de espátula. A este período de máxima riqueza y madurez expresivas corresponden telas como Mirando al cielo (1959), Marinero y Cabeza (1961), Muchacha güera y Futbolistas (1962), Pescado verde (1963) y Paisajes interiores (1964).

En tales óleos se pudo apreciar el particular lenguaje abstracto del pintor, que no renuncia del todo a la representación de la realidad objetiva. Ubicándose más allá de la contraposición rigurosa entre figuración y abstracción, Echeverría ofrece una suerte de planteamiento sintético, en el cual la figura no aparece como un añadido, sino como un elemento que emerge con naturalidad de la superficie cromática.

Asimismo, resultó posible constatar la evolución seguida por el artista en los trabajos pertenecientes al ciclo de la flora imaginaria, terreno fértil para la explosión colorística y la espontaneidad del gesto, al igual que vislumbrar los sugerentes indicios contenidos en sus lienzos postreros (Altea, 1972), algunos de ellos inacabados (Mujer II, 1972), donde recupera con gran intensidad expresiva los temas presentes en su punto de partida creativo: el paisaje, el retrato, la imagen femenina.

En suma, esta retrospectiva presentada tres décadas después de la muerte de Enrique Echeverría permitió la revaloración de su obra plástica, la cual ocupa sin duda un lugar destacado en la decisiva etapa de transición del arte moderno al arte contemporáneo de México. 

ARGELIA CASTILLO

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