Desde sus inicios, la obra de Consuelo Manrique ha oscilado entre dos inclinaciones: por una parte, se hace explícito un interés por los valores de la pintura abstracta que privilegian el color, la forma, la composición, la pincelada y la mancha y, por otra parte, en cada una de sus muestras se hace evidente un interés por nombrar una realidad que es ajena a dichos valores que son de naturaleza eminentemente plástica. Como ella misma lo afirma, experimenta la pintura como una “tensión límite entre el acto puro de pintar y una necesidad de decir algo que va más allá de lo puramente pictórico”. Esta dualidad se hizo visible en una de sus primeras muestras, Nichos de vida, cuando se interesó por los problemas que afectan los humedales en Bogotá; posteriormente se manifestó en “Mapas de no territorio” cuando aborda los estragos de la violencia en la zona del Alto Magdalena, y se hace explícita en la última muestra exhibida en la galería Diners titulada Hálitos, donde continúa trabajando el tema de la violencia.
En esta muestra se confirma que ese “algo más” allá de la pintura misma, está vinculado con una pregunta sobre el comportamiento humano y su relación con la vida y la muerte, con la extinción y la violencia, asuntos que se hacen evidentes en la forma de pintar que deja ver ciertos rasgos expresionistas: manchas gestuales, grandes zonas de color, en las que predominan el rojo o el amarillo, pinceladas ágiles que atraviesan las telas que dan cuenta de una fuerza que busca expresar una cierta pulsión a través de este lenguaje pictórico. En esta ocasión Consuelo Manrique ha centrado su atención de forma más definitiva en el comportamiento violento, en la violencia que es entendida por los psicólogos como la “máscara del miedo”.

El holocausto del Palacio de Justicia, ha sido uno de los hechos que han determinado la historia del país. Esta dura experiencia, además de numerosos muertos y heridos, dejó muchos desaparecidos y ellos fueron enterrados en una fosa común como NN dejando a sus parientes y amigos sumidos en una tremenda incertidumbre. En los últimos años la antropología y la medicina han desarrollado investigaciones para identificar a estos personajes a través de análisis especializados de sus cráneos que podrían considerarse como “cajas negras”, ya que estos fragmentos humanos contienen una valiosa información, que ha permitido dar cuenta de la identidad de estos individuos, así como permiten comprender aspectos determinantes de su vida. Estos y otros estudios con cráneos humanos también han dado a conocer que detrás de un comportamiento violento existen experiencias traumáticas relacionadas con el miedo, con el maltrato, de manera que la violencia se puede entender como la “máscara del miedo”.
Lectora cuidadosa de la literatura que se ha producido acerca del tema, para Consuelo Manrique los cráneos se han convertido en fragmentos que contienen memoria, “cajas blancas” que mantienen una vinculación con el pasado, de manera que poseen una aura, indican la presencia de un ser que ha dejado una huella, un rastro de vida, constituyéndose en “hálitos”, soplos de vida en medio de un escenario de muerte. Estos cuerpos blancos provistos de misterio y dotados de una fuerte potencialidad de “decir”, de dar cuenta de acontecimientos pretéritos, aparecen flotando sobre la superficie pictórica, convirtiéndose a veces en manchas muy difusas que escasamente recuerdan su anatomía, y en otras ocasiones, realizados con una factura más detallada que los hace perfectamente reconocibles; en ambos casos se ubican en el lienzo como un elemento detonador que hace que el espectador se relacione de otra forma con estas telas cubiertas de pintura. Con su presencia aparece algo que nos interroga, algo que propone una reflexión y propicia otras lecturas.
Las telas, en las que predominan el color rojo y en otras el amarillo, se dispusieron cuidadosamente en el espacio. La muestra estaba precedida por una pintura de formato alargado, colocada sobre una caja que, en el espacio vacío del hall de entrada tenía la apariencia de una columna, y en ella se presentaban en una línea rigurosa una sucesión de cráneos que puntualizaban el tema de la muestra. También se incluyeron dos bocetos de esta parte de la cabeza, en los que se revela una mirada que se interroga sobre su anatomía y que la resuelven a través de un lenguaje formal que se complace en los valores tonales del dibujo y en las calidades expresivas del trazo.
El carácter gestual de las pinturas y los dibujos que conforman esta muestra pone en evidencia que en el acto de pintar, se manifiesta la tensión que experimenta Consuelo Manrique entre la pintura y el tema; así, en las distintas piezas se aúna el lenguaje puro de la pintura, su capacidad expresiva, con la cercanía a la violencia, presencia negativa que se apodera de todos los que viven en un país amenazado por un conflicto incesante, ante el cual la pintura se afecta, responde, y se conforma.
MARTA RODRÍGUEZ
