El formato es el verdadero protagonista en la más reciente exposición de Belkis Ramírez, Portables, que se exhibió en la galería de arte El Espacio, de Santo Domingo. Es esa misma estética de Ramírez, en que la plancha xilográfica pasa de ser instrumento al servicio de la formalización material de la obra, para transformarse ella misma en objeto artístico, objeto a su vez intervenido, a medio camino entre el relieve, la escultura de bulto y la escultopintura. Lo más importante es que el pequeño formato ha dotado de un matiz intimista y transportable a la obra de arte, semejante al que se dio en el paso del predominio del mural al de la pintura de caballete hacia el final de la Edad Media, y con las mismas connotaciones sociológicas y de mercado, al ampliar el ámbito de la accesibilidad de la obra, pero también de matices individualistas.
Incluso el carácter transportable se asimila a algunos de los contenidos recurrentes de la mitología personal de Ramírez, con toda esa trama de los viajes ilegales y la trata de blancas, implicada en otra más amplia y profunda, la que señala al carácter ambiguo y las trampas del juego de la seducción en que nos vemos todos —pero sobre todo las mujeres— perennemente envueltos.

Todo ello hace de la obra de Belkis Ramírez una de las más inteligentes dentro del arte contemporáneo dominicano, dentro de lo que puede considerarse un arte dedicado, en gran medida, a esclarecer lo relativo a la identidad de género dentro de los parámetros de nuestra cultura, aunque sería reduccionismo puro y duro catalogarla exclusivamente como “feminista” , en tanto que sus propuestas, y también las de artistas como Raquel Paiewonsky, rebasan en gran medida estos límites. Y no sólo por plantearse la realidad en términos de una visión del mundo “ecofeminista”, próxima a la de activistas como Petra Kelly o Vandana Shiva, sino más amplia aún, como denuncia de todas las formas de opresión desde el poder, y como descomposición de todos los mecanismos de represión patriarcal.
En el caso de Ramírez, su visión del rol femenino parece muy próxima a la que tuvo en su día Simone de Beauvoir, las mujeres son "mitad víctimas y mitad verdugos”, el constituirse en trampa y en carnada enajena a hombres y mujeres de sí mismos y de la realidad. En este sentido, el fenómeno de la prostitución llega a instalarse en el corazón de las instituciones establecidas, como el matrimonio.
Todo esto con un depurado lenguaje plástico donde, por razones de formato, se desprende Ramírez de su tendencia a la estenografía. El drama, siempre presente, ahora no nos envuelve, sino que lo llevamos con nosotros mismos, como el viajero que no logra huir de sus obsesiones. y las lleva consigo a cualquier parte del mundo. Un astuto uso de la retórica del claroscuro y la luz artificial, los materiales naturales e industriales, y alguna cita histórico-visual —El grito de Munch— terminan de dar carácter y redondear la expresión de una de las propuestas artísticas más sugestivas del momento actual.
LAURA GIL
