Exposición Individualjun 2003 - ago 2003· Por Elena Oliveras

Susana Rodríguez

Centro Cultural Recoleta

Reconocida como grabadora con el Gran Premio de Honor del Salón Nacional de Argentina, Susana Rodríguez ha preferido ir más allá de los límites de una técnica particular para combinar diversos recursos y materiales. De esta manera, responde a la necesidades del contenido de su obra, a su interés por ir descubriendo y registrando el tiempo pasado, abriéndolo a nuevos detalles que lo perfeccionen aun sabiendo que nunca podrá ser completado, pues cada nueva perspectiva del presente impulsará otras imprevisibles aperturas.

Fotografía, transfer, collage, dibujo, pintura, y también grabado, son recursos que le permiten examinar, comentar, tachar o resaltar aspectos del pasado en una narración donde no sólo interviene la autobiografía sino también el dato biográfico que aportan sus allegados. Una estrategia que ella adopta en sus últimos trabajos es la de incorporar, además de fotos personales y de familiares directos, fotos de otras personas para someterlas al mismo trabajo investigativo que encara con su propio pasado. Así, la obra se presenta como un gran texto o trama, en la que también quedan “atrapados” los demás, esos futuros lectores de la obra que pondrán en evidencia la afirmación proustiana de que “cada lector es, cuando lee, el propio lector de sí mismo”.

Exposición Individual: Susana Rodríguez — imagen 1
Susana Rodríguez. La real irrealidad, 2003. Técnica mixta sobre tela. Tríptico. 120 x 90 cm (47 ⅕ × 35 ½ pulgadas).

No sólo el pasado lejano es motivo de búsqueda. También la artista incorpora escenas del pasado inmediato. Podemos ver entonces momentos distantes de su infancia junto a fragmentos, más recientes, de etapas de su obra, como aquella en la que naturaleza resultaba protagonista principal. Exuberantes y fantásticas hojas carnososas, de color vibrante, animadas por una energía casi humana, alternarán con trozos de cuadernos escolares, con escenas de vacaciones en familia en la mítica ciudad balnearia de Mar del Plata o con figuras del Sagrado Corazón, de santas y de vírgenes que recuerdan su temprana educación en un colegio de monjas.

Característica de las imágenes de Rodríguez es su posición frontal. De este modo, las imágenes del padre o de la madre y la de Susana-niña no dejan de mirarnos. En un libre juego de miradas (las suyas y las nuestras), esas figuras tratan de plantarse en el espacio, de fijar su lugar, de definirse redibujando sus límites. Al mirarnos, se cargan de “aura”, según uno de los sentidos dado por Benjamin al término. “Advertir el aura de una cosa —dice— significa dotarla de la capacidad de mirar”. Esta actividad aurática de los protagonistas de la obra de Rodríguez contrasta con la imagen estática, fragmentada y, por sobre todo, evanescente del entorno (edificios, playa, mar), como si la memoria pudiera poner en foco primero al personaje y luego, con mucha dificultad, a aquello que lo rodeaba.

Paulatinamente Rodríguez abandona su visión barroca de la naturaleza en favor de una visión más introspectiva y sosegada que deja espacio al blanco del papel o de la tela y a grandes planos de color que no hacen sino resaltar el vacío que parece envolver o asediar a la memoria. Se trata, en su caso, de un vacío que no es sólo el de la ausencia (de lo que ya no está y, por eso mismo, duele) sino el de lo que nunca podrá ser llenado o completado.

Si el objetivo de Rodríguez fuera (en realidad, no lo es) completar la secuencia de imágenes, distribuidas a veces como palabras de una frase, diríamos que éste se cumple sólo a medias cuando en determinadas zonas, por lo general las superiores, se cubren los espacios en blanco. Pero aquello que para la artista cuenta no es la terminación o clausura de la secuencia, sino el placer de cada nuevo descubrimiento, la tarea paciente de hilvanar cada imagen huidiza para que ésta siga viviendo, renovada, en su conciencia y en la del espectador.

ELENA OLIVERAS

Susana Rodríguez, por Elena Oliveras | artnexus