A lo largo de una prolongada y variada carrera, Miguel Ángel Ríos ha encontrado muchas formas de explorar temas de lugar y su relación con el poder. Inicialmente, por medio de pinturas, y después de manera más efectiva con su serie de mapas plegados con países y puntos cardinales vueltos a trazar, Ríos construyó una obra intensa y visualmente rica que ha servido de comentario sobre geopolítica poscolonial, identidad étnica y un mundo cada vez más globalizado,y ha conservado las tradiciones indígenas con modos de expresión contemporáneos. Con Ni me buscas… no me encuentras, hace ahora un movimiento audaz hacia el video.
Ni me buscas consistía en dos partes principales. La primera era una proyección de tres canales en DVD grabada en la desértica región de San Luis Potosí, México. La línea del horizonte, normalmente plana, se transformó en una curva interrumpida debido a una ligera inclinación de la imagen lateral. La inmensidad del panorama, la curvatura del horizonte y la aguda intrepidez de las formas y colores hacían referencia a la pintura del norte de Europa, región que fue también notable por su cartografía. El video presentaba una especie de búsqueda de imágenes o sueño espiritual a medida que una figura solitaria (Ríos) caminaba a través del paisaje. La sencilla banalidad era interrumpida por la aparición de una banda, el movimiento errático de la cámara y algunos efectos digitales.

La cualidad surrealista del video era fomentada por la serie de obras gráficas que también hacían parte de la exposición. Oponiendo escala y monumentalidad, estas obras se presentaron a sí mismas con el alcance de vastos panoramas pero eran bastante personales en tamaño, casi como tarjetas postales prolongadas. Con estas obras es que uno ve en realidad todas las manipulaciones que Ríos empleó para este proyecto.
Aunque los temas de geografía, identidad étnica y destino concuerdan con obras anteriores de Ríos, en esta exposición había algunas verdaderas desviaciones. Artísticamente, era un nuevo medio para un artista que estaba desarrollando un verdadero séquito y un sólido conjunto artístico con sus obras basadas en mapas. Desde el punto de vista conceptual, Ríos parecía estar haciendo allí una declaración mucho más personal, y el terreno que está ocupando es tanto psicológico y biográfico como sociopolítico. El video hacía su afirmación en un tiempo relativamente corto (en oposición a algunos artistas del video que usan el tiempo en forma excesiva) y esto estimulaba al espectador a ver la obra varias veces, inflando su aparente simplicidad.
En esta obra, Ríos está actualizando una vez más métodos tradicionales de representar naturaleza y lugar. Anteriormente, empleó el arte tradicional de hacer mapas, y al presentarlos con distribuciones del terreno más contemporáneas, científicamente precisas, o al cambiar las formas tradicionales de ubicación céntrica, pudo ofrecer una visión del mundo diferente de aquellas a las que estábamos acostumbrados. En este caso pudimos ver algunas convenciones artísticas del siglo XIX a las cuales hizo alusión. Por un lado, estaba la tradición romántica del paisaje, en la cual la belleza estándar de lo pintoresco da la vuelta hacia una visión más activamente comprometida y potencialmente violenta de lo sublime de la naturaleza. A pesar de que el árido paisaje escogido por Ríos parece estar en contradicción con la exuberancia nublada y llena de maleza de los paisajes europeos, todavía quedaba la sensación del poder del paisaje, la intensidad del sol y la presencia del cielo, y un viento activo que anima todo.
La tradición del panorama también se invocó. Los panoramas tradicionales llenaban sus escenarios de enormes lienzos que lanzaban al espectador a otro terreno. Esta obra hacía casi lo mismo; las proyecciones llenaban una pared completa del espacio de la galería principal (el diseño físico de la galería misma, un espacio hundido y cavernoso que está aislado del mundo exterior, ayuda a completar esta sensación de transposición).
En cierto sentido, este cambio de medio hace reflexionar y, al principio, es un poco decepcionante. Los proyectos anteriores de Ríos eran una síntesis brillante de subversión política, compromiso conceptual y riqueza material y estética. Su variedad de formatos cartográficos y medios hizo que lo que podría haber sido un proyecto muy repetitivo se mantuviera vívido e interesante. Los colores, la escala, los dobleces y pliegues de sus obras las hicieron físicamente vivas y ofrecieron algo muy enriquecedor para la vista a la vez que estimulante para el pensamiento. Las obras en hilo anudado eran una variante interesante del arte tradicional y la instalación contemporánea, explotando algunos de los mismos territorios de artistas como Cecilia Vicuña. El video, a pesar de su presentación de espacio y el empleo digital de exposición estéreo-óptica, daba, por el contrario, la impresión de algo plano, y uno no podía menos que echar de menos la objetividad del arte anterior de Ríos. Además, para un artista que parecía cuestionar las narrativas magistrales y usualmente le permitía al espectador penetrar en sus obras por su propio camino, el video parece un medio muy lineal, dictatorial, para escoger.
Al mismo tiempo, aunque la cualidad y la desenvoltura material de las obras anteriores de Ríos lamentablemente estuvieron ausentes en esta nueva exposición, siempre es estimulante ver a un artista cuando está empezando a explorar nuevas direcciones en su arte. En ciertos aspectos, esta nueva obra de Ríos tiene una especie de cualidad vacilante, pero él parece ser honesto con relación a estas limitaciones con este medio en este momento. El nuevo medio puede también haber parecido necesario en virtud de los temas más personales e íntimos que Ríos comienza a explorar en esta obra. Dada su trayectoria hasta ahora, si ésta es en realidad una opción que él ha escogido para seguir en el futuro, sería interesante ver a dónde va.
JOHN ANGELINE
