Exposición Individualjun 2003 - ago 2003· Por María José Ramírez

Luis Luna

Galería Diners

La obra de Luis Luna tiene una riqueza indiscutible en cuanto a elementos técnicos y temáticos. Dentro del ámbito de la pintura —que es lo que más le interesa, además del recurso literario y el dibujo—, el artista se embarca en soportes tan diversos como el lienzo, el metal, el vidrio o la madera. Resuelve cada uno de ellos de manera ingeniosa sin traicionar sus procesos anteriores pero con el interés de desafiar las restricciones de cualquier encasillamiento. Su motivación primaria es provocar una explosión de interpretaciones sin hilo conductor definido, enfrentadas además (en el buen sentido) a la pintura tradicional de caballete.

En la muestra de la Galería Diners sigue presente el aura de obras del Desierto pródigo, de la producción de El carnero, referentes de Caridad del cobre o de los archivos de la catedral. Pero todas esas obras anteriores evolucionan en la medida en que el artista las hace ancestros de su obra presente. Vistas desde otra dimensión, son obras vivas en constante transformación pero aprehensivas de una misma esencia.

La diversidad de materiales y la inclusión desaforada de citas a manera de apuntes personales podrían promover un caos mental en el espectador que se enfrenta por primera vez a su obra. Pero Luna es el artífice de una creación tan controlada como cargada de significados.

Exposición Individual: Luis Luna — imagen 1
El perro lo llevo hasta la.../Pintura y dibujo, esmalte sobre metal

Traigo a colación una obra con minuciosos trazos blancos semejantes a maleza seca y a la vez a pequeños huesos que forman una especie de simbología oculta. Están dispuestos en forma de diamante sobre una superficie metálica lisa lograda con pintura industrial negra y brillante. Abajo, una caligrafía espontánea presenta un episodio especial: El perro lo llevó hasta la... En uno de sus recorridos por los torbellinos de arena de un pueblo abandonado —tal vez del desierto de Arizona o quizás de la tundra de Villa de Leyva—, el artista siguió el rastro de lo que parecían pequeños huesillos cubriendo el piso. Llegó hasta cierto punto en donde un perro salió de la nada a su encuentro. Tras lo que pareció un gesto de invitación del animal, Luna le siguió hasta bordear un barranco donde confluyeron vientos en todas las direcciones y se estrellaron sobre él como si se tratara de la escena final de un cuento fantástico. Esta obra, como otras suyas, se basa en un momento real que relaciona con algún pasaje de la literatura chicana. Explorar lo que ha leído, como buscando metódicamente una coincidencia con la experiencia física, los conocimientos guardados y la obra, parece ser una práctica recurrente del artista.

En otra faceta de su trabajo, los resultados son más simples. Los ya conocidos vidrios de pequeño formato sostenidos por una estructura metálica y colgados a distancia de la pared capturan los efectos del aceite de linaza sobre el pigmento. Los cambios de luz provocan una percepción cambiante de cada vidrio y ubicados en distintos puntos de la sala de exposición son como un descanso para el ojo. Evocan el movimiento lento de una nubosidad celeste o la mirada curiosa en un microscopio. Reiteran el carácter móvil que el artista busca imprimir en su obra y se relacionan tanto con la minuciosidad científica como con el extenso imaginario.

De otro lado, encontramos lienzos de gran formato con un sutil manejo del color y la textura. Entre brumas amarillas, naranjas y rosas, encontramos atmósferas desérticas. Como si el artista atrapara cierta brisa pasajera mezclada con arena y los visos lumínicos del atardecer, logra todo un paisaje abstracto a partir de elementos clave del entorno que busca retratar.

Pero a Luna no le interesa la simple representación. Lo que queda en el lienzo no debe ser necesariamente el resultado del pintor con la brocha, el óleo y el lienzo en un estudio en donde se descontextualiza del entorno. Le interesa inmiscuirse en el mismo, y es así como busca otros mecanismos para “pintar”. Así, emprende la tarea de arrastrar un enorme pedazo de lienzo por el desierto del “Infiernito” en Villa de Leyva. La tela se impregna de texturas granulosas, de amarillos tierra, de suelos resecos y vientos polvorientos, para quedar saturados de aridez. Una sensación difícil de comunicar con procedimientos más “ortodoxos”. Pero al artista le divierte esa exploración que más que alocada es atrevida, curiosa y brillante.

Para el espectador no resulta tan fascinante si no está al tanto de los medios que utiliza el artista para crear sus obras. Y en quienes hemos escuchado la versión narrativa de Luna surge la duda de si habría sido posible vislumbrar sus métodos sin haber tenido una conversación previa con él. De hecho, eso no tiene importancia y sería frustrante para el artista caer en tal obviedad. Supongo que es por eso que hay tantos elementos sueltos en sus obras. Son como puertas abiertas que reclaman interpretaciones subjetivas para seguir alimentándose de una pluralidad de significados. No hay nada que entender. Más bien hay que jugarle el juego a la obra y ver hasta qué punto se es capaz de ajustarla a una realidad personal. ¿No es eso lo que todo artista quisiera lograr? En esa medida, las herramientas formales de Luna tienen un propósito claro que denota la madurez de su trabajo.

Para finalizar, menciono otros objetos con presencia contundente en la exposición. Se trata de enormes vigas de madera situadas entre las obras bidimensionales con inscripciones talladas en negro y una caligrafía recia. En lo personal, considero innecesaria su inclusión aunque seguramente uno que otro visitante de la muestra consumió bastante energía tratando de descifrar su relación oculta con el resto de las obras. No sobra intentar involucrarlas con representaciones inspiradas en los grabados de Goya, como sucede en la obra Dios la perdone... en donde entra a jugar un papel importante la imagen a nivel de dibujo reinterpretado. Pero lo que Luna rescata de Goya y lo que le fascina del mismo es el lenguaje de los grabados en los que las expresiones son coloquiales (para la época) y denotan cualquier situación en donde quede a la luz la miseria humana. De alguna manera, esos textos inspiran las inscripciones que el artista ha grabado en las vigas y cuya presencia es también burda y casi molesta en el contexto de la muestra. En fin, se trata de una simple interpretación de una obra que, posiblemente, en una exposición futura, tenga otros alcances completamente distintos.

MARÍA JOSÉ RAMÍREZ

Luis Luna, por María José Ramírez | artnexus